La empollona y el crack 25. Ocho coma seis
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25. Ocho coma seis

Salí de la certificación a las siete menos veinte y no fui a casa.

Fui al despacho pequeño de la planta uno, el que tiene la ventana que da al aparcamiento de empleados y una silla que no se puede regular, y estuve allí desde las siete menos veinte hasta pasadas las tres de la madrugada haciendo lo único que sé hacer cuando no puedo hacer nada.

Ocho millones seiscientos veinte mil euros.

Es una cifra buena.

Es una cifra extraordinaria, si se piensa despacio: cuarenta y cuatro mil personas de una ciudad mediana, en seis semanas, con una campaña que perdió su cara a mitad de camino y que tuvo dos días malos.

Y a las nueve de la noche del jueves veinte de agosto, esa cifra no valía nada.

Lo escribí en una hoja porque necesitaba verlo escrito y porque las cosas que no se escriben se pueden seguir negando.

Al precio de suscripción que estábamos manejando, ocho coma seis millones compran alrededor del veintitrés por ciento del capital ampliado.

Veintitrés.

El veintitrés por ciento no bloquea nada.

Las materias protegidas exigen tres cuartas partes, así que la minoría de bloqueo empieza por encima del veinticinco.

Con veintitrés, la asociación tendría acciones y no tendría voz.

Cualquiera con el setenta y siete restante podría cambiar el escudo un martes por la tarde, ponerle el nombre de una compañía de seguros al campo un jueves y cerrar la cantera en junio.

El veintitrés por ciento tampoco llega al umbral que obliga a pedir autorización previa al Consejo Superior de Deportes, que es la única garantía institucional que yo les había prometido, con esas palabras, en cuarenta y una asambleas a través de Candela.

Y ocho coma seis millones, más los diez coma ocho que Northbridge estaba dispuesta a poner, suman diecinueve coma cuatro millones de fondos propios.

El banco pide veinte.

Seiscientas mil.

Escribí eso último, lo subrayé dos veces y me quedé mirándolo hasta que dejó de significar nada, que es lo que pasa a las once de la noche con las cifras.

Después saqué el cuaderno del bolso.

Lo tenía desde el tres de agosto. Tres colores, un cuaderno de cuadros de la guantera del coche. Veintinueve, veintiséis, cuarenta y cinco.

Diecisiete días.

Y aquí está la parte que no puedo contar de una manera que me deje bien, y no lo voy a intentar.

No decidí confesar por culpa.

La culpa la tenía desde el cinco de agosto a medianoche y no me había hecho abrir la boca en dos semanas y media, ni con Sonia, ni con Candela, ni a las tres de la mañana en una cama con un hombre que acababa de contarme lo peor que ha hecho en su vida.

Decidí confesar porque hice la cuenta.

Porque si aquello se quedaba donde estaba, cuarenta y cuatro mil personas habrían puesto ocho coma seis millones de euros para comprar un papel decorativo.

Y la señora de Valdesalas que firmó el miércoles porque, según Candela, yo era «de las nuestras», habría pagado doscientos euros por nada. Y Reyes habría puesto cincuenta mil por nada. Y las cuatro mil doscientas personas que marcaron la casilla de Candela habrían marcado una casilla que no servía.

Eso es lo que me movió.

No fue nobleza. No fue arrepentimiento y no fue amor. Fue que el número no salía y yo era la única persona en ese edificio que sabía por qué.

Convoqué a las nueve de la mañana del viernes.

Escribí la convocatoria a las tres y veinte de la madrugada, la mandé a las seis y media y en el asunto puse: «Reunión extraordinaria. Estructura de capital. Presencia imprescindible».

En la sala grande, la de la moqueta verde, estábamos Sonia, Candela, Mauro, Irene Ward con un abogado, Elvira Cepeda con dos de su equipo, Elena Roig por Arista, que se había subido a un tren a las seis, y Santi.

Y al fondo, junto a la puerta, de pie, el capitán, que tenía derecho a estar como representante de la plantilla y que no se sentó en cuatro horas.

Empecé por la cifra buena, porque era la verdad y porque era lo justo.

—Ocho millones seiscientos veinte mil euros verificados. Cuarenta y cuatro mil aportantes. Es el mejor resultado de captación popular de un club español del que yo tenga constancia y lo ha hecho una asociación que hace seis semanas no existía.

Candela no movió un músculo.

—Eso, antes de nada, y quiero que conste en el acta.

Elena escribió.

—Y ahora la mala.

Puse la hoja en el centro de la mesa.

—Ocho coma seis compran el veintitrés por ciento. El veintitrés por ciento no bloquea nada: las materias protegidas que aprobamos el martes exigen el setenta y cinco, con lo cual la minoría de bloqueo empieza por encima del veinticinco. Con veintitrés, ustedes serían accionistas sin voz.

—O sea que no vale —dijo Candela.

—No vale para lo que se lo hemos vendido a la gente. Vale para cobrar dividendos que este club no va a repartir en diez años.

—Siga —dijo Sonia.

—Y no alcanzarían el umbral de autorización previa del Consejo Superior de Deportes, que es la garantía que hemos usado en las cuarenta y una asambleas y que está escrita en el documento informativo que firmaron cuarenta y cuatro mil personas.

Pasé la hoja.

—Y hay una segunda cosa. Ocho coma seis de ustedes más diez coma ocho de Northbridge son diecinueve coma cuatro millones de fondos propios. El banco exige veinte.

—Seiscientas mil —dijo Cepeda.

—Seiscientas mil.

—¿Y el millón cien depositado? —dijo Sonia.

—Ese millón cien es exactamente la diferencia entre las dos cosas. Si entra, la asociación llega al veintiséis por ciento, cruza el veinticinco, bloquea las materias protegidas, obliga a pedir autorización y los fondos propios suben a veinte coma cinco.

Levanté la vista.

—Es el dinero más importante de toda esta operación, lo puso gente que no se fiaba de nosotros, y lleva depositado desde el dieciséis de agosto sin poderse tocar.

—Porque yo le puse una condición —dijo Candela.

—Porque usted le puso la condición correcta el día que se le ocurrió y sin consultarlo con nadie.

Y entonces saqué el cuaderno y lo puse encima de la mesa, cerrado.

—Hay una estructura que hace todo esto posible y la voy a explicar ahora. Antes tengo que decir dos cosas, y la primera no me deja bien.

Nadie se movió.

—Esta estructura la tengo desde el lunes tres de agosto por la tarde. Diecisiete días. No la he compartido con nadie. Ni con la propiedad, ni con la asociación, ni con los acreedores, ni con los minoritarios, ni con mi propio despacho.

Elena dejó de escribir.

Sonia no dijo nada. Fue lo peor.

—Voy a decir lo que ha costado, y lo voy a decir yo, y no voy a explicar por qué lo hice, porque el motivo es mío y porque un motivo no rebaja un coste.

Conté tres cosas y las conté en orden.

—Uno. El lunes tres de agosto, a las trece cuarenta y siete, Northbridge ofreció por escrito estudiar una posición minoritaria con cinco años de explotación comercial y un diez por ciento del crecimiento, con plazo hasta el cinco a medianoche.

Dejé vencer ese plazo. La oferta que hay hoy sobre la mesa es de siete años y doce por ciento.

Dos años más y dos puntos más son mi retraso, no el mercado.

Irene Ward levantó la vista de su carpeta por primera vez y no dijo absolutamente nada, cosa que le agradezco y que le seguiré agradeciendo.

—Dos. Esta estructura exige un aumento de capital con exclusión del derecho de suscripción preferente, con informe del consejo, informe de experto independiente sobre el valor razonable y trescientos veinte accionistas con derecho a impugnar.

El señor Ferrés me advirtió de esto el once de julio en una junta y otra vez el trece en esta misma sala, y yo lo apunté las dos veces.

Si yo hubiera puesto esto encima de la mesa el cuatro de agosto, hoy tendríamos veinticinco días de trabajo hechos. Tenemos ocho.

Mauro juntó las yemas de los dedos y esperó.

—Y tres. La autorización previa del Consejo Superior de Deportes para dos participaciones significativas, la de la asociación y la de Northbridge, hay que pedirla y tramitarla.

La de la asociación está presentada desde el once de agosto.

La de ellos no está presentada. Vamos a pedirle a un organismo público que resuelva en agosto, en ocho días, lo que podría haber tenido veinticinco.

Cerré el cuaderno con la mano encima.

—Eso es todo lo que he hecho mal. La estructura es esta.

Y la expliqué en catorce minutos.

Northbridge veintinueve. La asociación veintiséis.

Los actuales cuarenta y cinco, con Sonia en treinta y uno coma noventa y cinco y los minoritarios en trece coma cero cinco.

Las materias protegidas al setenta y cinco.

Los dos flujos separados: capital nuevo que entra en el club y compra de derechos preferentes que se paga fuera.

Los cinco huecos, con nombre, con plazo y con la persona que tiene que resolver cada uno.

Cuando terminé, dije la única frase que llevaba preparada desde las cuatro de la mañana.

—No les voy a pedir que confíen en mí. Les voy a pedir que me digan qué necesita cada uno para firmar, y si algo de lo que necesitan no se lo puedo dar, quiero saberlo hoy y no el veintiocho.

Mauro habló el primero.

—Doctora, yo la voy a impugnar.

—Ya lo sé.

—No es una amenaza. Es un procedimiento y es mi obligación.

—Se inclinó hacia delante—. Ustedes van a excluir el derecho de suscripción preferente de trescientas veinte personas en agosto, con un informe de experto que todavía no existe, con un informe del consejo que tampoco existe, y me van a dar cuarenta y ocho horas para leerlos.

—Sí.

—Yo he estado seis semanas diciendo en esta casa que necesitaba tres cosas: información, precio y plazo. —Se recostó—. Usted tenía la información desde el tres de agosto.

—Sí.

—¿Y qué me va a ofrecer?

—Plazo real. Un informe de equivalencia de precio hecho por un tercero que elija usted de una lista de tres firmas que le propongo yo.

Y un observador de los minoritarios en el consejo, con acceso a documentación y sin derecho a voto.

—Empujé un folio hacia él—. Lo tengo escrito desde anoche y se lo doy ahora.

—Lo leeré.

—No le pido más.