24. La campaña sin el crack
Candela había dicho que necesitaba los ocho coma seis a las nueve de la mañana.
El corte real de Quorum era a las seis de la tarde.
Se lo pregunté a las siete y cuarto de la mañana, en el bar de mi madre, mientras descargábamos cuatro cajas de folios de la furgoneta de un peñista.
—Candela, si Pilar cierra a las seis, ¿por qué dijiste a las nueve?
—Porque yo siempre pido las cosas nueve horas antes. —Cogió una caja—. Y por eso llegan.
—¿Siempre?
—Desde 1998. Y de las cuatro veces que no lo he hecho, tres han salido mal.
Las cuarenta y una asambleas no las inventó nadie el miércoles por la noche.
Después se contó de otra manera en dos periódicos y en una radio.
Y yo llevaba desde el cinco de agosto viéndola salir de su casa a las siete y volver a las once. No le había hecho ni caso.
Once hechas el dieciséis. Diecinueve el diecinueve. Treinta el veinte a mediodía.
Locales de peña. Salones parroquiales. La sala de una asociación de vecinos. Dos videollamadas con Guayaquil a horas imposibles y una con Zúrich. Un centro de mayores en Valdesalas, la trastienda de una ferretería y el comedor de una residencia.
El martes por la tarde, mientras yo encendía un directo, ella estaba en una asamblea en Los Palmeros con cuarenta y dos personas explicando por tercera vez qué es una condición suspensiva.
El miércoles a las siete y cuarto, cuando le di la campaña, lo primero que hizo fue quitar mi cara.
Del banner de la página. De los tres carteles que estaban en imprenta. Del vídeo de la portada.
Puso cuatro fotos de asambleas. Hechas con el móvil y sin retocar.
Gente mayor levantando la mano en Valdesalas. Una mesa de plástico con dos ordenadores. El señor de la carpintería metálica con un papel en la mano. Y una pantalla con quince caras de Ecuador.
Me lo enseñó ella misma, a las siete y veinte de la mañana del jueves, con el móvil en una mano y un café con hielo en la otra.
—¿Te parece bien?
—Me parece bien.
—No te lo he preguntado para que digas que sí. Te lo he preguntado porque es tu cara y porque llevas cinco semanas poniéndola.
—Candela, me parece bien de verdad.
—¿Por qué?
—Porque las cuatro fotos esas son mejores que mi cara.
—Eso es verdad. —Bebió—. Pues entonces coge esa caja, que pesa.
El bar de mi madre llevaba desde el lunes convertido en centralita.
Once mesas, dos ordenadores prestados, una impresora, cuatro sillas plegables de la peña del Minuto 93 y un cartel escrito a mano y pegado con celo en la puerta:
AYUDA CON EL FORMULARIO DE 9 A 14 Y DE 17 A 21 TRAER DNI Mi madre había establecido su propia tarifa, otra vez, en el mismo espejo y con el mismo rotulador.
RESTABLECER CONTRASEÑA — 0,50 € BUSCAR EL CORREO QUE NO LLEGÓ — 0,50 € LO DEMÁS — GRATIS TODO PARA LA ASOCIACIÓN Recaudó veintitrés euros con cincuenta en un día y los apuntó en un cuaderno, con la hora de cada uno.
De las siete horas que pasé allí me quedo con tres cosas.
La primera es que Candela rechazó, delante de mí, cuatro transferencias cuyo concepto decía ÁLEX NO TE VAYAS.
—Candela, eso es dinero.
—Eso es una pancarta con un IBAN. —Las apartó a un lado de la pantalla—. Que lo vuelvan a mandar poniendo su nombre, su DNI y el concepto que pide el formulario, que es un código de dieciséis caracteres y que está en la primera pantalla desde el catorce de julio.
—¿Y si no lo vuelven a mandar?
—Pues no lo mandan y ya está.
—Son cuatro personas.
—Son cuatro personas y ochocientos euros. —Me miró por encima de las gafas—. Álex, si yo le dejo pasar a Pilar una transferencia con ese concepto, mañana tengo a un periodista diciendo que esto es una colecta para que se quede un futbolista. Y esto no es eso.
—Ya lo sé.
—No, si ya sé que lo sabes. Te lo digo porque tú vas a estar aquí cargando cajas y a mí me lo van a preguntar delante de un micrófono.
La segunda es un señor de unos sesenta y cinco años. Estuvo cuarenta minutos con el chico de las prácticas porque no le llegaba el correo de confirmación. Al final resultó que había escrito su dirección sin la arroba.
Cuando se lo dijeron, se puso de pie.
—Entonces, si a mí no me ha llegado el papel, ¿yo puedo protestar en la asamblea o no puedo protestar?
—Puede protestar igual, hombre.
—Ya, pero yo lo que quiero saber es si puedo protestar con derecho.
—Con derecho también.
—Ah, bueno. —Se volvió a sentar—. Entonces protesto.
—¿Y de qué va a protestar?
—Todavía no lo sé.
Estuvieron once minutos con eso. Once. Cronometrados por mi madre, que apuntó también aquello en el cuaderno de las contraseñas, no sé para qué.
Y la tercera es que a las cinco menos cuarto de la tarde me di cuenta de que llevaba nueve horas sin mirar cuánta gente había mirando nada.
Había contado cosas todo el día. Cuarenta y una sillas. Ciento veinte formularios en papel. Dos cajas de tóner que no valían para esa impresora y que hubo que devolver.
Ni una sola vez había mirado un número de los míos.
A las cinco y diez, Nico presentó el acuerdo de plantilla.
Fue en la sala pequeña del estadio. Sonia. Elvira Cepeda por videollamada desde Madrid. Elena Roig por Arista. Y un notario que ya nos conocía a todos por el nombre.
Cuatro coma seis millones anuales de reducción salarial, escala progresiva, firmado por los veintitrés el domingo por la noche con un bolígrafo que dejó de pintar en el decimoquinto.
Yo lo había firmado el primero. Lo presentó él.
Se puso de pie, con una carpeta de plástico azul que había comprado esa mañana, y dijo tres frases que se había preparado y una que no.
—Buenas tardes. Traigo el acuerdo de la plantilla. Cuatro coma seis millones al año, con una escala que carga el esfuerzo sobre los que más cobran, aprobada por unanimidad de los veintitrés el domingo.
Cepeda le preguntó por videollamada si las primas por objetivos entraban en el cálculo o quedaban fuera.
Él contestó que quedaban fuera y que estaba en la página cuatro. Y añadió una cosa que yo no habría sabido decir: que si entraran, el ahorro sería mayor en el papel y menor en la realidad, porque las primas solo se cobran si se gana.
Lo contestó bien y sin mirarme.
Y al final, cuando ya se sentaba, dijo:
—Y quiero que conste que esto lo firmaron veintitrés jugadores. Y que de esos veintitrés hay nueve que ganan menos de lo que cobra el consejo de este club, y esos nueve no ponen nada.
Nadie dijo nada.
—Está bien que no pongan nada. Yo estoy de acuerdo con que no pongan nada y lo propuso el capitán. —Se sentó—. Pero han venido igual, y firmaron igual, y uno de ellos, que cobra novecientos euros, firmó también aunque no le tocaba. Y eso quiero que conste.
Sonia le dio las gracias por su apellido.
Yo no dije nada porque no me tocaba.
El corte de Quorum fue a las seis.
Pilar leyó a las seis y veinticinco, en la sala de al lado, con Candela, Santi, Sonia y la doctora Cifuentes.
Yo estaba de pie, junto a la puerta, porque me habían dicho que podía entrar y no me pareció que me tocara sentarme.
—Verificado a corte de hoy: ocho millones seiscientos veinte mil euros.
Candela cerró los ojos un segundo. Fue lo único que hizo.
—¿De dónde salen los seiscientos veinte? —dijo Sonia.
—De transferencias iniciadas entre el quince y el dieciocho que han terminado los controles de origen esta semana.
—Pilar pasó la hoja—. Setecientos mil euros entraron en depósito antes del martes por la tarde.
Seiscientos veinte han salido limpios. Ochenta mil siguen en control y de esos hay dos aportaciones, de doce mil euros en total, que no voy a poder identificar y que se devolverán el lunes.
—O sea que esto no es de esta semana —dijo Santi.
—Esto es de hace seis días.
Levantó la vista, que en ella es un acontecimiento.
—Quiero que quede claro y quiero que lo diga usted mañana en la nota, señor Pardo, porque si no lo dicen ustedes lo va a escribir alguien al revés.
Mañana alguien va a publicar que la gente ha respondido después del escándalo.
Y no es verdad. La gente respondió antes.
Lo que ha pasado esta semana es que el banco ha terminado de comprobarlo.
—¿Y las altas nuevas?
—Doce el miércoles. Cuarenta y una hoy. —Cerró la carpeta—. La media de la semana pasada era cuatrocientas sesenta al día.
Nadie dijo nada durante unos segundos.
—Y el millón cien —dijo Candela.
—Depositado. Con condición. Sin tocar y sin una sola solicitud de retirada. —Pilar se quitó las gafas—. Ocho coma seis está certificado. Nueve coma siete no lo está, y no lo va a estar hasta que alguien apruebe algo en una junta.
Ella no dijo nada en toda la reunión.
La doctora Cifuentes apuntó. Sumó una columna a mano en el margen de su hoja. Le hizo una pregunta a Pilar sobre los ochenta mil que seguían en control. Y se fue a las siete menos veinte por la otra puerta.
La firma fue a las ocho y cuarto, en la sala de arriba, y ella no estaba porque no podía estar.
Estábamos Sonia, Elvira Cepeda, Elena Roig por Arista y Bernardo por mí. Un abogado del club inglés por videollamada, con acento de Manchester. Y el notario, que a esas alturas debía de tener la sensación de vivir aquí.
Tres documentos encima de la mesa, cada uno con su carpeta.
El primero, mi consentimiento a que se negocie el traspaso.
El segundo, las condiciones laborales pactadas con el club comprador: contrato de tres años, ficha, primas, fecha de incorporación el uno de septiembre y billete para el treinta y uno.
Y el tercero.
—Contrato de transferencia sujeto a condición —dijo el notario—. Léalo entero, por favor, y tómese el tiempo que necesite.
Lo leí entero. Son once páginas y tardé veinte minutos.
Lo que dice, quitando lo demás, es esto: el club inglés mantiene su oferta de treinta y cuatro millones y no la puede retirar. A cambio, si el sábado veintinueve a las 23:59 no está aprobada la ampliación y el dinero no está dentro, el comprador puede ejecutar la transferencia el domingo treinta.
Sin pedirme permiso otra vez.
Ya se lo estaba dando allí.
—¿Alguna pregunta? —dijo el notario.
—Una. —Levanté la cabeza—. ¿Qué cobran ellos por esperar nueve días?
Cepeda contestó.
—Cuatrocientos mil euros. Comisión de mantenimiento de oferta.
—¿Y quién los paga?
—El club.
—¿Aunque yo me quede?
—Aunque usted se quede.
—¿Y si el club no puede pagarlos?
—El club puede pagarlos, señor Cuenca. Es lo único que puede pagar ahora mismo.
Me quedé un momento con la mano encima de la última hoja.
—O sea que hoy, aquí, me quede o me vaya, esto ya nos ha costado cuatrocientos mil euros.
—Sí.
—Vale.
Firmé las tres.
Salí a las nueve menos veinte. En el pasillo de arriba estaba Santi, apoyado en la pared, con el móvil apagado en la mano. En cinco semanas no se lo había visto hacer nunca.
—Ocho coma seis —dijo.
—Ocho coma seis.
—Nueve días.
—Nueve días.
Se quedó mirando el suelo.
—Álex, ¿tú sabes lo que acabas de firmar?
—Sí.
—No, digo si lo sabes de verdad. —Se separó de la pared—.
Porque yo he escrito la nota de prensa que hay que sacar mañana a las nueve, y en la nota pone que el club ha superado el hito y que la campaña popular ha alcanzado ocho coma seis millones.
Y no pone en ningún sitio que el capitán ha firmado esta tarde el papel con el que se va.
—Es que la nota está bien así.
—Álex.
—Santi, mañana la gente tiene que leer que llegamos a ocho coma seis. Es lo único que importa mañana. Lo otro que lo lean el treinta.
Bajé por la rampa andando, como siempre.
En la puerta cuatro, la de las mesas, quedaban dos chavales de camiseta amarilla recogiendo la impresora. Y una señora esperando de pie a que le imprimieran una cosa.
Uno de ellos me vio, levantó la mano y siguió recogiendo.
Y eso fue todo.
Nueve días para meter veinte millones en una sociedad insolvente sin entregar el escudo, con ocho coma seis en la mano, un millón cien en una casilla que no se puede abrir todavía, cuatrocientos mil euros ya gastados en pedir tiempo, y un papel firmado por mí en el que pone la fecha exacta y la manera exacta en que me voy a ir.