23. La versión para streaming
La reunión era a las siete y media. A las siete y veinticinco yo estaba en el pasillo mirando la puerta como se mira un túnel de vestuarios.
Ocho horas antes le había cerrado la puerta de su casa con las dos manos.
Entré el último, que es una cosa que llevo haciendo toda la vida en las salas donde no quiero estar.
Ella ya estaba sentada, en el lado corto de la mesa, con el ordenador abierto y una carpeta cerrada al lado. Santi enfrente, con dos móviles. Sonia al fondo, con las manos juntas.
Y en el lado largo, tres personas de una plataforma.
Una productora ejecutiva que se llamaba Nuria Lastra. Un director de desarrollo con las gafas en la cabeza. Y un chico que no dijo su cargo en dos horas y cuarto y que tomó notas todo el rato en un cuaderno de papel, cosa que llamaba la atención.
—Buenas tardes —dije.
—Buenas tardes —dijo ella, sin levantar la vista del ordenador.
Y eso fue todo lo que nos dijimos directamente en dos horas y cuarto.
Nuria Lastra empezó bien. Hay que decirlo. Era la única de los tres que no hablaba como si estuviera vendiendo algo.
—Voy a ir por orden y voy a empezar por el dinero, que es lo que todo el mundo quiere saber y lo que todo el mundo pregunta al final. Trescientos mil euros. Cuatro episodios de cuarenta y cinco minutos. Rodaje en septiembre y octubre, montaje en noviembre, estreno en enero.
—¿Y el dinero para quién? —dijo Santi.
—Para el club. Nosotros no pagamos a personas físicas en este tipo de producciones, porque si pagamos a personas físicas ya no es un documental, es otra cosa y se nota.
—Ya.
—Y les digo desde ya que si esto sale, la campaña de esa asociación tiene un pico de altas el día del estreno que no lo pagan ustedes ni con veinte asambleas. Nosotros medimos esas cosas. Es lo único que sabemos medir bien.
—¿Qué necesitan? —dijo Sonia.
—Acceso. —Abrió una carpeta—. Cuatro cosas y por orden de dificultad.
Levantó un dedo.
—Uno: material de archivo de la campaña. Fotos, vídeos de las asambleas, el material de las mesas. Eso ya es suyo y me imagino que no hay problema.
—No hay problema —dijo Candela por teléfono, desde el altavoz, porque estaba en la asamblea de Santa Rita y se había conectado para eso.
—Dos: entrevistas con los protagonistas. Ustedes dos, la señora Sanz, la señora Vidal, el señor Ferrés si acepta y dos o tres aficionados que elegimos nosotros.
—Los aficionados los elegimos nosotros —dijo Candela.
—Los elegimos juntos.
—Los elegimos nosotros y ustedes vetan.
—Eso sirve.
—Tres —siguió Nuria Lastra—. Material personal. Mensajes, cuadernos de trabajo, notas, correos.
—No —dijo Aitana, sin subir la voz y sin levantar la vista.
—Es que las notas son lo que lo humaniza. Un documental sobre finanzas sin material personal es un powerpoint de noventa minutos.
—Cláusula tercera, apartado b, de la propuesta que nos han mandado.
No se cede material personal de ninguna persona física vinculada al mandato.
Ni mío, ni de él, ni de la señora Sanz, ni de nadie de la plantilla.
Eso no es una posición de partida ni un margen de negociación: es donde empieza el contrato.
Nuria Lastra escribió algo.
—Y la cuarta —dijo—. Un encuentro.
—¿Qué encuentro?
—Los dos, en una sala, con cámaras dentro, hablando de todo esto por primera vez desde lo del martes.
El director de desarrollo se quitó las gafas de la cabeza y las dejó en la mesa. Eso lo hace la gente cuando cree que va a decir algo importante.
—No os estamos pidiendo que finjáis nada —dijo—. Al revés. Os estamos pidiendo que seáis exactamente lo que sois, pero delante.
Yo miré la mesa.
—La cláusula cuarta no puede aceptarse —dije.
—Coincido con la observación sobre la cláusula cuarta —dijo ella.
Y ahí, exactamente ahí, vi al director de desarrollo darle un codazo suave a Nuria Lastra por debajo de la mesa.
Estuvimos una hora y media hablando por cláusulas.
Yo decía «el apartado c es inasumible». Ella decía «el apartado c es inasumible por motivos que ya constan». Yo decía «no tengo nada que añadir a lo que ha dicho la doctora Cifuentes». Ella decía «me remito a lo anterior».
En el minuto cuarenta, el chico del cuaderno dejó de tomar notas y se quedó mirándonos.
En el minuto cincuenta, Santi se levantó a por agua y no volvió a sentarse.
Y cuanto peor lo hacíamos, más subían.
—Trescientos cincuenta —dijo Nuria Lastra a las ocho y cuarto.
—No es una cuestión de importe —dijo ella.
—Cuatrocientos.
—Sigue sin ser una cuestión de importe.
—Cuatrocientos veinte y quitamos el material personal del contrato entero, no solo de la cláusula tercera. Se lo pongo por escrito esta noche.
Y ahí Santi, que llevaba veinte minutos de pie junto a la ventana con la cara entre las manos, dijo en voz alta lo que no había que decir:
—Suben cada vez que decimos que no.
—Claro —dijo Nuria Lastra, con toda la naturalidad del mundo—. Es que cada vez que dicen que no lo hacen mejor.
Se recostó en la silla.
—Miren, se lo digo sin ironía y sin querer ofender a nadie, porque llevo dieciocho años en esto y he visto de todo.
—Cerró el bolígrafo—. Lo que ustedes dos acaban de hacer durante hora y media, hablándose por números de cláusula sin levantar la cabeza ni una vez, vale más que cualquier cosa que pudiéramos escribirles nosotros.
Nadie dijo nada.
—Nosotros no tenemos que fabricar nada. No tenemos que provocar nada, ni ponerles preguntas incómodas, ni montar un reencuentro. Solo tenemos que estar en la habitación.
Se hizo un silencio bastante largo.
—No —dije yo.
—Señor Cuenca.
—No, y no por el dinero, que el club lo necesita y lo necesita esta semana. —Me eché hacia delante—. Es que ustedes acaban de explicar perfectamente lo que quieren comprar. Y yo hace dos días vendí eso mismo sin cobrar nada, en tres minutos y cuarenta segundos, y me salió muy caro.
Nuria Lastra me miró un segundo largo.
—Es la primera cosa interesante que ha dicho usted en dos horas.
—Ya.
—Y también la única que no puedo grabar.
Cerró la carpeta y se levantó.
—Si cambian de opinión antes de octubre, llamen. No lo digo por educación. En octubre esto vale la mitad y en enero no vale nada, y eso también es verdad y también se lo digo gratis.
Se fueron a las nueve menos veinte. Sonia salió detrás con ellos hasta el ascensor.
Ella cerró el ordenador, lo metió en la funda, se colgó el bolso y salió por la puerta sin decir nada.
Yo me quedé de pie junto a la ventana de la sala viendo el aparcamiento hasta que se encendieron unos faros y salieron por la rampa.
Santi volvió a entrar a recoger los vasos.
—¿Sabes cuánto le habría venido bien al club ese dinero?
—Sí.
—Trescientos mil euros son ochenta y tantas personas de las asambleas de Candela.
—Ya lo sé, Santi.
—Vale. —Apiló los vasos—. Solo quería decirlo una vez.
Elsa Marín, de Altura, me llamó a las diez y cuarto de esa misma noche.
Altura me viste desde los veintitrés años. Botas, ropa de calle, dos campañas al año y un anuncio de treinta segundos en Navidad. Cuatro coma dos millones por tres temporadas, firmado en marzo con revisión anual.
—Álex, te llamo yo y no un abogado, que ya es algo.
—Dime.
—Hemos activado la cláusula décima.
—No sé cuál es la décima.
—Conducta pública. —No sonaba contenta y no sonaba falsa, y eso también se lo agradezco—.
Dos supuestos. El primero, difusión no autorizada de contenido que genere controversia asociada a la marca.
Eso es el directo del martes, y no discutimos si tenías razón: discutimos si era autorizado, y no lo era.
—Ya.
—El segundo, reapertura de un procedimiento o controversia con repercusión pública que afecte a personas vinculadas al embajador. Eso es lo del catedrático.
—Elsa.
—Sé lo que me vas a decir. Que lo del catedrático no es tuyo.
—Es que no es mío. Es de una mujer a la que le pasó hace diez años.
—Ya. Pero está en la misma búsqueda que tú desde el martes por la noche. —Suspiró—. Nosotros no vendemos zapatillas, Álex. Cualquiera vende zapatillas. Nosotros vendemos que tú te las pongas.
—¿Y qué pasa ahora?
—Ahora la rescisión está firmada y en un cajón, con fecha del lunes veinticuatro. Y yo tengo hasta el lunes por la mañana para sacarla de ese cajón y romperla.
—¿A cambio de?
—De una entrevista.
Me senté en el sofá.
—El viernes o el sábado, con quien tú quieras, con el medio que tú elijas, y con nuestro equipo de comunicación al lado preparándola.
—Fue directa, que también se lo agradezco—.
Doce minutos. Necesitamos que quede claro que ella estaba de acuerdo.
Que estaba de acuerdo con la relación, con la cronología y con que tú salieras a contarlo el martes. Nada más.
—Eso último no es verdad.
—Pues céntrate en lo primero.
—Elsa, si yo salgo el viernes a decir que ella estaba de acuerdo, la primera pregunta va a ser cómo lo sé.
—Pues contestas que lo hablasteis.
—Contestar es contar lo que me dijo. Cuándo me lo dijo. Dónde estábamos.
Hubo un silencio al otro lado.
—Álex, con dos frases se arregla.
—Con dos frases se arregla lo mío.
Hubo otro silencio, más corto.
—Vale —dijo—. Se lo digo al comité el lunes.
Colgué a las diez y treinta y cinco.
Bernardo Sanjuán me llamó a las ocho y diez de la mañana del jueves. Se lo había leído todo dos veces y había hablado con el departamento jurídico de Altura a las siete y media.
Es mi abogado desde hace seis años y cobra por horas. No me quiere ni me deja de querer. Es exactamente lo que le pido y por eso lo elegí.
—Cuatro coma dos millones —dijo—. Tres temporadas. Con la revisión anual, unos mil cuatrocientos al año. Y hay un bonus de renovación en 2028 que también se cae.
—Ya lo sé.
—Y no vas a encontrar otra marca este año. Ni el que viene. Nadie firma a un embajador con una cláusula décima activada en el historial, y menos a uno de treinta que ha anunciado que le quedan dos temporadas.
—Ya.
—Álex, te lo tengo que decir aunque no quieras oírlo, porque para eso me pagas y porque si no te lo digo yo no te lo dice nadie. —Papeles—. La entrevista que te piden es de doce minutos, la preparan ellos y no te obliga a mentir en nada.
—Me obliga a contar lo que me dijo en la cama a las tres y diez de la mañana.
—Te obliga a decir que ella lo sabía. Punto.
—Bernardo, para que se lo crean tengo que explicarles cómo lo sé. Y si lo explico, estoy otra vez metiéndola en la conversación, que es exactamente lo que me pidió el miércoles a las once y diez que no hiciera nunca más. Y esta vez cobrando cuatro millones por hacerlo.
Bernardo se quedó callado unos segundos, que en un abogado que cobra por horas es una manera de mostrar respeto.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Piénsalo hasta el viernes. Tienes hasta el lunes.
—No lo voy a pensar hasta el viernes, porque si me lo pienso tres días acabo diciendo que sí. Díselo hoy.
—Vale. Se lo digo esta mañana.
—Ahora.
—Ahora.
Y luego dijo:
—Una cosa más y esta es de trabajo. —Más papeles—. Altura tiene también un contrato de vallas con el club. Doscientos veinte mil euros al año, tres vallas y un panel led. Si se van de ti, van a revisar ese también, porque es el mismo comité de marca el que lo aprueba.
—Vale.
—Eso no es tuyo, pero te va a llegar por otro lado.
—Ya.
—¿Se lo dices tú al club?
—Se lo diré cuando toque.
Colgamos, y cuando ya iba a colgar del todo, Bernardo dijo:
—Álex.
—Dime.
—¿Quieres que le llegue a ella?
Y esa era la pregunta.
Porque se podía hacer sin ninguna dificultad.
Bernardo llama a Elena Roig por cualquier tontería tres veces al mes.
Elena se lo cuenta a Aitana en veinte segundos, porque es la clase de cosa que se cuenta.
Y a mediodía ella sabe que yo he dicho que no a cuatro coma dos millones de euros antes que a hacerle daño otra vez.
Y en ese momento me di cuenta de una cosa muy sencilla.
Con el teléfono en la mano, de pie en mi salón, con la persiana medio bajada porque llevaba dos días sin subirla del todo.
Que si se lo contaba, dejaba de ser lo que era.
—No —dije.
—¿Seguro? Se lo puedo decir sin que parezca que se lo dices tú. Se lo suelto a Elena como un dato de expediente.
—Precisamente por eso no.
—Como quieras. Tú mandas y tú pagas.
—Bernardo.
—Dime.
—Si lo cuento, ya sería por eso.