22. No mentiste
Yo no lo vi en directo.
Estaba con Elena por teléfono, en el piso, repasando párrafo por párrafo el correo que le habíamos mandado a Irene Ward a las nueve menos cuarto con el expediente, las fechas, el acuse de recibo y la resolución del comité.
Ella quería revisar la redacción de dos frases antes de que llegara la mañana, porque decía que una de las dos se podía leer de dos maneras.
A las nueve y seis, Elena dejó de hablar en mitad de una frase.
—Aitana.
—Dime.
—¿Estás sentada?
Hay cuatro personas en el mundo que me hablan así y las cuatro son buenas en su trabajo.
Vi el directo entero a las nueve y ocho, sola, de pie en la cocina, con el móvil en la mano y sin sentarme en ningún momento.
Las fechas estaban bien.
Todas. La hora de mi correo a Elena, exacta: ocho y dos minutos. El apartamiento, correctamente descrito. Los once días entre el informe y el treinta de julio. La referencia al plató del lunes.
No había una sola cosa falsa en tres minutos y cuarenta segundos, y algunas de las cosas que dijo yo no se las había contado a nadie.
Y en el segundo tres minutos y once, dijo aquello.
Lo escuché tres veces.
A la tercera ya no estaba escuchándolo a él.
Estaba haciendo lo que hago, que es calcular el tiempo: cuánto tarda una persona con conexión a internet y una tarde libre en pasar de esa frase a un archivo de la facultad.
Le puse cincuenta minutos, contando con que alguna de las personas que estaban mirando conociera el caso de 2015, que es una hipótesis prudente cuando hay medio millón de personas delante de una pantalla.
Tardaron seis.
Elena me llamó a las nueve y veinte y le dije que ya la llamaba yo.
Apagué el móvil a las nueve y veintidós, después de ver dos llamadas suyas y una de un número que no conozco.
Lo que pasó esa noche y el día siguiente no fue una avalancha.
Ya he vivido una avalancha, en 2015, y no se parece. Una avalancha es ruido y se pasa. Esto fue otra cosa: fueron cuatro objetos que se colocaron encima de mi vida uno detrás de otro y que siguen ahí.
La primera fue el archivo.
A las once menos veinte, una cuenta con cuarenta mil seguidores publicó una captura del archivo digital de la facultad. Nombre completo, categoría, fechas de vinculación: 2013-2017.
Al lado, el artículo de octubre de 2015 con la palabra «fuentes» subrayada en amarillo con una herramienta de esas que trae el móvil.
Eso ya no se quita.
Eso, mientras exista internet, sale al lado de mi nombre.
Durante diez años, si alguien me buscaba, encontraba a una directora de reestructuraciones con un doctorado, dieciocho operaciones y dos artículos técnicos.
Desde las once menos veinte de aquella noche, si alguien me busca, encuentra otra cosa primero y decide qué hacer con ella antes de decidir nada más.
La segunda fue el teléfono.
Lo encendí el miércoles a las siete de la mañana y tardó casi un minuto en dejar de vibrar.
Sesenta y una llamadas perdidas, de las cuales once eran de números que conozco. Ciento cuarenta mensajes. Nueve correos de periodistas al correo del trabajo, que no sé quién les dio, aunque el directorio de Arista es público desde 2019 y en realidad no hacía falta que se lo diera nadie.
Contesté a dos llamadas, a Sonia y a Elena, y no por orden de importancia sino por orden de dificultad, que es como contesto siempre y como me han enseñado a contestar.
Sonia dijo cuatro frases.
La primera fue que no me llamaba para preguntarme nada.
La segunda fue que el jueves era el jueves y que había que seguir, dicho sin ninguna dureza y sin ninguna concesión, que es la única manera en que esa frase no ofende a nadie.
La tercera fue que Arista tendría que decidir si sacaba una nota y que ella no se iba a meter.
Y la cuarta fue esta: «Yo eso ya lo sabía, porque cuando la contraté leí todo lo que hay escrito sobre usted, incluido aquello. Y lo que hay escrito no le hace justicia».
Y colgó, que fue lo mejor que pudo hacer y probablemente lo único que yo era capaz de aguantar a las siete y cuatro minutos de la mañana con el teléfono todavía vibrando en la mano.
La tercera fue él. Mi antiguo director.
Salió a las nueve y diez de la mañana, en una radio nacional, en el tramo de las nueve, con una voz que no ha cambiado en diez años.
Fue amable. Eso es lo que la gente no entiende.
Dijo que él siempre había respetado mucho a Aitana y que era una investigadora prometedora.
Dijo que fue una etapa difícil para el departamento y que se gestionó internamente con la mayor discreción posible, «también, y sobre todo, para protegerla a ella».
Dijo que los métodos estadísticos de 2015 no son los de ahora y que hubo, en efecto, «discrepancias metodológicas de interpretación que hoy se resolverían de otra manera».
Le preguntaron si guardaba rencor.
Dijo que en absoluto, que había pasado mucho tiempo y que le alegraba mucho ver que le había ido bien.
Y al final, cuando ya se despedían, dijo que le mandaba un abrazo.
Diecisiete minutos.
Yo estuve siete meses comprobando cuatro conjuntos de datos antes de abrir la boca. Siete meses por las noches, con un portátil, sin decirle nada a nadie.
A él le bastaron diecisiete minutos y una voz agradable para convertir aquello en un desacuerdo entre colegas que el tiempo había curado.
Y la cuarta llegó a las diez y cuarenta, por mensaje, de un número que tengo guardado desde 2013 y que nunca he borrado, cosa que a partir de ese día me pareció una estupidez y una debilidad.
Aitana. He visto lo que ha salido. Si necesitas que hable con alguien, dímelo. Sigo teniendo contactos ahí y sé cómo funciona esto. Lo siento mucho.
Lo leí dos veces y no contesté.
Diez años. Diez años, y lo primero que se le ocurre es ofrecerse a contarlo él.
Álex subió a las once y diez del miércoles.
Le abrí. Se quedó de pie en la puerta y no entró hasta que yo me aparté, y entonces entró tres pasos y se quedó ahí, en el pasillo, sin llegar al salón.
Llevaba la ropa de entrenar y no se había duchado. Tenía cara de no haber dormido y no dijo ninguna de las cosas que yo llevaba desde las siete de la mañana temiendo que dijera.
No dijo que no había dicho mi nombre.
No dijo que las fechas eran verdad.
No dijo que lo había hecho por mí.
Dijo:
—He borrado el directo a las nueve y media de la noche. Treinta y cuatro minutos después de cortarlo. Ya lo tenían descargado ochenta y tantas cuentas y hay al menos seis reproducciones enteras subidas. Lo he borrado igual.
—Vale.
—A las siete de esta mañana he puesto una cosa escrita. Cuatro líneas. Digo lo que hice, no digo por qué, y no digo nada de ti que no hayas dicho tú antes en un plató. Lo ha leído Candela antes que nadie y me ha quitado una frase.
—¿Qué frase?
—Una en la que pedía perdón a la gente.
—Bien quitada.
—Ya. Eso me dijo ella.
Se quedó callado.
—Y esta mañana, a las siete y cuarto, le he dado la campaña a Candela. Entera. Cuentas, formulario, moderación, portavocía y el calendario de las asambleas. Yo no vuelvo a publicar nada de esto.
—Vale.
Se quedó otra vez callado.
—Aitana, di algo.
Y yo llevaba desde las nueve y ocho de la noche anterior sabiendo exactamente lo que le iba a decir.
Porque lo primero que hago con las cosas que me duelen es buscar la formulación correcta.
Porque la había encontrado hacia las tres de la mañana, sentada en el suelo del salón con la espalda contra el sofá.
Y porque la había estado repitiendo desde entonces como se repite una cifra que hay que decir en una sala.
—No mentiste sobre mí.
—Ya.
—Escúchame, que no he terminado. —Me quedé donde estaba, con la mesa del comedor entre los dos—.
Todo lo que dijiste anoche es verdad. Las fechas son verdad.
Que declaré en siete horas es verdad. Que me ha costado dos años es verdad, y eso además no lo sabía nadie fuera de Arista y ahora lo sabe todo el mundo, y lo has dicho tú.
—Aitana.
—Decidiste que mi verdad también te pertenecía.
No dijo nada.
—Yo no te conté lo de 2015 para que lo defendieras en ningún sitio. Te lo conté a las tres y diez de la madrugada, en una cama, seis horas antes de que alguien nos hiciera una foto en un portal.
—Ya lo sé.
—Y ocho horas después de contártelo te expliqué, con la luz encendida para que me vieras la cara, que a mí no me hace falta que digan mi nombre. Te expliqué exactamente cómo se hace y te puse tres ejemplos de frases. Y me dijiste que lo habías entendido perfectamente.
—Lo entendí.
—Ya lo sé.
Y eso fue lo peor de toda la conversación.
—Eso es lo que estoy diciendo. No lo hiciste sin saber. Lo hiciste sabiendo, con la información delante y con la persona explicándotelo dieciocho horas antes.
Se apoyó en la pared del pasillo.
—Tenía dos horas —dijo—. No es una excusa. Es lo que había. Tenía dos horas y un programa a las once diciendo que eras una mujer colocada aquí a cambio de algo, y pensé que si no lo contaba yo lo iban a contar ellos, y que ellos lo iban a contar peor.
—Sí.
—¿Sí?
—Sí, eso es exactamente lo que pensaste. —Cogí el vaso de la mesa y lo dejé otra vez sin beber—. Y es exactamente lo mismo que pensó el hombre que publicó mi expediente en 2015.
—No.
—Él también tenía prisa. Él también creyó que si no salía él iba a salir otro peor, y me lo dijo con esas palabras. Él también me protegió, Álex, porque no puso mi nombre en el artículo. Y a mí me costó una carrera igual.
—No me compares con ese.
—No te estoy comparando contigo. —Y ahí me tembló la voz una vez, y una sola, y me dio una rabia enorme—. Te estoy comparando con el resultado.
Se quedó mirando el suelo un rato largo.
—¿Qué hago?
—Nada.
—Aitana.
—Nada. No es una manera de hablar ni una manera de castigarte. Es la respuesta.
Me apoyé en el respaldo de una silla.
—No salgas a decir que la culpa es tuya, porque eso es hablar otra vez de mí.
No pidas perdón en público. No le expliques a nadie por qué lo hiciste, ni a un amigo, ni en un vestuario.
Cada cosa que digas a partir de ahora, aunque sea para arreglarlo, aunque sea perfecta, me pone a mí otra vez en el sitio del que llevo diez años intentando salir.
—Vale.
—Y no me llames.
—Vale.
—Nos vamos a ver mañana en una reunión y pasado en otra, porque yo no voy a dejar este mandato. Faltan dos días para el veinte, hay cuarenta y cuatro mil personas que han puesto dinero y hay trescientos empleados en este club. No lo voy a dejar porque tú y yo hayamos terminado.
Levantó la cabeza al oír la última palabra.
—Vale —dijo.
Y no discutió.
No pidió otra oportunidad. No dijo que lo pensara. No me preguntó si estaba segura. No dijo «no me hagas esto». No dijo ni una sola de las frases con las que un hombre razonable habría intentado quedarse diez minutos más en aquel pasillo, y yo tenía preparadas respuestas para las cinco.
Dijo «vale», se dio la vuelta y se fue, y cerró la puerta despacio, con las dos manos, como se cierran las puertas cuando uno no quiere que suene.
A las cinco de la tarde estaba en el estadio.
Pilar tenía los números y los leyó como los lee siempre, que es sin adornos y sin mirar a nadie.
—Ocho coma cero verificados. Sin cambios respecto a ayer.
—Levantó la vista, cosa que no hace nunca—.
Y eso no lo diga usted deprisa, doctora, porque es la mejor noticia del día.
Ese dinero es irrevocable. Aunque hoy se dieran de baja los cuarenta y cuatro mil, ese dinero sigue ahí y sigue siendo del club el día que se firme.
—¿Y lo condicionado?
—Un millón cien. Intacto. Ni una sola solicitud de retirada de la condición.
—¿Y las reservas?
—Cuatrocientos mil ayer a mediodía. —Pasó la hoja—. Cien mil esta tarde.
Trescientos mil euros de gente que había dicho que iba a poner dinero y que en dieciocho horas había decidido esperar a ver, lo cual no es una traición ni es cobardía: es exactamente lo que hace cualquiera cuando le dan un motivo para dudar y nadie le da uno para no hacerlo.
—¿Y las altas nuevas?
—Doce en todo el día. —Cerró la carpeta—. La media de la semana pasada era cuatrocientas sesenta.
Candela llegó a las seis, dejó una carpeta encima de la mesa y se sentó enfrente sin quitarse las gafas de sol de la cabeza.
—Tenemos treinta asambleas en dos días —dijo—. Voy a hacer las treinta.
—Candela.
—No he venido a hablar de eso.
—Vale.
—He venido a decirle dos cosas y me voy, que tengo Valdesalas a las siete y media.
—Dígame.
—La primera es que el chico me ha dado la campaña esta mañana a las siete y cuarto, entera, y no me ha pedido nada a cambio. Ni siquiera me ha pedido que le diga a usted que me la ha dado. Se lo digo yo porque me da la gana.
—Ya me lo ha dicho él.
—Pues ya está dicho dos veces. —Se levantó—.
La segunda es que a mí me da exactamente igual con quién duerma usted, que ya soy mayor y que llevo cuarenta años oyendo tonterías sobre mujeres que trabajan.
Lo que me importa es que el jueves a las nueve de la mañana necesito ocho coma seis millones certificados, y usted es la única persona de esta casa que sabe cómo se llega.
—Faltan seiscientos mil.
—Seiscientos mil en cuarenta horas. —Cogió la carpeta—. Con las treinta asambleas y sin él delante.
Se fue hasta la puerta y se paró.
—Una cosa más, y esta es mía.
—Dígame.
—Esta mañana, en la asamblea de Valdesalas, la de las diez, se ha levantado una señora de setenta y tantos y ha preguntado si era verdad lo que decían de usted en la radio.
—¿Qué le ha contestado?
—Le he contestado que lo que decían en la radio era que usted denunció a su jefe por hacer trampas con los números y que le costó el trabajo. —Se ajustó las gafas—. Que es lo que decían, si uno lo escucha entero.
—¿Y qué ha dicho?
—Ha dicho: «pues entonces esta señora es de las nuestras». —Abrió la puerta—. Y han firmado once.
Cuando se fue, saqué el ordenador y trabajé hasta las once y media.
Mandé el borrador de la nota técnica a Elena. Revisé la validación de LaLiga. Contesté a un correo de Cepeda sobre el suelo de la cláusula de descenso, que seguía en dieciocho meses.
En el bolso, debajo de la silla, seguía el cuaderno con los tres colores.
Nadie lo había abierto en quince días.