21. Dos horas
La foto la vi a las cinco y cuatro minutos.
Estaba en el sofá. El tobillo en alto. La tele puesta sin sonido.
Me llegó por el grupo del vestuario. Antes que por ningún otro sitio. Eso me jodió media hora y es lo que menos me importa ahora.
La mandó Ceballos con tres signos de interrogación. Nadie contestó en veinte minutos. En un grupo de veintitrés tíos, veinte minutos es una eternidad.
Éramos ella y yo saliendo del portal de la calle Rosalía. Las ocho y diez de esa misma mañana.
Ella delante, con el bolso y la funda del ordenador. Yo tres pasos detrás, con la mochila. No nos tocábamos. No nos mirábamos. No nos hablábamos.
Es una foto en la que no pasa nada. Y está todo.
Debajo, cuatro palabras: «El rescate del Bahía».
La llamé a las cinco y siete.
—Ya la he visto —dijo—. Estoy en el estadio.
—¿Y?
—Y ahora tenemos que hacer las cosas en el orden correcto, y el orden correcto no es el que te apetece.
—Vale.
—Voy a llamar a Elena, a Sonia y a Irene, por ese orden, y les voy a mandar el expediente con las fechas y las horas. A Elena porque es mi despacho, a Sonia porque es la propiedad y a Irene porque es la única que puede irse esta noche.
—Vale.
—Álex. —Se paró—. Tú no hagas nada.
—No pensaba hacer nada.
—Ya lo sé. Te lo digo igual.
A las siete menos cuarto me llamó Santi.
—Hay un problema.
—Ya lo sé, he visto la foto.
—No. Otro problema. —Se oía que estaba andando por la calle—. A las nueve, en el avance del programa de la noche, sacan una cosa. Me lo ha dicho un amigo de allí. Llevan llamando toda la tarde.
—¿Sacan qué?
—Dicen que tienen la cronología. Que la relación empezó antes de la recusación.
—Eso es mentira.
—Ya sé que es mentira, Álex.
—Es que hay un expediente con una hora escrita.
—Ya sé que hay un expediente, joder. —Se paró—. Pero es que no lo van a decir así. Lo van a decir en plan pregunta. «¿Desde cuándo?». Y luego van a poner al lado la fecha del informe del nueve de julio.
—Eso no lo pueden hacer.
—Eso lo hacen todos los días y tú lo sabes.
—Santi.
—Y lo van a llamar «el rescate de los dos», que ya te digo yo que lo tienen escrito desde hace tres horas.
Colgué y me quedé de pie en el salón.
A las ocho menos cinco llamó ella.
—Northbridge me acaba de dar hasta las diez.
—¿Hasta las diez para qué?
—Para acreditarles con documentación la cronología. Si a las diez no la tienen, suspenden el comité de mañana y el expediente vuelve a Londres.
—¿Y eso es legal?
—Es razonable. Yo haría lo mismo. Si a mí me dicen que la persona que dirige la reestructuración de una operación en la que voy a meter diez millones tiene una relación no declarada con la contraparte, yo paro el comité en ocho minutos.
—¿Tienes la documentación?
—La tengo desde el treinta y uno de julio a las ocho y dos minutos de la mañana.
—Sonaba tranquila, y ese es el dato que a mí se me olvidó—.
Se la mando a las nueve con el expediente de Arista, con el acuse de recibo, con el acta del comité y con la resolución del apartamiento. Y a Sonia lo mismo. Y punto.
—¿Y en público?
—En público, nada.
—Aitana.
—Nada, Álex. Cuarenta y ocho horas.
—¿Por qué cuarenta y ocho?
—Porque Elena tiene que revisar qué podemos decir y qué no, palabra por palabra, porque hay un expediente de conflicto abierto sobre mí y porque si yo hablo mañana sin que ella lo revise, lo siguiente que pasa es que el comité de Arista se reúne otra vez. Y esta vez no es por apariencia.
—O sea que dejamos que lo cuenten ellos.
—Dejamos que lo cuenten mal dos días. Y al tercero sacamos un papel con fechas, horas y sellos que lo desmonta entero, y el que lo haya contado mal queda como un imbécil durante un año. —Un silencio—. Yo esto lo he hecho veinte veces, Álex. Se gana así. Se gana siempre así.
—Ya.
—¿Ya qué?
—Que vale.
—Álex.
—Que vale, Aitana. Que no voy a hacer nada.
Y cuando lo dije era verdad.
El avance salió a las ocho y cincuenta.
Un minuto y once segundos.
Empezaba con la foto de las ocho y diez, congelada, y encima una música de las que ponen para las cosas que van a ser importantes.
Luego, un rótulo a pantalla completa: LA PAREJA QUE DECIDE EL FUTURO DEL BAHÍA.
Luego el careto de Bordás diciendo que esta noche íbamos a saber «desde cuándo».
Y a los cuarenta segundos, una voz en off sobre un gráfico con dos columnas.
En la columna de la izquierda, la fecha de mi informe. Nueve de julio.
En la de la derecha, un interrogante.
Y la voz dijo, exactamente:
«¿Quién colocó a la doctora Cifuentes en este club, y a cambio de qué?»
Y luego, más bajito, casi de pasada, con esa cosa que hacen de decir lo peor como si fuera un comentario al margen:
«Porque una cosa es una consultora y otra cosa es una persona muy bien situada.»
Lo vi tres veces seguidas.
A la tercera estaba de pie. No me había dado cuenta de levantarme.
Los dos minutos siguientes fueron así.
Pensé en llamarla. No la llamé. Sabía lo que me iba a decir y sabía que iba a tener razón.
Pensé en llamar a Santi. Tampoco. Santi me iba a decir que no, que es para lo que le pagan.
Pensé en Bernardo. Tampoco.
Y entonces pensé en Emilio.
En Emilio de aquella misma mañana, a mi lado, diciéndome «pues haberlo dicho antes, Álex».
Llevaba cinco semanas dejando que la gente se hiciera una idea equivocada. La idea equivocada se repite mejor en un bar.
Esa es mi especialidad. Es lo que sé hacer. Llevo trece años cobrando por eso.
Y aquella noche, a las nueve, alguien iba a hacer con ella exactamente lo mismo.
Y pensé: yo tengo ocho millones de personas y ellos tienen un programa de las once.
Eso es lo que pensé. Con esas palabras. En ese orden.
Empecé el directo a las ocho y cincuenta y dos.
Al abrir había cuatro mil personas.
A los veinte segundos, treinta y un mil.
—Buenas noches. Voy a estar tres minutos y voy a decir fechas, porque las fechas se comprueban y las insinuaciones no.
Ochenta y cuatro mil.
—Aitana Cifuentes y yo tenemos una relación personal. Empezó el treinta de julio, de madrugada, después del Trofeo Bahía. Ella misma lo comunicó por escrito a su firma a las ocho y dos minutos de la mañana del treinta y uno. Menos de siete horas después.
Ciento veinte mil.
—Desde ese día está apartada de la negociación de mi traspaso, de mis condiciones personales y de cualquier comparecencia pública. Eso no lo digo yo: eso está en un expediente con fecha, con hora y con la firma de una socia de su despacho, y lo puede pedir cualquiera de ustedes.
Ciento sesenta mil.
—Su informe de julio, el que dice que hay que venderme, es del nueve.
Once días antes de que pasara nada entre nosotros.
Y el informe de agosto, que sigue diciendo exactamente lo mismo, lo firmó ella hace cinco días sabiendo perfectamente lo que dice y sabiendo perfectamente lo que hay entre nosotros.
Doscientos ochenta mil. Me acuerdo de ese número. Doscientos ochenta y tres mil.
—Y hace veintiséis horas, en un plató, delante de cuatrocientas mil personas, le preguntaron si el veinte de agosto seguiría recomendando venderme. Y dijo que sí. Sin dudar. Está grabado.
Trescientos veinte mil.
Y entonces, en vez de terminar, seguí.
Tenía la frase de cerrar preparada. Era «esto es todo, buenas noches». La tenía.
—Y una última cosa, porque lo que han sacado esta noche no va de fechas.
Trescientos cuarenta mil.
—Esa mujer podía haber callado. Nadie se habría enterado nunca. Nadie. Le habría salido gratis y habría seguido llevando este asunto sin que ustedes ni yo ni nadie supiéramos nada.
Cuatrocientos y pico.
—Y lo contó ella misma en siete horas. Y le ha costado dos años de carrera, que eso tampoco lo sabe nadie y lo digo yo porque me da la gana. Y no lo ha dicho en ningún sitio, ni me ha pedido que lo diga yo, ni lo va a decir mañana.
Cuatrocientos ochenta mil.
—Ella ya sabe lo que cuesta decir la verdad cuando quienes mandan prefieren una mentira.
Quinientos treinta mil.
—Buenas noches.
Corté a las ocho y cincuenta y seis.
Y durante unos segundos —no sé cuántos, entre cinco y veinte— me sentí bien.
Es importante que eso quede escrito.
Me sentí bien. Me sentí como cuando sales del área con dos encima y te la llevas y oyes que el estadio se levanta detrás. Pensé: ahora que lo desmonten. Pensé: mañana el imbécil es Bordás.
Dejé el móvil en la mesa boca abajo. Fui a la cocina. Me bebí un vaso de agua de pie, de un trago, mirando la nevera.
Y volví.
Cuarenta segundos. Como mucho cuarenta y cinco.
Abrí los comentarios.
Lo primero que vi no fue nada. Miles de cosas pasando a una velocidad a la que no se puede leer. Corazones. Gente diciendo que era un crack. Gente diciendo que era un cornudo. Gente preguntando por el tobillo. Alguien preguntando por el partido del domingo.
Y a mitad de pantalla, un comentario con doscientos y pico «me gusta» que decía:
«decir la verdad cuando los que mandan prefieren una mentira» a qué se refiere exactamente?? esto tiene historia
Y debajo, otro:
una economista q sabe lo q cuesta decir la verdad… buscad Cifuentes 2015
Me quedé mirando esas dos líneas.
Y lo entendí ahí.
Antes de que pasara nada más. Antes del enlace, antes del artículo, antes del nombre.
Lo entendí en ese comentario. Era la pregunta de alguien que no sabía nada. Estaba haciendo lo que hace la gente cuando le das una dirección: mirar hacia donde le has señalado.
Tres datos. Equipo, posición y mes.
Una frase que solo puede decir alguien que lo sabe.
Refresqué.
A los tres minutos y pico había un enlace a un artículo de octubre de 2015 sobre cuatro series manipuladas en un departamento de Economía Aplicada.
A los cuatro minutos, alguien escribió debajo del enlace. Sin ninguna maldad. Con la intriga del que está pasando el rato un martes a las nueve:
aitana cifuentes trabajaba ahí en 2015?? me suena mucho
Y a los cuatro minutos y algo, otro, más rápido:
Aitana Cifuentes Mora. Ayudante de investigación 2013-2017. Está en el archivo de la facultad, es público, se busca en dos minutos.
Su nombre entero.
Lo puso un desconocido debajo de un vídeo mío.
Marqué su número a las nueve y dos.
Un tono. Cuatro tonos. Buzón.
Volví a marcar. Buzón.
A la tercera ya no daba tono. Directo.
Le escribí. Borré. Le escribí otra vez y mandé tres palabras que ni siquiera eran las mías: «Aitana lo siento».
Se quedaron en enviado. No en leído.
Y me quedé de pie en mitad de mi salón.
La tele encendida sin sonido. Quinientas treinta mil personas que ya se habían ido a otra parte.
Y una pantalla en la que un chaval que quería ayudar acababa de escribir el segundo apellido de una mujer. Un apellido que llevaba diez años sin aparecer junto a aquello.
El directo seguía subido.
Eran las nueve y cuatro minutos y todavía no se me había ocurrido borrarlo.