La empollona y el crack 20. ¿Quién manda aquí?
61%

20. ¿Quién manda aquí?

A las diez y cuatro había noventa y una personas sentadas y once de pie al fondo.

Las conté. Las cuento siempre. Es lo primero que hago al entrar en un sitio y llevo veinte años sin poder evitarlo.

En la mesa: Candela en el centro. El notario a su derecha, con dos carpetas y un portátil. Pilar de Quorum a la izquierda, con su carpeta de anillas. Y Aitana en el extremo, con el ordenador cerrado delante.

En la sala de al lado, con la puerta cerrada, esperaba Irene Ward desde las nueve y media. Con un abogado y un café que le habían traído frío.

El orden del día tenía seis puntos.

El primero fue la aprobación del acta anterior y duró once minutos. Un señor de la fila cuatro quería que constara una cosa: que en el acta ponía «se aprueba por unanimidad» y que él se había abstenido.

Tenía razón. Se corrigió.

Los puntos dos, tres y cuatro fueron el reglamento de altas, el de bajas y la memoria de las primeras seis semanas. Candela la leyó entera, sin saltarse una línea. Dijo que si empezaba a saltarse líneas ya no paraba.

Al quinto llegamos a las doce y veinte.

Y el sexto empezó a la una menos veinte.

Ese era el que importaba. El que necesitaba firmado el Consejo Superior de Deportes y del que colgaba el millón cien que Candela llevaba dos semanas guardando en una casilla.

Empezó Mauro, y empezó bien, que es lo peor que puede empezar Mauro.

Se levantó, dijo que hablaba a título personal y no en representación de nadie, y preguntó:

—Si yo pongo tres mil euros y el señor de la fila cinco pone veinte, ¿cuánto vale mi voto dentro de esta asociación?

Y yo contesté.

Sin pensarlo. Desde la segunda fila, sin micrófono, con la naturalidad con la que llevaba cinco semanas contestando esa pregunta en bares, en peñas, en dos platós y en una junta general:

—Lo mismo. Aquí vamos a ser todos propietarios.

Y ella dijo, desde la mesa, sin levantar la voz y sin mirarme:

—No.

Se hizo un silencio de esos que se hacen cuando alguien contradice al capitán en su propio estadio.

—Perdón, matizo —dijo—. La respuesta al reparto de voto es correcta y es exactamente esa: un miembro, un voto, ponga usted tres mil o veinte. La palabra «propietarios» no lo es.

—¿Cómo que no? —dijo alguien del fondo.

—Ninguna de las personas que hay en esta sala va a ser propietaria de una sola acción del Atlético Bahía.

Se oyó ese ruido que hace noventa y una personas moviéndose a la vez.

—Ustedes van a ser miembros de una asociación.

La asociación va a comprar el veintiséis por ciento del club.

Las acciones son de la asociación, están prohibidas de venta y de pignoración por sus propios estatutos, y ninguna se puede repartir, ni heredar, ni vender, ni pignorar, ni dejar en un testamento.

—¿Y si me doy de baja?

—Si usted se da de baja mañana, deja de ser miembro y no se lleva nada, porque las aportaciones son irrevocables desde el minuto uno y así está escrito en la primera pantalla del formulario desde el catorce de julio.

Hizo una pausa muy corta.

—Lo que ustedes compran no es un trozo de club. Es un voto en la única puerta por la que hay que pasar para tocar el escudo.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

Y yo me quedé mirando el respaldo de la silla de delante.

Porque en cinco semanas lo había dicho ciento cincuenta veces.

Lo dije en la junta del once de julio delante de mil doscientos accionistas y de dieciocho mil personas en un directo. Lo dije en la peña del Minuto 93 y en el bar de mi madre. Lo dije en la radio del lunes por la mañana, hacía treinta horas, con ella sentada enfrente y bebiendo de mi taza.

«Vamos a ser dueños de nuestro club.»

Y era mentira.

No del todo. Era mentira exactamente en la parte que la gente entiende cuando oye la palabra dueño. En la parte en la que uno se imagina que tiene algo, que ese algo es suyo, y que el día que se muera se lo deja a su hijo.

Yo no lo había hecho a propósito.

Lo había dicho porque lo otro no cabe en una frase que la gente repita en un bar. Lo otro son once palabras con la palabra «sindicados» dentro.

Y porque llevo trece años sabiendo, sin que me lo enseñe nadie, cuál es la versión de una cosa que se comparte y cuál la que se queda en el papel.

Y esa es exactamente la habilidad por la que me pagan.

Emilio, a mi lado, dijo entre dientes:

—O sea que no somos dueños.

—Sois quien decide lo que no se puede vender.

—Ya. —Se cruzó de brazos—. Pero no somos dueños.

—No.

—Pues haberlo dicho antes, Álex.

—Ya.

—Que a mí me da igual, ¿eh? Yo pongo los doscientos euros lo mismo. —Se recostó—. Pero haberlo dicho antes.

Después de eso vinieron cincuenta minutos que voy a resumir porque el acta la tiene el notario y ocupa nueve páginas.

Hubo una propuesta para que la asociación votara las alineaciones en los partidos contra el Cartagena. Y solo contra el Cartagena. La defendió con absoluta seriedad, durante cuatro minutos, un hombre de la fila siete que aportó un argumento histórico de 1994.

Hubo una propuesta para incluir entre las materias protegidas «el color del segundo equipaje». A los dos minutos se descubrió que quería decir «equipación». A los tres se aprobó por aclamación, porque tenía razón.

Hubo una petición formal, con veintiuna firmas, para que la pancarta de 1998 fuera declarada patrimonio de la asociación. Emilio la había traído impresa y en una funda de plástico.

Candela le explicó que la asociación no tiene nada más que las acciones y que las acciones no se pueden tocar. Con lo cual, si la pancarta entraba ahí dentro, ya no se podía sacar del altillo nunca más.

Emilio retiró la petición.

Y hubo un momento, a la una y diez, en el que un señor preguntó si se podía expulsar a un árbitro por mayoría simple.

El notario, que llevaba cuatro horas allí y que no había abierto la boca en toda la mañana, levantó la cabeza por primera vez y dijo:

—No.

—¿Y por mayoría reforzada?

—Tampoco.

Y volvió a bajarla.

Mauro sacó lo del sesenta por ciento a la una y cuarto.

—Punto sexto, apartado d. —Levantó el papel—. «Referéndum de todos los miembros, mayoría del sesenta por ciento, para fijar el voto en materias protegidas.» ¿Sesenta por ciento de qué?

Aitana contestó.

—De los votos emitidos.

—Ah. —Sonrió, y no era una sonrisa amable—. Es que ahí no lo pone.

—Lo va a poner en la versión que firmemos hoy, y se lo agradezco.

—Muy bien. Y ahora dígame por qué no del censo.

—Porque con cuarenta y cuatro mil miembros repartidos en tres continentes, un sesenta por ciento del censo no se alcanza jamás.

En ninguna organización del mundo. —Ni se inmutó—.

Y una mayoría que no se alcanza jamás no es una garantía: es una manera elegante de que no se pueda decidir nada, que es lo que buscaría alguien que quisiera bloquear a esta asociación desde dentro.

—Con lo cual quedan expuestos a que decidan cuatro.

—Por eso hay quórum mínimo del quince por ciento, que también va a estar escrito. Sin quórum, cuatro mil personas organizadas deciden por cuarenta y cuatro mil. Con quórum, hacen falta seis mil seiscientas solo para abrir la urna.

Mauro se quedó callado dos segundos.

—¿Y quién convoca el referéndum?

—El consejo rector, o el diez por ciento de los miembros.

—Eso está bien pensado.

—Gracias.

—No era un cumplido. Era una constatación de que me ha costado media hora encontrar el agujero y no lo he encontrado.

Se sentó.

Pilar de Quorum habló a la una y media, y fue el único momento de la mañana en que la sala estuvo callada de verdad.

Explicó, con casos y sin nombres, por qué setecientos mil euros de los que se habían anunciado en julio no habían sido nunca dinero.

—Doscientos diez mil son aportaciones duplicadas.

La misma persona rellenó el formulario en casa, no le llegó el correo de confirmación porque se le fue a la carpeta de correo no deseado, y volvió a hacerlo en una mesa del estadio el dieciocho de julio.

Eso no es fraude: es un problema de diseño. Está resuelto desde el veinticinco.

—¿Y ese dinero?

—Devuelto. Doscientas y pico personas, y todas cobraron antes del uno de agosto.

—¿Y el resto?

—Cuatrocientos veinte mil llegaron por una plataforma de recogida que no identifica al ordenante. Sabemos que el dinero existe y sabemos en qué cuenta está. No sabemos de quién es.

—¿Y no lo pueden preguntar?

—Lo hemos preguntado dos veces por correo.

Dos tercios han vuelto a hacerlo bien. El tercio restante no contesta, que es lo que hace la gente en agosto.

—Levantó la vista—. Y yo no puedo certificar dinero anónimo, entre otras cosas porque si lo certifico, cualquier persona con mala intención puede meter cien mil euros en su asociación y salir en el periódico dentro de dos meses diciendo que este club se financia sin saber de quién.

Se hizo un murmullo.

—Y hay setenta mil euros que no voy a certificar nunca, porque los pusieron doscientas y pico personas de entre catorce y diecisiete años.

—Cerró la carpeta—. Ese es el único dato de todo esto que me da pena, y les diré que la doctora Cifuentes les escribió a todos una carta el cinco de agosto explicándoles por qué se les devolvía.

Eso no me correspondía a mí decirlo y lo digo igual.

Los estatutos se aprobaron a las dos menos siete minutos, por agotamiento y por unanimidad, que en una asamblea es lo mismo.

Un miembro, un voto. Sesenta por ciento de los emitidos con quórum del quince.

Auditoría externa anual y publicación de cuentas.

Mandatos de dos años, máximo dos consecutivos.

Prohibición de vender, gravar o prestar las acciones.

Destitución del consejo rector con el diez por ciento de los miembros.

Incompatibilidad con cargos en otros clubes de la competición.

Y la lista de materias protegidas: nombre, escudo, colores, estadio, denominación del campo, cantera y, desde aquella mañana, el color de la segunda equipación.

El notario cerró el portátil.

—Que conste en acta que la sesión ha durado tres horas y cincuenta y tres minutos.

—¿Eso hay que hacerlo constar? —dijo Candela.

—No. —Se levantó—. Pero yo lo digo.

Y entonces, cuando la gente ya recogía las sillas y alguien había abierto las puertas del fondo, Candela hizo la pregunta.

Estaba de pie, guardando la libreta en el bolso. Lo dijo hacia la mesa, no hacia la sala. Como quien se quita una duda antes de irse a comer.

—Aitana. Con estos estatutos, tal y como han quedado. ¿Esto podría funcionar con un fondo dentro?

Yo estaba a cuatro metros, poniéndome la mochila.

Aitana estaba cerrando el ordenador.

Y tardó.

No mucho. Un segundo y medio. Dos.

Lo que tarda alguien en decidir de qué manera va a contestar una cosa que ya sabe.

Yo la he visto contestar preguntas peores en menos tiempo. La he visto contestarle a Bordás en directo, con cuatro tíos encima y una luz de mil vatios. Y tardó menos que con Candela, con la sala vaciándose.

—Podría estudiarse —dijo.

—¿Podría estudiarse o se está estudiando?

—Podría estudiarse.

Candela asintió y siguió guardando la libreta.

Y yo me quedé con la mochila a medio colgar, sin ningún motivo concreto.

La puerta de la sala de al lado se abrió a las dos y cinco.

Irene Ward entró con la carpeta debajo del brazo. Saludó al notario por su apellido, cosa que impresionó al notario, que llevaba cuatro horas siendo un mueble. Y se sentó en la mesa sin que nadie se lo ofreciera.

—Seré breve, que llevo cuatro horas y media en una sala sin ventanas y ustedes también.

Abrió la carpeta.

—Mi comité mantiene la oferta de dieciocho millones y medio por el cincuenta y uno por ciento. Sigue viva, sigue firmada y sigue sobre la mesa hasta el treinta y uno de agosto.

—Ya lo sabemos —dijo Sonia, que había entrado detrás de ella.

—Y ha autorizado, por si les interesa, a estudiar una posición minoritaria.

Candela se sentó del todo.

—¿Minoritaria?

—Por debajo del treinta por ciento. Con condiciones. —Pasó una hoja—. Explotación comercial internacional durante siete años y un doce por ciento del crecimiento sobre una base acordada.

—Siete años.

—Siete años.

—¿Y eso qué significa en dinero?

—Significa que durante siete veranos las giras internacionales, los patrocinios de empresas de fuera de España y el contenido en inglés y en español de América los gestionamos nosotros y cobramos por hacerlo, más un millón doscientos mil euros anuales de honorarios de gestión.

—Cerró la carpeta—. Significa que ustedes conservan el nombre y venden el crecimiento.

Mauro, desde el fondo, sin levantarse:

—¿Y no hay margen?

—Hace dos semanas había más margen que hoy.

Lo dijo sin ninguna intención, mirando su propia carpeta, mientras se colocaba el bolígrafo en la funda.

—El comité ha revisado el riesgo del calendario y ha repreciado. Es una decisión de comité, yo no la voté y no la voy a mover.

Y ahí giré la cabeza.

No sé por qué la giré. La giré.

Aitana estaba de pie junto a la mesa, con el ordenador debajo del brazo y el bolso colgado.

Tenía la cara exactamente igual que había tenido durante tres horas y cincuenta y tres minutos.

Exactamente igual. Ni un músculo.

Salimos al pasillo a las dos y veinte y hacía el calor de dentro de un coche.

—Hace dos semanas había más margen —dije.

—Los comités reprecian.

—Ya.

—Álex, un fondo de inversión sube el precio cuando el vendedor tiene menos tiempo. No es una maldad y no es personal: es lo único que hacen los fondos y lo hacen todos, y si no lo hicieran no serían fondos, serían una ONG.

—Vale.

Se fue hacia el aparcamiento y yo me quedé en el pasillo dos o tres segundos más de la cuenta.

Pensando en una cosa que no tenía nada que ver, o eso creí entonces.

Estaba pensando en Emilio.

En que llevaba cinco semanas diciéndole a una ciudad entera una palabra que no era exactamente verdad. Y en que no me había dado cuenta hasta que alguien la dijo bien delante de mí.