19. Un solo dato
A las tres y diez seguíamos despiertos, ya en la cama, con la ventana del patio abierta porque la noche no bajaba de veintiséis grados y con el ventilador de pie apuntando al techo, que es la única manera de dormir en agosto en un tercero.
Él llevaba un rato callado de una manera que no era la suya.
—¿Te acuerdas de lo del otro día? —dijo—. Lo de que había una cosa de hace seis años.
—Sí.
—Te la voy a contar ahora.
—No hace falta.
—Ya sé que no hace falta.
Se incorporó a medias y se quedó apoyado en el codo, mirando el techo y no a mí, y habló durante unos cuatro minutos sin que yo dijera nada.
Tenía veinticuatro años y llevaba con el mismo representante desde los diecisiete.
Se llamaba Quim. Lo había llevado él a Sevilla y él a la selección. Le negoció el primer contrato de imagen y le buscó el primer piso. Cenaba en casa de Amelia por Navidad y le regalaba a su madre una caja de turrón de la que ella se reía todos los años.
Aquel invierno Álex rompió con una chica con la que había estado cuatro años, y estuvo un mes escribiéndole cosas por la noche a Quim.
—Le escribía a él porque era el único que estaba despierto a esas horas —dijo—. Y porque le pagaba. Yo pensaba que le pagaba para eso, también.
En febrero, una revista publicó cuatro páginas.
—Lo que sacaron de mí me daba igual. En serio, y no lo digo de boquilla. —Se pasó la mano por la cara—. Salía un tío de veinticuatro años diciendo tonterías a las cuatro de la mañana sobre una chica que lo había dejado, y me pareció ridículo y me dio vergüenza tres semanas y ya está. Se me pasó.
—¿Y entonces?
—Es que en esos mensajes había una parte que no era mía.
Se quedó callado unos segundos.
—Yo tenía un compañero en aquel equipo. Compartía habitación con él en las concentraciones desde hacía dos años. Estaba muy mal. De verdad mal. Y una noche, en un hotel de Vitoria, me contó una cosa.
—¿Qué cosa?
—Eso da igual y además no es mía. —Fue la única vez en toda la noche que sonó cortante—. Perdona.
—No, tienes razón.
—Yo esa misma noche, a las tantas, se lo escribí a Quim. No por chismorrear. Se lo escribí porque no sabía qué hacer, porque tenía veinticuatro años y porque pensé que a lo mejor él conocía a alguien.
—Y salió.
—Salió media línea. Sin nombre. —Silencio—. Con el nombre del equipo, con la posición y con el mes. Tres datos.
—Tres datos.
—En un vestuario de veinticinco personas, con eso lo sabe todo el mundo el mismo martes por la mañana. Y lo sabe la mujer, y lo sabe el fisio, y lo saben en el club.
—¿Qué pasó?
—Se fue en junio. Cesión y luego traspaso. —Se movió un poco—. No hablamos más. Tiene cuarenta años, vive en Almería, tiene una escuela de fútbol y no me ha cogido el teléfono en seis años. Lo he intentado cuatro veces. La cuarta fue en marzo.
—¿Y Quim?
—A Quim lo dejé en abril de aquel año. Sin denuncia y sin nada, porque no había nada que denunciar. Los mensajes eran míos y se los mandé yo. —Se tumbó otra vez—. Yo no vendí nada. Yo no publiqué nada. Yo lo único que hice fue contárselo a la persona equivocada a las cuatro de la mañana.
Se quedó mirando el techo.
—Y él lo destrozó igual, y lo destrocé yo.
No dije nada durante un rato bastante largo.
Y después le conté lo mío, que llevaba diez años sin contarle a nadie entero, y lo conté mal.
—En 2015 yo era ayudante de investigación en un departamento de Economía Aplicada. Tenía veintiocho años y llevaba tres en el departamento. Mi director de tesis publicaba mucho.
—Vale.
—Publicaba mucho porque los datos le salían siempre.
Me incorporé, porque no se puede contar esto tumbada.
—Encontré cuatro series manipuladas. Cuatro. Y no es una interpretación discutible ni una discrepancia de método: eran cuatro conjuntos en los que se habían eliminado observaciones concretas, las mismas, para que el coeficiente cambiara de signo.
—¿Y cómo lo viste?
—Porque me dio a mí las series para replicar un resultado y no me salía.
—Bebí agua de la mesilla—. Y en vez de decirle que no me salía, que es lo que hace todo el mundo, me pasé siete meses comprobándolo.
Siete meses, por las noches, sin decirle nada a nadie, porque si te equivocas con eso te acabas.
—Y no te equivocaste.
—No.
Se me secó la boca y bebí otra vez.
—Yo salía entonces con un periodista. Llevábamos dos años. Y una noche le enseñé el expediente porque necesitaba que alguien me dijera si estaba loca.
—¿Se lo diste?
—No. Se lo enseñé. En mi casa, en un portátil, sin terminar, y le dije tres veces que no estaba terminado.
—Ya.
—Once días después salió publicado.
Álex no dijo nada.
—Y aquí es donde tengo que ser precisa, porque la gente siempre lo entiende mal y lo cuenta mal.
Me senté del todo y me quedé con la espalda contra la pared.
—Lo que salió publicado era el caso. La manipulación, las cuatro series, la metodología y el nombre del catedrático. Eso es público. Está en la hemeroteca de dos periódicos. Cualquiera puede leerlo mañana en diez minutos.
—Vale.
—Lo que no salió fue quién se lo había dado. En el artículo pone «fuentes del departamento». En plural, además, que es lo que se pone cuando es una sola persona.
—Te protegió.
—Me protegió. —Me costó decirlo—. Eso hay que decirlo porque es verdad, y durante años me pareció que si lo decía estaba disculpándolo.
Me protegió a mí y se llevó una exclusiva que le sirvió para cambiar de periódico en octubre.
Las dos cosas pasaron a la vez, y las dos son verdad, y llevo diez años sin saber cuál pesa más.
—Pero.
—Pero en un departamento de treinta y cuatro personas hay exactamente una que había pedido acceso a esos cuatro conjuntos de datos. —Me encogí de hombros—. Y quedó registrado, porque el acceso se pide por un formulario y el formulario tiene fecha y firma.
—Ellos lo supieron.
—En cuarenta y ocho horas. El público, nunca.
—¿Y qué pasó?
—Que él conservó la cátedra tres años más y se jubiló con honores y con una cena.
Que a mí no me echaron, porque a nadie lo echan por eso: me fueron quitando cosas.
Primero la docencia, en septiembre, por «reorganización».
Luego el despacho, que pasó a ser compartido y luego dejó de ser mío.
Luego dejaron de contar conmigo para los proyectos.
—¿Cuánto tardaste en irte?
—Dos años. —Bebí—. Y un día me di cuenta de que llevaba siete meses sin que nadie me pidiera nada. Ni una revisión, ni una clase de sustitución, ni un café.
—Joder.
—Me fui en 2017. Entré en Arista con veintinueve años y ocho meses de currículum en blanco, y en la entrevista me preguntaron por ese hueco y dije que había estado terminando la tesis, que era mentira, porque la tesis la había terminado en 2016.
—¿Y él?
—¿El periodista?
—Sí.
—Eso no.
—Vale.
—No es que no pueda. Es que no hoy.
—Vale.
Y no volvió a preguntar. Eso también hay que apuntarlo, porque yo estaba esperando la segunda pregunta con el cuerpo entero, como se espera un ruido.
Nos quedamos callados y se oía el aire acondicionado del patio y un coche muy lejos.
—Aitana.
—Dime.
—Yo no voy a hablar de eso.
—Ya lo sé.
—No, espera, que lo quiero decir bien. —Se incorporó—. No voy a hablar de eso ni de lo nuestro. Con nadie. Ni en un plató, ni en una radio, ni en un directo, ni en una comida con amigos, ni con Santi. Ni para defenderte.
—Álex.
—Sobre todo para defenderte. —Me buscó los ojos en la oscuridad—. Eso es lo que quería decir.
Y yo, en ese momento, hice la única cosa útil que hice aquella noche.
—Escúchame una cosa, porque esto la gente lo hace mal siempre y lo hace de buena fe, que es lo que lo vuelve peligroso.
—Dime.
—No hace falta decir mi nombre.
—Ya.
—No. Escúchame de verdad.
Encendí la luz de la mesilla, porque quería que me viera la cara y que no pudiera contestar desde la comodidad de la oscuridad.
Se tapó los ojos un segundo con el antebrazo y luego se acostumbró.
—Tú acabas de contarme que a tu compañero lo destrozaron con tres datos y ningún nombre. Equipo, posición y mes. Tres.
—Sí.
—Conmigo funciona igual y es más fácil, porque en aquel departamento yo solo hay una.
—Vale.
—El caso está en internet y no se va a ir nunca. El catedrático tiene nombre, apellidos, una ficha de la universidad con foto y una entrada en la wikipedia. Lo único que separa aquello de mí es que nadie ha dicho nunca en voz alta quién fue la fuente.
—Ya.
—Nadie tiene que decir mi nombre para que se sepa. Basta con que alguien diga una frase que solo pueda decir alguien que lo sabe.
—Una frase.
—Una frase. Cualquiera que apunte hacia allí.
«Ella ya pasó por algo parecido». «A ella también le costó caro decir la verdad una vez».
«No es la primera vez que se enfrenta a alguien poderoso».
—Le sostuve la mirada—. Cualquier cosa que le dé a un periodista una dirección en la que buscar.
Y hay cuatro periodistas en este país que la sabrían buscar en una tarde, y dos de ellos me conocen.
Se quedó mirándome sin decir nada.
—Entendido.
—¿Seguro?
—Aitana, yo he sido los tres datos de otro. —No apartó la mirada ni una vez—. Lo he entendido perfectamente.
Apagué la luz.
Se durmió antes que yo, como siempre, con una facilidad que me sigue pareciendo un truco de otro oficio.
Yo me quedé despierta, que también es como siempre, y estuve pensando lo que pienso cuando no puedo dormir, que es en el trabajo.
Cogí el móvil de la mesilla y bajé el brillo al mínimo.
Tenía una nota del veinte de julio. La escribí en un semáforo, en Salinas con Ronda, después de la peña.
15/07: propone rebaja uniforme. Daño verificable a un tercero. 17/07: rectifica sin cámaras. Cede control operativo a C. Sanz. 18/07: acepta escala progresiva. Coste propio +430k. Sin contrapartida.
Debajo había una línea que había escrito aquella misma noche y de la que después me avergoncé un poco, porque es una frase de las que se escriben a la una de la mañana y no de las que se escriben en un informe.
Le añadí dos entradas.
02/08: corrige el apodo en rueda de prensa. No lo utiliza conmigo. No lo menciona después. 16/08: cero remates. Baja al medio por decisión propia. No pide reconocimiento en prensa.
Cinco observaciones. Treinta y cuatro días.
Yo he rechazado modelos de clientes por menos.
He escrito ocho veces en mi vida, en un informe, con estas palabras exactas, la frase «la serie no es suficiente para inferir comportamiento bajo estrés».
Una de esas ocho se la escribí a un consejo de administración que quería fiarse de un director general que llevaba dos trimestres portándose bien después de haber falseado un inventario.
Me hicieron caso y aquel hombre volvió a hacerlo en septiembre, en otra empresa.
Miré la pantalla un rato con el brillo al mínimo, a las cuatro menos veinte de la mañana, con él respirando al lado y con el ventilador dando vueltas.
Y después seleccioné la nota entera y la borré.
No porque me diera vergüenza tenerla.
Porque ya no me hacía falta.