La empollona y el crack 18. Amarte no lo vuelve solvente
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18. Amarte no lo vuelve solvente

La radio era a las nueve y diez, en directo, cuarenta minutos, los dos en el mismo estudio con dos micrófonos de brazo y una mesa de dos metros por uno.

Llegamos por separado, con quince minutos de diferencia, que es una de las seis reglas y es la más fácil de todas.

Nos sentaron enfrente. Y luego nos dieron el café.

Eran dos tazas iguales del programa, blancas, con el logotipo de la emisora en negro y el asa hacia el mismo lado. Nos las dejaron delante, en el centro de la mesa, casi juntas.

A los diez minutos yo cogí la mía, bebí y la dejé.

A los doce, ella cogió la mía sin mirar, bebió y la dejó donde estaba la suya.

Yo estaba hablando de la escala salarial cuando lo vi.

No dije nada. No la miré. Seguí con lo mío, terminé el bloque, y cuando le tocó a ella hablar cogí la que quedaba, que era la de ella, y bebí.

Eso es todo lo que pasó en cuarenta minutos de radio en directo.

El presentador nos puso a discutir tres veces y las tres funcionaron, porque las tres eran de verdad.

La primera fue por el calendario del Consejo Superior de Deportes.

Yo dije que en agosto la administración no puede tardar tres semanas en firmar un papel cuando hay un club de por medio.

Ella dijo que la administración tarda lo que tarda y que el problema no es la administración, es que se lo hayamos pedido en agosto.

La segunda fue por si había que hacer pública la cifra depositada bajo condición.

Yo dije que sí, que la gente tiene derecho a saber cuánto hay.

Ella dijo que si publicamos un millón cien mil euros que no se pueden usar, mañana hay cuatro titulares diciendo que el club tiene ocho coma siete millones y que eso es exactamente cómo se pierde la credibilidad de una campaña.

Y la tercera fue por la palabra rescate.

—A mí la palabra rescate no me gusta —dijo ella.

—A mí tampoco, pero es la que dice la gente.

—La gente dice rescate porque suena a que viene alguien de fuera y te saca. Y aquí nadie viene de fuera a sacar a nadie. Aquí son cuarenta y cuatro mil personas comprando algo caro con su dinero.

—Entonces di tú una palabra mejor.

—No la tengo. Por eso digo que esa no me gusta.

En el minuto treinta y uno, el presentador dijo:

—Ustedes dos, sinceramente, ¿se llevan mal?

—No —dije yo.

—Nos llevamos bien —dijo ella—. Es que estamos en desacuerdo, que es otra cosa que en este país se confunde mucho.

Y a mí me dio la risa un segundo antes de tiempo, y se me oyó.

Santi me enseñó el móvil en el pasillo de la emisora.

—Cuatro mil en veinte minutos.

—¿Cuatro mil qué?

—Publicaciones. Sobre las tazas.

—¿Qué tazas?

—Las tazas, Álex. —Giró la pantalla—. Había cámara en el estudio, como en todos los estudios desde 2015. Hay un vídeo de veintidós segundos en el que ella coge la tuya y bebe, y luego tú coges la de ella y bebes. Y no se mira ninguno de los dos.

Lo vi.

Se veía perfectamente. Se veía que ninguno de los dos miraba, y eso era lo peor, porque si hubieras mirado sería un gesto y no mirar es una costumbre.

—Bórralo.

—No lo he subido yo. Lo ha subido la emisora, que es dueña de su señal, y lo ha subido porque tiene ciento diez mil reproducciones en cuarenta minutos.

Aquel día hubo tres cosas más.

Una peña de Elche hizo un dibujo de los dos. Bastante bueno, hecho a mano y escaneado con el móvil. Ella con la carpeta, yo con el balón, los dos de espaldas mirando el marcador de un estadio en el que en vez de un resultado ponía 14,2.

Ese lo guardé y lo sigo teniendo.

Una cuenta de nueve mil seguidores abrió una encuesta que decía «¿Quién ganó la radio de hoy?» y ganó ella con un sesenta y tres por ciento sobre cuatro mil doscientos votos, y me pareció justo y se lo mandé.

Contestó:

«Cuatro mil doscientas personas votando a las once de la mañana de un lunes. Este país tiene un problema de productividad.»

Y la tercera es que Santi montó el contador.

—¿Qué es esto?

—Es un contador.

—Santi, es un contador de tensión sexual.

—Es un contador de tensión fiscal. —No se rio. Estaba serio y llevaba dos días sin afeitarse—. Lo he llamado así. Fiscal. Sube cuando hay una aparición conjunta y baja cuando pasan tres días sin. Está en la página de la asociación.

—¿Y para qué sirve?

—Para que la gente entre a mirar la tontería y vea el número de al lado.

Giró el portátil.

A la izquierda, un medidor con una aguja, hecho con cuatro líneas de código y bastante feo.

A la derecha, en letra tres veces más grande: VERIFICADO 7.600.000 €.

—Ayer entraron ciento sesenta mil visitas a la página de la asociación en cinco horas —dijo—. Ciento sesenta mil. Y no venían del gol de Nico. Lo he mirado. Venían de tu rueda de prensa.

Cerró el portátil.

—Yo esto lo he hecho porque es lo único que sé hacer y porque funciona. Pero te voy a decir una cosa y luego no la repito. —Se puso de pie—. Un día de estos alguien va a intentar cobrar por esto, y no vamos a ser nosotros.

El plató era a las once de la noche y allí estaba Quique Bordás, que en tres semanas no había aprendido nada.

Entró por lo del domingo. Puso los seis segundos, con el rótulo amarillo y todo.

—Álex, tú dijiste que ella «tiene razón» en querer venderte. ¿Eso es rendición o es otra cosa?

—Es una cuenta.

—Es que a mí me suena a otra cosa, ¿eh?

—Ya. —Me quedé mirándolo—. A ti te suena a otra cosa desde el once de julio y no has acertado ni una vez.

Se rieron dos. Uno era el que llevaba el pinganillo, que no debería reírse.

Bordás se giró hacia ella.

—Doctora, se lo pregunto claro. Si el veinte de agosto no llegan a los ocho coma seis millones, ¿usted sigue recomendando vender al capitán?

—Sí.

Lo dijo sin ninguna pausa. Sin mirarme. Con la misma voz con la que decía «catorce coma dos» en una sala de consejo el nueve de julio.

—¿Sin dudar?

—Sin dudar. Es lo que dice mi informe desde el nueve de julio y es lo que sigue diciendo hoy, con las tres correcciones que le hizo él mismo incorporadas y con dos más que le he hecho yo.

Si el hito falla, la venta es la única operación que cumple las tres condiciones bancarias en once días.

No hay otra. Y quien le diga a usted que hay otra, o no la ha buscado o le está mintiendo.

—Hay gente que dice que ustedes dos ya no son rivales.

—Hay gente que confunde estar de acuerdo en los datos con estar de acuerdo en el resultado.

Yo estaba a metro y medio, con una luz de mil vatios en la cara, con un pinganillo en la oreja y con cuatrocientas mil personas mirando.

Y lo que pensé fue: qué bien lo hace.

Y después pensé: lo ha dicho sin dudar.

Y después pensé: es que es verdad, y ya lo sabías, y te lo ha dicho catorce veces.

Y luego llegué a casa y abrí el correo.

El club me manda desde el once de agosto toda la documentación de la escala salarial, porque yo soy el representante de la plantilla y porque los veintitrés firmaron un papel el domingo por la noche con un bolígrafo que dejó de pintar.

Es mi trabajo leerlo y llevaba seis días leyéndolo mal.

Eran cuarenta páginas. Cinco anexos.

El anexo tres se llama «Escenario base a 20 de agosto» y tiene una tabla con cuatro filas y seis columnas.

La cuarta fila dice:

Si el hito de 8,6 M€ no se alcanza — activación de operación de traspaso (jugador n.º 10) — plazo de ejecución 11 días — impacto en límite de coste: +6,8 M€ — impacto en fondos propios: +34 M€ (plusvalía) — riesgo asociado: descenso, pérdida de patrocinio comercial.

Jugador número diez.

Ni el nombre ni el apellido. El dorsal.

Yo ya sabía todo eso.

Lo sé desde el nueve de julio, me lo dijo ella a la cara en una sala con once personas y un proyector, y me lo acababa de repetir en directo hacía dos horas delante de cuatrocientas mil.

Y aun así estuve nueve minutos mirando esa fila.

Fui a su casa. Eran las doce y cuarenta.

Abrió con el pelo mojado y una camiseta, y supo que pasaba algo antes de que yo dijera nada, porque llegué sin avisar y eso no lo habíamos hecho nunca.

—¿Qué pasa?

Le puse el folio en la mesa, encima de los cuatro montones.

—Anexo tres.

Lo miró tres segundos.

—Ya.

—Ya.

—Álex, esto lo redacté yo el trece de agosto por la tarde.

—Ya lo sé. Pone tu nombre en el pie de página y la hora de la última modificación.

Se sentó. Se apartó el pelo de la cara.

—¿Qué quieres preguntarme?

Y lo hice mal. Lo hice como se hacen las cosas a la una menos veinte de la mañana, que es lo mismo.

—¿Cómo puedes quererme y estar escribiendo cómo me voy?

Se hizo un silencio de esos que tienen textura.

Porque era la primera vez. Ninguno de los dos había dicho esa palabra en veintiún días. Ni de broma, ni de pasada, ni en una frase que la llevara dentro.

Y yo la acababa de usar como se usa una llave inglesa.

—Perdona —dije.

—No.

—Que la he dicho fatal.

—La has dicho fatal y la has dicho. —No se movió—. Las dos cosas cuentan y no se anulan.

Se levantó, cogió el folio, lo puso derecho encima de la mesa y le pasó el pulgar por el doblez.

Y en ese gesto de poner un papel derecho estaba todo lo que yo sé de esa mujer.

—Te voy a contestar en serio —dijo—. Y te va a gustar poco.

—Vale.

—Sí. Te quiero. —Lo dijo como quien certifica una cifra—. Lo he pensado, lo he pensado más de una vez, y no lo digo porque tú lo hayas dicho primero ni porque sean las doce y media ni porque estés en mi casa a esta hora con cara de haber leído un anexo.

—Vale.

—Y eso no vuelve solvente tu plan.

—Aitana.

—Espera, que no he terminado. —Puso los dedos en el borde de la mesa—. El día que yo escriba un informe que diga una cosa distinta de la que dicen los números porque me acuesto contigo, ese día tú tienes un problema mucho más grande que el traspaso.

—¿Por qué?

—Porque significa que la persona que está montando la estructura que va a decidir el futuro de este club ha dejado de ser fiable. Y lo peor no es eso.

—¿Qué es lo peor?

—Que tú no te enterarías. —Se apoyó en el respaldo de la silla—. Confiarías igual. Y en tres meses estaríais en concurso con el escudo vendido a una compañía de seguros, y tú seguirías pensando que yo soy muy buena en mi trabajo.

Me senté enfrente.

—Ese anexo tres es lo único que te estoy dando de valor —dijo—. Todo lo demás me lo puedes discutir.

—¿Y si sale?

—¿Si sale qué?

—Si el veinte llegamos a ocho coma seis. Si sale.

—Entonces el anexo tres no se activa y hay que hacer otra cosa mucho más difícil en once días.

—¿Qué otra cosa?

Y ahí hubo un segundo.

Un segundo. No más. Ella tenía la mano en el borde de la mesa y la movió medio centímetro hacia dentro.

—Meter veinte millones de fondos propios en una sociedad insolvente sin entregar el control —dijo—. Que es lo que llevo intentando desde el cuatro de julio, que es la razón por la que me contrataron, y que todavía no sé hacer.

—Vale.

—Vale.

No pasó nada más aquella noche.

No nos acostamos. No lo arreglamos. No dijimos ninguna de las cosas que se dicen para dejar de estar incómodos, que son cuatro y las conocemos todos.

Nos quedamos sentados a los dos lados de una mesa de comedor con cuatro montones de papel y una regla de plástico, ella con una camiseta y el pelo secándosele solo, yo con el folio del anexo tres entre los dos, hasta casi las tres.

Hablamos de otras cosas. De su hermana, que vive en Zaragoza y a la que ve dos veces al año. De un entrenador que tuve a los veintiuno. De si Bartra debería renovar.

En algún momento ella dijo:

—¿Te vas o te quedas?

—Me quedo.

—Vale.

Y ya está. Eso fue todo lo que decidimos aquella noche.