17. Noventa minutos
A los cuatro los sentaron en la tribuna lateral, fila nueve, con el polo del club y una acreditación de plástico colgada del cuello.
Pasé por delante de ellos al salir a calentar.
El central es un chaval rumano de veintidós años. Llegó el nueve de julio con una maleta y un intérprete.
Se levantó, levantó la mano y me dijo algo que no entendí. El estadio ya estaba haciendo ruido y él todavía habla en un español de cuatro semanas.
Le devolví el saludo.
De los cuatro, dos sabían perfectamente que no iban a jugar tampoco la segunda jornada. Se lo había dicho su agente y se lo habían confirmado en el club.
Los otros dos creían que era cosa de papeles y que se arreglaría el martes. Es lo que les habían dicho. Y nadie de esta casa se había sentado con ellos a explicarles la diferencia entre un papel y un margen.
Ese día íbamos a jugar la primera jornada de liga con dieciséis fichas útiles, tres de ellas del filial.
Se lo había pedido al míster el jueves, en su despacho, con la pizarra pequeña y la puerta cerrada.
—Déjame jugar veinte metros más atrás.
Me miró como se mira a un delantero que pide jugar más lejos del gol. Es decir, como se mira a un hombre que pide que le bajen el sueldo.
—¿Tú sabes lo que estás pidiendo?
—Sí.
—Tú ahí no vas a marcar. Ni uno. Ni de rebote.
—Ya.
—Y en tu situación, Álex, con lo que hay encima de la mesa.
—En mi situación lo que necesito es que este equipo tenga once puntos el veinte de agosto, míster, no que yo tenga tres goles. Y si tenemos que defender con nueve, esto se nos va en diciembre.
Se quedó callado bastante rato mirando la pizarra.
—Si sale mal, la culpa es mía.
—Si sale mal, la culpa es mía y lo digo yo en la rueda de prensa.
Dibujó una flecha desde el nueve hasta la altura de los centrocampistas. Y la miró como se mira una cosa que no te gusta pero que es la que hay.
—Vale.
Fueron noventa minutos horribles y no se me van a olvidar.
Corrí más que en ningún partido de los últimos cuatro años. Lo sé porque me lo dieron el lunes: doce coma ocho kilómetros. Mi récord de la temporada pasada era once coma dos y lo hice en un derbi que acabamos con diez.
Toqué el balón sesenta y una veces. Tiré cero.
Cero remates.
Un delantero internacional, capitán, con el número diez, en su primer partido de liga delante de veinticuatro mil personas, sin rematar una sola vez.
En el minuto trece robé un balón en nuestro campo por primera vez en tres años.
No supe qué hacer con él. Lo devolví atrás. Y Bartra me gritó desde la portería «¡pero muy bien, muy bien!» con una guasa que se oyó hasta en Preferencia.
En el veinticuatro empezaron a encontrarnos el hueco entre el lateral y el central y bajé otros cinco metros por mi cuenta.
Y en el minuto treinta y cuatro robé en el círculo, giré y la puse en largo para Nico, en diagonal, a la espalda del lateral.
No fue un pase bonito. Fue un balón de cuarenta metros que botó dos veces y que Nico controló mal y arregló mejor, con la izquierda, dejándose caer hacia dentro.
Se metió en el área, se llevó al central hacia el centro con dos toques y la cruzó con el interior al palo largo.
Uno a cero, minuto treinta y cinco.
Nico corrió hacia la banda con los brazos abiertos.
Yo llegué el último otra vez, de los once. Y otra vez me pareció bien. Esta vez, además, llegué el último porque estaba a sesenta metros y no porque quisiera demostrarle nada a nadie.
La segunda parte fue defender.
En el sesenta y uno metimos a un juvenil de dieciocho años en el lateral derecho, porque Ceballos se quedó tocado. A partir de ahí jugamos con un equipo que no había entrenado junto ni una vez.
Aguantamos hasta el ochenta y ocho.
Nos empataron en un córner. Un rechace en el borde del área. Un tiro cruzado. Y un desvío en la pierna de Toni que cambió la dirección del balón y dejó a Bartra vendido.
De esos que no se pueden defender y que uno defiende mil veces sin que pasen.
Uno a uno.
Y en el descuento, con el estadio de pie, el fondo sur empezó a corear el nombre del rumano.
Lo hicieron cuatro o cinco veces, con palmas, mirando hacia la tribuna lateral y hacia nuestro banquillo a la vez, pidiendo un cambio.
Yo estaba a treinta metros del banderín de córner y lo oí perfectamente.
Y el chaval, en la fila nueve, se puso de pie y empezó a aplaudir.
No entendió que le estaban pidiendo que saliera al campo. Creyó que le estaban dando la bienvenida.
Aquello se me quedó dentro mucho más que el gol encajado, y creo que se me va a quedar bastante tiempo.
En el vestuario, después, Toni sacó la carpeta.
Cuarenta minutos después de encajar en el ochenta y ocho, veintitrés tíos firmaron la escala progresiva.
Sentados en los bancos, en calzoncillos, con un bolígrafo que se pasaban unos a otros. Con la gente todavía saliendo del estadio y el ruido de las gradas vaciándose entrando por el respiradero.
El bolígrafo dejó de pintar en el decimoquinto.
—Falta boli.
—Hay uno en el maletín del míster.
—Que no se entere.
—Que se entere, hombre, si está firmando él también.
Firmé el primero y me quedé de pie hasta que firmó el último.
El último fue el juvenil que había entrado en el sesenta y uno. No tenía que firmar nada: cobra novecientos euros y está por debajo del tramo cero.
Firmó igual. Nadie se lo impidió.
Nico firmó el noveno.
Cuando me devolvió la carpeta le dije:
—Gracias.
—Es mi sueldo, no el tuyo.
—Ya lo sé.
—Vale.
Y volvió a lo suyo.
Su renovación, aquel domingo, seguía donde estaba el catorce de julio. Sin registrar y sin fecha. Y sin que nadie del club le hubiera llamado en cuarenta y dos días para explicarle por qué.
A las once menos cuarto, en la sala de al lado, Pilar de Quorum leyó los números con Candela, Santi y la doctora delante.
—Siete coma seis verificados.
—¿Y lo demás? —dijo Santi.
—Uno coma cinco depositados. De esos, cuatrocientos mil están en controles de origen y saldrán esta semana. Y un millón cien mil están depositados con condición.
—¿Con condición de qué?
Y contestó Candela.
—Con condición mía.
Levanté la cabeza.
—A ver —dijo, y abrió la libreta de cuadros—. Llevo desde el cinco de agosto haciendo asambleas. Once hechas de cuarenta y una. Valdesalas, Santa Rita, Los Palmeros, la Cruz de Piedra, dos videollamadas con Guayaquil, una con Zúrich, un centro de mayores y la trastienda de una ferretería.
—Ya.
—Y en las once, sin excepción, la pregunta número uno no es cuánto ni cuándo ni cómo. —Cerró la libreta—. Es esta: «¿y si dentro de tres años estos venden el escudo?».
Nadie dijo nada.
—Se lo pregunta todo el mundo. Un señor de setenta y ocho años en Valdesalas y un chaval de veinticinco en Zúrich. Y yo llevo desde el cinco de agosto contestando que para eso están los estatutos y viendo caras de gente que no se lo cree.
—¿Y qué has hecho? —dijo Santi.
—A partir de la sexta asamblea empecé a ofrecer una casilla.
Quien quiera, aporta con una condición suspensiva.
Su dinero solo entra en el club el día en que quede aprobado por escrito, en junta y ante notario, que el escudo, los colores, el nombre, el estadio y la cantera no se pueden tocar sin nosotros.
—¿Y si no se aprueba?
—Se lo devolvemos íntegro y se acabó.
—Candela, eso es un millón cien mil euros que no podemos contar el jueves.
—Exacto. —Lo dijo tranquila, sin levantar la voz—. Y por eso los han puesto.
Pilar apuntó algo sin levantar la vista.
—Como criterio de certificación es impecable —dijo—.
Ese dinero existe, está identificado, está depositado y es irrevocable por parte del aportante.
Lo que pasa es que no es del club todavía.
Yo lo certifico como depositado y lo pongo en su columna, y ahí se va a quedar hasta que alguien apruebe algo.
—¿Y cuánta gente ha marcado esa casilla? —preguntó la doctora.
—Cuatro mil doscientas —dijo Candela—. De las nueve mil que han aportado desde el seis de agosto.
—Casi la mitad.
—Casi la mitad. —Se guardó la libreta—. Y le voy a decir una cosa, doctora. Esa casilla la puse yo un miércoles por la noche porque no sabía qué contestarle a una señora. No la puso ningún abogado.
La rueda de prensa fue a las once y veinte, con seis periodistas, dos cámaras y sueño.
Cinco preguntas sobre el empate. Una sobre el gol de Nico. Una sobre el juvenil del lateral.
Y la séptima, de una chica de una web local que llevaba tres semanas siendo la única que preguntaba cosas distintas:
—Álex, hoy has tocado sesenta y un balones y no has rematado ninguna vez. Hay gente en redes diciendo que estás jugando como si ya te hubieras ido.
—Hay gente que dice muchas cosas.
—¿Tiene algo que ver con el informe de la economista que quiere venderte?
Tenía dos salidas y cogí la tercera.
La salida buena era decir «pregúntale a ella» y bajar del atril.
La salida cómoda era decir «yo de eso no hablo», que además era la que me había pedido Santi por escrito el viernes.
Lo que dije fue:
—La doctora Cifuentes no quiere venderme.
Miré el micro un segundo.
—La doctora Cifuentes ha calculado que vender a un canterano de treinta años que no cuesta nada en los libros es la manera más rápida de que este club siga existiendo en septiembre.
Y tiene razón. Y por eso su informe lo dice, y por eso su informe lo va a seguir diciendo mientras la cuenta le salga así, y si algún día no lo dijera yo sería el primero en preocuparme.
Me eché hacia atrás.
—Es la única persona de esta casa que me ha dicho a la cara lo que valgo, y no me lo dijo como un piropo, me lo dijo con un proyector. Así que no, no estoy jugando como si me hubiera ido. Estoy jugando como si me quedaran doce días, que es lo que me queda.
Se hizo un silencio raro para una rueda de prensa de las once y veinte de la noche de un domingo de agosto.
—Gracias —dijo la chica.
Santi tardó cuatro segundos en levantarse y decir que teníamos que irnos.
En el pasillo me cogió del codo.
—¿Tú sabes lo que acabas de hacer?
—He contestado.
—Has dicho cuatro frases seguidas sobre ella sin decir una sola cosa mala.
—Es que no la hay.
—Álex. —Se paró en mitad del pasillo—. Es tarde, llevo dieciocho horas aquí y te lo voy a decir clarísimo. Llevo un mes vendiendo a España que aquí hay una pelea. Es lo único que ha funcionado. Es lo que ha metido siete coma seis millones de euros en una cuenta bloqueada.
—Ya.
—Y acabas de decir en directo, en un vídeo que va a tener cuatrocientas mil reproducciones antes de las ocho de la mañana, que la que te quiere vender tiene razón y que además es la única que te respeta.
—Es que es verdad.
—Sí. —Se pasó la mano por la cara—. El problema no es que sea verdad. El problema es cómo suena.
—¿Y cómo suena?
—Suena a que hay algo.
A las dos de la mañana, en el sofá de mi casa, con el tobillo en alto por costumbre y no por dolor, miré el móvil.
Cuarenta y un mil publicaciones en tres horas.
Dieciocho mil eran el gol de Nico, con la conducción y el interior al palo largo, montado con música.
Las otras veintitrés mil eran seis segundos de la rueda de prensa. Cortados justo antes de «juego como si me quedaran doce días». Con una música encima y un rótulo que alguien había puesto en amarillo.
Le escribí a Aitana.
He dicho una cosa en prensa. No es nada. Pero mírala antes de que te la enseñe otro.
Contestó a los cuatro minutos.
Ya la he visto. Está bien dicho.
Y treinta segundos después:
Está demasiado bien dicho.
Y un minuto después de eso:
Mañana tenemos radio a las nueve y diez y plató a las once y cuarto. Vamos a tener que discutir de verdad en los dos sitios.
Ya lo sé.
Digo de verdad, Álex.