16. Preguntar
El martes fue un día bueno, y lo digo porque es cierto y porque después no hubo muchos.
A las diez y cuarto entregamos el expediente del Consejo Superior de Deportes para la autorización previa de la asociación.
Ciento sesenta páginas, con los estatutos, la gobernanza, el mecanismo de escrow, la entidad de pago, la titularidad real de los aportantes y un anexo de cuarenta páginas que me había costado tres días.
A las doce, Candela cerró las asambleas tres, cuatro y cinco de las cuarenta y una: Valdesalas, Santa Rita y una peña de doce personas de un pueblo a treinta kilómetros que quería saber si podían aportar en efectivo.
No podían. Aportaron igual, por transferencia, y dos de ellos aprendieron a hacer una transferencia por el móvil aquella tarde.
Y a las seis, Elvira Cepeda me contestó por fin a lo del suelo de la cláusula de descenso.
No aceptaban el que yo había pedido. Ofrecían abrir a negociar uno peor: dieciocho meses en vez de veinticuatro y con revisión semestral.
Que es una manera educada de decir que sí.
Tres cosas en un día. En agosto, en un club insolvente, con una raya de cobertura en el aparcamiento.
Subió a las nueve y media con el arroz.
Lo midió.
No lo midió con el vaso graduado. Lo midió con un vaso de agua normal, contando en voz alta, y me miró mientras lo hacía con una cara de estar haciendo una concesión histórica que merecía un acta.
—Uno. Dos. Tres. Cuatro.
—Ya lo veo.
—No te acostumbres.
—¿Y el agua?
—El agua a ojo.
—Álex.
—El agua a ojo, Aitana, que si mido las dos cosas ya no estoy cocinando, estoy montando un mueble.
Salió bien.
Estaba bueno de verdad, con el arroz suelto y el fondo hecho, y se lo dije, y le duró toda la cena.
La cena duró cuarenta minutos porque no la terminamos.
No la terminamos por una tontería.
Yo me levanté a por agua y al pasar por detrás de su silla le puse la mano en el hombro, sin ningún motivo, sin pensarlo, como se apoya uno en el respaldo de una silla.
Y él levantó la mano y la puso encima de la mía.
Y ninguno de los dos dijo nada.
Yo me quedé de pie detrás de él, con la mano debajo de la suya y el vaso vacío en la otra, sabiendo perfectamente que ya no íbamos a terminar de cenar.
—Álex.
—Sí.
—Deja el tenedor.
Lo dejó.
Le voy a contar esto lo mejor que sepa, porque me parece que importa y porque hay una versión más corta que sería mentira.
Nos besamos de pie en la cocina y ahí sí, la primera parte fue lo que es siempre: torpe, con prisa, chocando con el canto de la encimera, con un brazo suyo tirando de mí por la cintura y con mi cadera dándole a un cajón que no cierra bien y que hizo un ruido considerable.
Y a los cuarenta segundos él se separó.
No mucho. Un palmo.
—Espera.
—¿Qué pasa?
—Nada. —Tenía la respiración cambiada y la voz normal, que es una combinación rara y que se me quedó grabada—. Que quiero saber qué quieres.
—Álex.
—Que no es por educación. —Me puso la mano abierta en el costado y la dejó ahí, quieta—.
Es que llevo doce años con gente decidiendo por mí lo que me apetece.
Lo que como, dónde duermo, con quién me hago una foto y qué digo cuando me preguntan por mi padre.
Y no lo voy a hacer yo contigo en mi propia cocina.
—Esta es mi cocina.
—Pues peor.
Yo me quedé sin saber qué decir, cosa que me pasa dos veces al año.
Porque la pregunta era fácil y la respuesta no lo era en absoluto.
Yo sé pedir cosas. Pido cosas todos los días.
Pido cifras, pido plazos, pido documentación, pido que trescientas personas firmen un papel en agosto y pido que un banco acepte un suelo que no quiere aceptar.
Pido bien. Pido de una manera concreta que no admite interpretación y que me ha costado doce años aprender.
Y todas esas cosas las pido en tercera persona.
«Hace falta esto.» «Esto tiene que estar el jueves.» «Convendría que.» «Sería recomendable.»
Nunca digo «quiero». En mi trabajo, «quiero» es una palabra que descalifica al que la usa.
—Es que no sé decirlo sin que suene a instrucción —dije.
—Pues dilo como una instrucción.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque si te lo digo como una instrucción, entonces esto lo estoy dirigiendo yo.
—Me oí decirlo y era la primera vez que lo pensaba—.
Y llevo cinco semanas dirigiéndolo todo.
Absolutamente todo. Llevo cinco semanas siendo la que dice lo que hay que hacer en todas las habitaciones en las que entro, incluida la de tu vestuario, y estoy cansada de una manera que no sabía que existía.
Se quedó quieto.
—Vale.
—Espera.
Respiré.
—Quiero que vayamos al dormitorio. —Salió mejor de lo que esperaba—. Quiero que tardemos. Quiero que no me preguntes nada durante un rato largo y que después sí.
—Vale.
—Y quiero que en algún momento me quites de la cabeza el veinte de agosto, y no sé cómo se pide eso.
—Lo acabas de pedir.
El dormitorio de aquel piso tiene una lámpara de techo con tres bombillas de las que funcionaban dos, una cama de metro cincuenta que cruje si te mueves hacia la izquierda, y una ventana que da a un patio en el que a esas horas se oía un aire acondicionado y una televisión.
Apagué la lámpara y dejé encendida la del pasillo, con la puerta entornada.
Lo que pasó después fue lento, y fue lento porque él lo hizo lento, y a mí me costó veinte minutos entender que no lo hacía por técnica.
Lo hacía porque miraba.
Es un hombre que se gana la vida sabiendo, sin mirar, dónde están otras diez personas en un espacio de siete mil metros cuadrados y hacia dónde van a estar dentro de dos segundos.
Yo eso lo había leído en un informe de rendimiento en julio, entre una tabla de kilómetros recorridos y una de pases completados, y me había parecido una metáfora de departamento de marketing.
En una cama es otra cosa.
Es que se dio cuenta, antes que yo, de en qué momento dejé de estar pendiente de la puerta.
De que la primera vez que me tocó la cara giré la cabeza y de que la segunda no.
De que hay una zona en mi hombro izquierdo donde tengo una cicatriz de una operación de hace nueve años, de siete centímetros, que yo no había mencionado, y de que la primera vez que le pasó la mano por encima yo me quedé quieta de una manera distinta a como se queda uno quieto por otra cosa.
No preguntó por la cicatriz. Volvió a pasar la mano por encima dos veces más, sin detenerse, y a la tercera dejó de ser una cicatriz.
Preguntó tres veces en toda la noche. No doce.
Y las tres las hizo bien, que quiere decir que las hizo cuando no sabía, y no cuando quería que le dijeran que sí.
Y en algún punto de todo aquello yo dije, en voz alta y en primera persona, tres o cuatro cosas que quería.
Una de ellas la dije mal.
Dije «espera» cuando quería decir «así», que son dos palabras que no se parecen en nada, y él esperó, porque le había dicho «espera».
Y tuve que decírselo otra vez, bien, en voz alta y despacio.
Me dio vergüenza. Una vergüenza física, de calor en la cara.
Se me pasó en unos segundos y me acuerdo de esos segundos mejor que de casi todo lo demás, porque en esos segundos entendí que yo llevaba veinte años sin equivocarme al pedir una cosa delante de nadie.
Lo torpe vino a mitad.
Se le enganchó el reloj en mi pelo.
No un poco: enganchado del todo, con la correa metálica, con dos vueltas y con esa cosa de las correas de eslabones que es un pelo por cada eslabón.
Estuvimos casi un minuto en silencio, él sentado en el borde de la cama, yo con la cabeza a la altura de su antebrazo, deshaciendo aquello pelo a pelo con la luz del pasillo, sin que ninguno de los dos hiciera un chiste.
Porque en ese minuto no había ningún chiste que hacer y los dos lo sabíamos.
Cuando se soltó, me quedé un segundo mirándole la muñeca.
—Quítatelo.
—Ya voy.
—Es que llevas reloj.
—Es que llevo reloj siempre.
—¿Siempre?
—Desde los diecisiete. Es de mi abuelo.
—Pues hoy no.
Lo dejó en la mesilla y sonó como suenan los relojes en las mesillas.
Y después de eso ya no hubo nada torpe.
No voy a contar el resto entero. Dos cosas, que son las que me sirven para saber qué pasó de verdad.
La primera es que en algún momento dejé de pensar en el veinte de agosto, que era exactamente lo que había pedido.
Y que no dejé de pensar.
Pensé en otra cosa, con la misma cabeza de siempre, con la misma manera de mirar y de ordenar y de registrar que tengo para todo. Y la otra cosa era él.
Es una manera de pensar que yo no uso nunca porque no sirve para nada, no se puede defender delante de un comité y no produce ningún documento.
Y la segunda es que cuando terminó, y estábamos los dos boca arriba mirando una lámpara de tres bombillas con dos, lo primero que dijo fue:
—Tengo un hambre horrible.
Nos comimos el arroz frío de pie en la cocina, a la una y veinte, él en calzoncillos y yo con su camiseta, directamente de la cazuela, con dos tenedores.
—Está mejor frío —dije.
—No está mejor frío.
—Está mejor frío.
—Aitana, lo he hecho yo.
—Por eso.
—Eres una persona muy difícil.
—Ya lo sé. —Cogí otro tenedor de arroz—. Y he medido el agua con la vista y ha salido bien, así que igual tienes razón en lo del vaso.
—Eso no lo repitas mañana.
—No lo pienso repetir nunca.
Hablamos a las dos y media, otra vez en la cama, con la luz apagada y sin tocarnos, que es cuando se habla de verdad.
Empezó él.
—Hay una cosa que no te he contado.
—Vale.
—No es de ahora. Es de hace seis años. —Silencio—. Y no te la voy a contar hoy.
—No hace falta.
—Ya sé que no hace falta.
—¿Entonces?
—Es que si te la cuento hoy te la cuento mal. —Se movió un poco—. Y si te la cuento mal, parezco una víctima, y no lo soy. O parece que te la estoy contando para que me trates de una manera determinada a partir de mañana. Y no quiero ninguna de las dos cosas.
—Álex.
—Dime.
—No hace falta que te justifiques por no contarme algo.
—Ya. —Silencio—. Es que quiero que sepas que existe.
Y ahí me tocaba.
Me tocaba y lo sabía, y tuve unos segundos exactos, con la respiración de él al lado y el patio ya en silencio, en los que podía haber dicho tres frases distintas.
Podía haber dicho: yo también tengo una y es de hace diez años.
Podía haber dicho: y además tengo otra que es de esta semana, que es de trabajo, que no es del todo mía y que te afecta a ti más que a nadie.
Dije:
—Yo tengo dos.
—¿Dos?
—Una vieja y una de ahora.
—Vale.
—La vieja te la contaré. No sé cuándo.
—¿Y la de ahora?
—La de ahora es profesional. —Me lo oí decir y era verdad—. Y hay una parte que no te puedo contar por el mandato.
—Vale.
—Y hay otra parte que sí podría y no voy a contarte hoy.
Se quedó callado un rato bastante largo.
—Vale.
—¿Vale?
—Vale. —Se giró un poco hacia mí, aunque no se veía nada—. Yo tampoco te he dicho lo mío.
—No es lo mismo.
—Es que no estamos midiendo, Aitana.
Y no dijo nada más.
Yo me quedé despierta bastante después de que él se durmiera, mirando la lámpara de tres bombillas con dos.
Habíamos hecho las cosas bien. Habíamos preguntado y habíamos esperado.
No habíamos prometido nada que no pudiéramos cumplir, ninguno de los dos había dicho una palabra que no sintiera, y a las dos y media, en una cama, dos adultos habían acordado sin discutir que hay cosas que todavía no se cuentan.
Y yo tenía un cuaderno con tres colores en el bolso, en el recibidor, a nueve metros de aquella cama.
Y en la mesilla de mi lado, debajo del reloj de su abuelo, el móvil con un correo del jueves que decía siete años y doce por ciento.
Él respiraba despacio.
Le había enseñado la noche anterior un documento de catorce páginas que no había leído nadie en veintidós meses.
Las dos cosas eran verdad a la vez, y las dos las había decidido yo.