15. Términos y condiciones
No fue una decisión sentimental: el hotel costaba ciento noventa euros la noche a cargo del cliente y aquel piso son mil doscientos al mes, y llevo doce años diciéndoles a mis clientes que no me paguen habitaciones cuando el mandato pasa de tres semanas.
Lo pongo en la propuesta de honorarios y a veces se ríen. Este club no se rio.
En la nevera había cuatro cosas. En el armario del baño había un frasco de colonia de la inquilina anterior que yo no había tirado por no tocarlo.
El lunes salí del estadio a las siete y cuarenta.
Había sido un día bueno. Candela había cerrado la asamblea de Los Palmeros con ciento cuatro personas y ochenta y una firmas.
El expediente del CSD estaba a dos capítulos de terminarse.
Y a las seis, Elvira Cepeda me había escrito para decirme que el comité vería lo del suelo de la cláusula de descenso «esta semana o la que viene», que es la manera educada de decir que todavía no.
Hice la compra en el supermercado de la esquina y subí las bolsas de tres en tres pisos, parando en el segundo, y durante todo ese rato estuve haciendo la lista.
La lista tenía cinco puntos y los cinco eran ciertos.
Uno: en dieciocho días tengo que sentar en la misma mesa a un fondo internacional, a una accionista mayoritaria diluida, a una asociación de aficionados que todavía no existe legalmente y a trescientos veinte minoritarios que no se conocen entre sí. Y esa mesa la voy a presidir yo.
Dos: la persona que va a subir a este piso a las nueve es el activo del que depende la mitad de esa mesa y la contraparte del único contrato que hoy podría salvar el club.
Tres: me ha costado dos años y la palabra «apariencia» escrita en un acta que va a leer un comité dentro de cuatro años.
Cuatro: no lo conozco desde hace ni un mes. Llevo treinta y dos días en esta ciudad.
Y cinco, que era el bueno: si esto sale mal, no sale mal en octubre, con tiempo y con distancia. Sale mal el veinte de agosto, dentro de un edificio con veintitrés mil personas alrededor y con cuarenta y cuatro mil esperando un número.
Guardé la compra. Puse el vino en la nevera. Me duché.
Y a las ocho y media me quedé de pie delante de la mesa del comedor, que era el único sitio donde se podía cenar, decidiendo si quitaba los cuatro montones de papel o no.
Estuve cuatro minutos.
No los quité. Los aparté al extremo y dejé sitio para dos platos, que es una solución de compromiso que no engaña a nadie y que además, cuando la vi terminada, me pareció exactamente mi retrato.
Llamó al telefonillo a las nueve y cuatro.
Subió con una bolsa de tela y sin resoplar, que es lo único injusto que tiene salir con un futbolista.
—Tres pisos —dije.
—He subido de dos en dos.
—Ya lo he oído.
Entró, miró el salón, miró los cuatro montones, miró la mesa con dos platos y la regla de plástico, y lo primero que hizo fue sacarse el móvil del bolsillo.
Lo dejó en el recibidor, encima del mueble, boca abajo.
No dijo nada.
No dijo «mira». No dijo «esta noche nada de teléfonos». No hizo esa cosa de dejarlo despacio para que se vea. Lo dejó ahí como quien deja las llaves, se metió en la cocina con la bolsa y empezó a sacar cosas.
Yo lo vi desde el pasillo y me quedé un segundo más de la cuenta mirando el mueble del recibidor.
—Traigo arroz —dijo desde la cocina.
—Yo he comprado pasta.
—Guárdala para mañana.
La discusión duró once minutos y empezó a los cuatro.
Estaba sofriendo, con dos sartenes, un cuchillo que había traído él porque no se fiaba del mío y una cuchara de madera que también había traído él.
—¿Cuánto arroz? —dije.
—El que hay.
—Eso no es una cantidad.
—Es cuatro puñados.
—¿Cuatro puñados de quién?
—Míos.
—Ya. —Cogí el paquete y lo miré por detrás—. ¿Y el agua?
—El doble.
—¿El doble de cuatro puñados tuyos, o el doble de lo que aquí pone que es una ración?
—El doble de arroz. Se ve.
—¿Se ve?
—Se ve. Cuando lo tienes en la sartén, se ve.
—Álex, esto lo hace mi madre desde antes de que existieran los vasos medidores.
—Los vasos medidores existen desde el siglo diecinueve.
Se quedó con la cuchara en el aire.
—¿En serio?
—En serio.
—Vale, pues desde antes de que existieran en mi casa. —Volvió a lo suyo—. Ella no mide.
—Tu madre lleva cuarenta años haciéndolo. Tú lo has hecho, ¿cuántas veces?
—Bastantes.
—¿Cuántas?
Se paró otra vez.
—Nueve o diez.
—Nueve o diez. —Abrí el cajón de la izquierda y saqué un vaso de plástico con rayas—. Mira. En este piso hay un vaso graduado. Lo dejó la anterior inquilina. Está ahí desde antes que yo.
—No voy a medir el arroz.
—¿Por qué no?
—Porque si mides el arroz, ya no lo estás haciendo tú.
—Eso es una frase.
—Es una frase verdadera.
—Es una frase con la que se justifican muchas cenas malas.
—Es una frase con la que se justifican todas las cosas que salen bien sin que sepas por qué.
—Eso, en mi oficio, se llama suerte.
—Y en el mío se llama oficio.
Estuvimos así hasta las nueve y veinticinco. Yo con el vaso graduado en la mano y él con la cuchara, los dos de pie en una cocina de dos metros de ancho, discutiendo con seriedad absoluta sobre si el arroz se mide.
En un momento dado le dije que su método no era un método, que era una anécdota con testigos.
Él me dijo que yo mediría el aire si me dejaran, y que seguramente lo hacía.
Yo le dije que el aire está medido y que hay gente que cobra por eso.
Él dijo: «lo sabía».
Los dos teníamos razón y ninguno cedió.
No midió el arroz.
Salió mal. No fatal: mal. Se pasó de agua y quedó suelto por arriba y hecho una masa por abajo, y él lo probó, puso una cara de medio segundo y dijo:
—Está bien.
—No está bien.
—Está bien.
—Álex, esto por debajo es una crema.
—Es que la parte de abajo siempre.
—No. La parte de abajo no siempre. La parte de abajo es una consecuencia.
Y se rio. Se rio de verdad, con la boca llena de un arroz malo, sentado en una silla de un piso alquilado con cuatro montones de papel al lado y una regla de plástico separándolos.
Y yo pensé, con estas palabras exactas:
esto es un problema
.
Nos lo comimos entero. Los dos platos. La parte de abajo también.
Después de cenar fregó él.
Fregó mal, sin quitar bien la grasa de la sartén grande, y yo no dije nada, que para mí es un ejercicio de una dificultad que no se puede explicar.
Y mientras fregaba me preguntó por el trabajo.
—¿Y el fondo ese?
Yo estaba secando un vaso, de pie, a un metro de él.
—El expediente ha vuelto a su comité.
—¿Eso es bueno o malo?
—Es lo que suele pasar cuando una fecha pasa.
—Vale. —Aclaró un plato y lo puso en el escurridor—. ¿Y tú qué crees que van a hacer?
—Van a volver.
—¿Seguro?
—Van a volver, y cuando vuelvan va a ser más caro.
—¿Por?
—Porque somos nosotros los que tenemos una fecha, no ellos.
Y era verdad.
Todo lo que dije aquella noche era verdad, palabra por palabra. Lo dije mirando un vaso, y cuando terminé de secarlo lo dejé en el escurridor y cogí otro.
Eso duró once segundos y es la única parte de aquella noche que no he podido contarme bien.
A las once y media estábamos en el sofá, que es un sofá de piso alquilado, y él tenía el brazo por detrás de mí sin tocarme, en esa postura que ocupa sitio y no compromete.
Habíamos hablado de tres cosas: de un compañero suyo que se había ido a Grecia, de si en esta ciudad hay algún sitio donde se coma bien un martes por la noche, y de una serie que él había visto entera y yo no.
Le miré la ceja.
—¿Qué te hiciste ahí?
—Pretemporada. Un choque con Bartra.
—¿Con tu portero?
—Con mi portero. Un balón dividido en un entrenamiento el veintiuno de junio. Él salió con el puño y yo iba con la cabeza.
—¿Y quién ganó?
—Él. Siempre gana él, es lo que tiene ir con el puño. —Se tocó la ceja sin mirarme—. Cuatro puntos y dos días sin entrenar.
—¿Duele?
—No.
Levanté la mano y le toqué la cicatriz con la yema del índice. La recorrí entera, que son unos dos centímetros y medio, mal cerrada por el extremo de fuera, con la piel un poco más brillante.
Él no se movió.
Eso es lo que quiero dejar escrito, porque es lo que decidió el resto de la noche.
No se acercó. No giró la cara. No cerró los ojos. No hizo ninguna de las cosas que hace la gente cuando quiere convertir un gesto en otro.
Se quedó exactamente donde estaba, con la respiración normal, dejando que yo hiciera lo que estaba haciendo el tiempo que yo quisiera hacerlo.
Le toqué la cicatriz cuatro o cinco segundos, que son muchos.
Después bajé la mano y la dejé en el sofá, entre los dos.
Y él, sin mirarme, la cogió y me puso el pulgar en la cara interna de la muñeca, y lo dejó ahí.
Nada más. Ni un movimiento. El pulgar quieto exactamente donde se toma el pulso, que es un sitio en el que nadie te pone la mano por casualidad.
Yo tengo cincuenta y ocho pulsaciones en reposo desde los treinta y dos años. Lo sé porque corro cuatro días por semana y porque lo apunto en una hoja desde 2019, que es una cosa que no le he contado a nadie porque no admite defensa.
Estuvimos así un rato razonablemente largo.
Y en algún momento de ese rato dejé de saber cuántas tenía.
Esa es la parte que a mí me interesa: no que se me acelerara, que se me aceleró, sino que dejé de contarlo.
—Voy a hacer una cosa —dije.
—Vale.
—Espera.
Me levanté, cogí el móvil de la mesa del comedor y borré la lista.
Estaba en la aplicación de notas, encima de todo, se llamaba «10/08» y tenía cinco puntos con guiones.
La borré delante de él y no le expliqué qué era.
—¿Eso qué era?
—Cinco motivos.
—¿Para qué?
—Para irme.
—Ah. —Se lo pensó—. ¿Eran buenos?
—Eran excelentes.
—¿Y siguen siendo verdad?
—Los cinco.
—Vale.
Y no preguntó nada más, y ahí estuvo la diferencia.
Cualquier otro habría preguntado cuáles. Cualquier otro habría querido rebatirlos, o quedar bien con dos de ellos, o pedirme que le leyera el tercero.
Él dijo «vale» y se quedó en el sofá.
A la una menos cuarto le enseñé el documento.
No sé por qué lo hice y sí lo sé, las dos cosas a la vez, que es lo que pasa siempre con las cosas que se hacen a la una menos cuarto.
Fui a la mesa, saqué el portátil de debajo del segundo montón, lo abrí y busqué una carpeta que se llama «Personal» y que dentro tiene once archivos, y de esos once, uno.
Práctica de gobernanza participativa — memorándum interno — borrador v6.
—¿Qué es esto?
—Siéntate.
Se sentó en la silla de al lado. Yo le puse el portátil delante y giré la pantalla.
—Son catorce páginas. Empecé a escribirlo hace veintidós meses, en un tren. Está en la versión seis y no lo ha leído nadie.
—¿Nadie?
—Nadie.
—¿Ni Elena?
—Ni Elena.
—¿Y de qué va?
—De montar dentro de mi firma una unidad que asesore reestructuraciones incorporando a los que no están en la sala.
—¿Quiénes no están en la sala?
—Los trabajadores. Los proveedores pequeños.
A veces un ayuntamiento. A veces media comarca.
—Señalé la pantalla—. Ahora mismo, cuando cae una empresa de trescientos empleados, en la mesa hay cuatro bancos, un fondo, un administrador concursal y un juez.
Los trescientos se enteran por la prensa un martes.
Y les afecta más que a nadie de los que están sentados.
—¿Y tú qué propones?
—Que estén. Con voz, no con voto. Con información real y con plazos. Y sostengo que además sale más barato, porque la mitad de los pleitos posteriores nacen de que la gente se enteró tarde.
—¿Y por qué no lo has mandado?
—Porque la sección cuarta no funciona.
Abrí por la página nueve.
—Aquí es donde tengo que probar lo segundo.
Que un proceso participado reduce la litigiosidad posterior y por tanto el coste total.
Tengo tres casos. Uno de ellos es mío y por tanto no vale como prueba.
—Cerré esa página—. Con tres casos no se demuestra nada.
Con tres casos, un socio de sesenta años me dice «interesante» y no vuelve a leer un correo mío en un año.
Él leyó un rato. Movió los labios en un párrafo, como hace, y volvió atrás una vez.
—Yo esto no lo entiendo entero —dijo.
—No hace falta.
—Pero entiendo la primera página. —Se echó atrás en la silla—. Es lo que estás haciendo en mi club.
—Es parecido.
—No es parecido. Es lo mismo. —Se giró hacia mí—. Aitana, esto que estás haciendo con las peñas, y con la asociación, y con lo de que uno pone veinte euros y vale un voto, y con lo del referéndum. Esto es la página uno.
—Sí.
—Pues ya tienes el cuarto caso.
—Todavía no. Puede salir mal.
—Ya. —Se encogió de hombros—. Pues entonces tienes el cuarto caso, o tienes el capítulo de por qué sale mal, que también sirve. Yo he aprendido más de las dos veces que he bajado que de todo lo demás.
Me quedé mirando la pantalla.
Llevaba veintidós meses sin enseñarle aquello a nadie porque la sección cuarta no estaba terminada.
Y un hombre que no sabe leer un balance acababa de decirme, en catorce segundos y sin pensarlo, que un documento sin terminar también se puede enseñar.
—¿Puedo decirte una cosa? —dije.
—Dime.
—Estoy segura de que en algún momento me vas a hacer algo que no voy a poder perdonarte fácilmente. No sé qué, no va a ser esta noche y no lo voy a llevar bien.
Se quedó muy quieto.
—Vale.
—Y quiero que sepas que sé que va a pasar, para que el día que pase no me digas que no te avisé.
—¿Me estás avisando o te estás avisando?
Y no le contesté, porque no lo sabía.
Cerró el portátil, despacio, sin apagarlo, y lo dejó donde estaba.
Se fue a las dos menos veinte. Cogió el móvil del recibidor sin mirarlo y se lo metió en el bolsillo.
—Aitana.
—Dime.
—Mañana traigo el arroz otra vez.
—Mañana lo mides.
—Mañana lo hago bien sin medirlo, que es distinto.
—Eso es exactamente la misma frase de antes.
—Sí. —Abrió la puerta—. Es que sigo teniendo razón.