14. Dos años por cinco
Elena me llamó a la una menos veinte. Yo estaba en el coche, en la planta menos dos del estadio, con el motor en marcha por el aire acondicionado y una cobertura de una raya.
—Once de once presentes —dijo—. Eso primero, porque significa que se lo han tomado en serio, y los tres que estaban fuera se han conectado desde donde estaban.
—Vale.
—Segundo: confirman el apartamiento cautelar y lo convierten en definitivo mientras dure el mandato. Traspaso, condiciones personales del jugador y portavocía pública. Ahí no vuelves.
—¿Portavocía?
—Ninguna comparecencia, ninguna declaración, ningún plató, ninguna entrevista y ninguna cita tuya en una nota del club. Todo lo público lo lleva el club o lo llevo yo.
—De acuerdo.
—Tercero: sigues como directora del mandato en capital, gobernanza, banca y estructura asociativa. Sin cambios, sin supervisión adicional y sin que se te asigne un socio de seguimiento, que es lo que pedían dos. Y eso lo he peleado yo y lo han votado ocho a tres.
—Gracias.
—No me las des todavía. —Un silencio corto—. Y cuarto. Tu candidatura a socia se aplaza dos convocatorias. Es decir, dos años.
Bajé el aire acondicionado, porque no se oía bien y porque hay que hacer algo con las manos.
—¿Motivación?
—«Apariencia de conflicto en un mandato de alta exposición pública durante el periodo de evaluación». Es literal. Lo tienes en el acta esta tarde.
—Apariencia.
—Apariencia.
—Es decir, que lo declaré en siete horas, que no he firmado ni un papel de ese asunto desde entonces, que certifica una firma externa, que sigo llevando el mandato porque nadie más se lo sabe. Y me cuesta dos años porque parece.
—Sí.
—¿Alguien ha dicho eso en voz alta en la reunión?
—Lo he dicho yo. Y me han dado la razón ocho de once, y luego han votado que sí igual.
—Ya.
—Aitana, ¿estás en el coche?
—Sí.
—¿Estás bien?
—Estoy en un aparcamiento a treinta y cinco grados con una raya de cobertura. —Me salió una cosa parecida a una risa—. Estoy perfectamente.
—Te llamo esta noche.
—No hace falta.
—Te llamo igual.
Colgó y me quedé sentada con el teléfono en la mano.
Dos años.
No es una multa. La gente lo entiende como una multa porque no conoce el oficio.
Lo que significa es que a los cuarenta y uno, cuando esto vuelva a estar sobre la mesa, habrá dos personas de la generación siguiente con los mismos años de despacho, con menos operaciones y con una cosa que yo no voy a tener: un historial sin la palabra apariencia dentro.
Y que en 2029 el que lleve el comité no habrá visto nada de esto. Habrá visto una línea.
Estuve así unos minutos, con el motor encendido, y después hice lo que hago, que es abrir el ordenador.
El correo de Irene Ward entró a las 13:47, es decir, veintiséis minutos después de que me colgara Elena.
No tenía nada que ver. No lo sabía. Nadie de fuera de Arista lo sabía todavía. He comprobado esa hora cuatro veces desde entonces porque durante un tiempo necesité asegurarme de que no había ninguna relación entre las dos cosas.
Era corto.
Aitana: mi comité ha revisado la operación.
Estaríamos dispuestos a estudiar una posición minoritaria en lugar del 51 %, con explotación comercial internacional durante cinco años y un 10 % del crecimiento sobre base acordada, si recibimos una estructura de capital creíble antes del miércoles 5 a medianoche.
Después de esa fecha el expediente vuelve al comité con la propuesta original. Un saludo, Irene.
Lo leí tres veces.
Y a la tercera vi lo que había debajo, que no estaba en el correo.
Si Northbridge acepta ser minoría, entonces no hace falta que nadie entregue el control.
Y si no hace falta entregar el control, entonces la pregunta deja de ser cuánto dinero falta y pasa a ser cómo se reparte lo que hay.
Abrí una hoja nueva y estuve dos horas y cuarto en aquel coche, con el motor encendido, en la planta menos dos, sin salir ni una vez.
Sale.
Lo primero que hice fue el reparto. Northbridge veintinueve. La asociación veintiséis. Los actuales cuarenta y cinco.
Con nueve coma siete de la asociación y unos diez y pico de ellos, los veinte millones de fondos propios se cubren con margen escaso pero se cubren.
Con veintiséis, la asociación pasa del veinticinco por ciento.
Ese umbral es el que activa la autorización previa del Consejo Superior de Deportes, y es también, si en la junta se aprueban las materias reservadas al setenta y cinco, el que convierte a la asociación en minoría de bloqueo.
Escudo, colores, nombre, estadio y cantera quedan fuera del alcance de cualquiera, incluidos ellos.
Y Sonia, diluida, se queda con algo más del treinta y sigue siendo la primera accionista, que es la única forma de que vote a favor de su propia dilución.
Lo escribí con tres colores en un cuaderno de cuadros que tenía en la guantera, con las cifras a mano, porque no me fiaba de mí en una hoja de cálculo con esa cobertura y porque hay cosas que solo se piensan bien escribiéndolas despacio.
Y luego, en la página siguiente, hice la otra lista.
Los huecos.
Uno: el Consejo Superior de Deportes tiene que autorizar previamente a cualquiera que pase del veinticinco. Dos autorizaciones distintas, la de ellos y la de la asociación, y yo no sé cuánto tardan en agosto porque nunca lo he necesitado en agosto.
Dos: un aumento de capital con exclusión del derecho de suscripción preferente necesita informe del consejo, informe de un experto independiente sobre el valor razonable, y trescientos veinte accionistas con derecho a impugnarlo.
Mauro Ferrés me lo dijo el once de julio en una junta y otra vez el trece en una sala, y yo lo apunté las dos veces.
Tres: la asociación tiene cinco coma dos verificados y necesita nueve coma siete. Cuatro coma cinco millones en dos semanas y media, con cuarenta y una asambleas que todavía no han empezado.
Cuatro: LaLiga tiene que validar el margen, y la ampliación no inscribe a nadie por sí sola.
Cinco: el suelo de la cláusula de descenso sigue sin contestar por Cepeda desde el veintidós de julio, y sin ese suelo yo no puedo recomendar nada a nadie.
Miré la hoja de los huecos y la hoja del reparto, una al lado de la otra, encima del asiento del copiloto.
Eran las cuatro y diez de la tarde del lunes. Quedaban dos días y ocho horas.
Empecé a escribirle a Sonia.
Llegué a: «Sonia: existe una posibilidad que».
Y me paré, porque lo siguiente que iba a escribir era «que todavía no sé si es posible».
Y porque cuando llevas doce años haciendo esto sabes exactamente lo que pasa cuando le enseñas a un propietario desesperado un reparto de porcentajes escrito a mano en un cuaderno: que a las siete de la tarde lo sabe el consejo, que a las nueve lo sabe alguien que se lo cuenta a un periodista, que a las once está en una radio con la palabra «acuerdo», y que el martes por la mañana Irene Ward, que es muy buena, se sienta a negociar contra su propia oferta filtrada y con dos puntos de ventaja.
Cerré el correo sin guardarlo en borradores.
Llamé a Candela a las cuatro y media. Comunicaba.
Volvió a llamarme a las siete y cuarenta, cuando yo estaba con los formularios de tres peñas, y hablamos veinte minutos: de la aportación colectiva internacional, de un problema con dos ingresos de Colombia y de que Reyes, el de la carpintería, había dicho que sí a los cincuenta mil.
No se lo dije.
Le dije: «¿tú crees que llegamos a nueve coma siete?». Y ella dijo: «con las cuarenta y una, y si me dejas hacerlo a mi manera, sí». Y yo dije «bien».
Y eso también era verdad.
El martes 4 fue el día de Quorum, y eso me vino, tengo que decirlo, muy bien.
Pilar tardó seis horas en depurar lo que la campaña llevaba dos días anunciando como siete coma uno millones.
—Seis coma dos verificados —dijo—. Trescientos mil depositados, pendientes de control de origen. Seiscientos mil reservados, que no son nada.
—¿Qué ha caído?
—Novecientos mil. —Fue leyendo de su carpeta—. Cuatrocientos veinte mil de una plataforma de recogida que no identifica al ordenante. El dinero existe y está en una cuenta. No sé de quién es.
—¿Y no se puede preguntar?
—Se puede preguntar y he preguntado. Dos tercios han vuelto a hacerlo bien esta semana. El tercio restante no contesta a los correos, que es exactamente lo que hace la gente en agosto.
—Siga.
—Doscientos diez mil de aportaciones duplicadas. La misma persona en el formulario y en una mesa del estadio, porque no le llegó el correo de confirmación y pensó que no había funcionado. Doscientas y pico personas. Eso es un problema de diseño y ya está resuelto desde el sábado.
—¿Y el resto?
—Ochenta y cuatro mil de una empresa que ha puesto el dinero y no ha aportado la titularidad real. Cuarenta mil en transferencias devueltas. —Levantó la vista—. Y ciento sesenta mil de menores.
—¿Menores?
—Ciento sesenta mil euros de chavales de entre catorce y diecisiete años. Doscientas y pico personas. —Cerró la carpeta—. Ese dinero no lo puedo certificar y usted no lo puede coger.
—Ya lo sé.
—Y le voy a decir una cosa que no es de mi competencia. Habría que escribirles. A los doscientos y pico. Explicándoles por qué se les devuelve. Porque si no, van a pensar que su dinero no valía.
—Lo escribo yo esta noche.
Me pasé el martes entero con eso, que era exactamente el trabajo que me tocaba hacer, y me acosté a las dos de la mañana con la sensación limpia de haber tenido un día completo y útil.
En la mesilla, el cuaderno con los tres colores estaba boca abajo.
El miércoles 5 fue el día.
Me levanté a las seis y media. Corrí cuarenta minutos por el paseo, sin música, y volví por la calle Herreros porque es el camino corto, y a las siete y veinte pasé por delante de un bar cerrado con una foto de un equipo de 1987 en la pared.
Trabajé toda la mañana en el expediente del Consejo Superior de Deportes, que hay que presentarlo igual, se llame como se llame el que ponga el resto del dinero.
A las doce y cuarto abrí el borrador.
Estaba en «Borradores», con la dirección de Irene en el destinatario y el asunto puesto: «Estructura preliminar — 29/26/45».
Tenía cuatro párrafos escritos. Los había escrito el lunes por la noche, en el hotel, entre las once y las doce y media.
Los leí.
Eran buenos. Eran claros. El primero explicaba el reparto en cuatro líneas. El segundo, por qué el veintiséis y no el veinticinco. El tercero era el de las autorizaciones y los derechos de suscripción.
Y en el tercero, donde tenía que ir la parte que a ella le iba a interesar de verdad, había una frase que decía:
«Pendiente de confirmar plazos administrativos y viabilidad del acuerdo con minoritarios».
Pendiente de confirmar.
En un correo a un fondo que negocia clubes desde hace once años y que tiene un equipo de tres abogados leyendo lo que les llega.
Le enseñas eso a Irene Ward el miércoles y el jueves te está negociando sobre los huecos que le has enumerado tú, por escrito, y firmados.
Miré el reloj de la esquina de la pantalla. Las doce y dieciocho.
Y me oí, dentro de la cabeza, empezar a redactar el párrafo con el que defendería esto más adelante, si algún día hiciera falta defenderlo:
«La estructura no se comunicó dentro de la ventana por no encontrarse suficientemente cerrada la parte societaria y regulatoria, lo que habría comprometido la posición negociadora del club.»
Sonaba impecable.
He escrito frases como esa toda mi vida y siempre he sabido cuándo eran verdad. Aquella lo era. Todo lo que decía era cierto y cualquier profesional de mi oficio la habría firmado.
No es la primera vez que enseño un documento sin terminar.
Cerré el portátil.
Trabajé toda la tarde. A las cinco tuve una llamada con Candela sobre la primera asamblea.
A las siete, una con el abogado del expediente del CSD, cuarenta minutos, sobre titularidad real.
A las nueve cené una ensalada en la habitación y escribí las cartas a los doscientos y pico chavales, una plantilla y un párrafo personalizado por tramo de edad.
A las diez y cuarto me escribió Álex:
«¿Estás bien? Llevas dos días raros.»
Le contesté:
«Día largo. Quorum ha tirado 900.000, de los cuales 160.000 eran de menores de edad. Estoy escribiéndoles una carta. Mañana te cuento.»
Que era verdad, y que además era exactamente el tipo de cosa que se cuenta para que el otro no siga preguntando.
A las once y media abrí otra vez el borrador y lo miré cuarenta segundos.
A las doce menos cuarto lo volví a abrir.
A las doce y cuatro minutos, es decir, cuatro minutos tarde, lo cerré sin enviarlo y apagué el ordenador.
Me acosté y no dormí especialmente mal, que es lo que más me ha costado contarme después.
El correo de Irene entró el jueves a las 8:41.
Aitana: entiendo que no ha habido estructura dentro del plazo. Sin problema; no todo llega a tiempo en agosto y menos con lo que tienen ustedes encima.
Le confirmo que la vía minoritaria sigue abierta, con condiciones actualizadas: explotación comercial internacional durante siete años y 12 % del crecimiento sobre base acordada.
Mi comité entiende que el riesgo del calendario ha aumentado y lo ha repreciado en consecuencia.
Es una decisión de comité y no la voy a poder mover, y le pido que no me lo intente porque me haría perder el tiempo a mí y a usted.
Sigo pensando que ustedes y nosotros vamos a acabar en la misma sala. Un saludo, Irene.
Dos años.
Siete años y doce por ciento.
Los leí sentada en la cama del hotel, a las nueve menos veinte de la mañana, con el desayuno sin tocar en la bandeja y el aire acondicionado haciendo ese ruido que hacen los aires de los hoteles.
Después me duché, me vestí, cogí el coche y me fui al estadio, donde a las once tenía reunión con Candela y con Santi para preparar las cuarenta y una asambleas.
Llegué puntual.
Trabajamos cuatro horas y salió bien. Cerramos el calendario, el guion de las asambleas, el reparto de las peñas por zonas y el material impreso.
Candela dijo dos veces que aquello podía funcionar.
No se lo dije a nadie.