13. Doctora Cifuentes
Estuve un minuto escribiéndole y lo borré.
Lo que había escrito era: «¿Y si lo dejamos aquí?».
Y lo borré porque cuando lo leí entero me di cuenta de que no se lo estaba preguntando. Se lo estaba diciendo. Que es lo que ella acababa de negarse a hacer conmigo dos horas antes. En un muro. Sobre una cosa que le costaba a ella y no a mí.
Así que no contesté nada, que también fue una manera de contestar.
Y me pasé el viernes por la noche haciendo una cosa que no le he contado a nadie.
Contando el hashtag.
Doce días. Cuatrocientas y pico mil publicaciones.
Yo lo compartí una vez, con cuatro palabras, y cuando lo compartí tenía cinco mil.
Se puede borrar un retuit. Lo borré el catorce de julio, a las once de la mañana, después de que Santi me llamara para decirme que Candela había preguntado por él. No sirvió absolutamente de nada, porque a esas alturas ya lo decía la radio, lo decía la tele y lo decía la gente en la calle.
Esa misma mañana, en el mercado, un tío de la parada del pescado me saludó desde detrás del mostrador. «¡Ánimo con la empollona!», y una carcajada. Y se rieron las cuatro personas de la cola.
Un apodo no se retira. Se puede dejar de decir. Es todo lo que se puede hacer con un apodo y es muy poco.
La rueda de prensa del acuerdo con Marenzo fue el domingo a la una, en la sala grande. El logotipo nuevo montado en el fondo azul. Un cartel con la palabra RESERVA TU SITIO. Y treinta y tantos periodistas, que en agosto son muchos.
Estábamos Sonia, Lola Quintana, Santi y yo en la mesa.
Ella no. Ella estaba de pie al fondo, a la izquierda, junto a la puerta, con Rubén y con una carpeta. De eso no la habían apartado.
Yo la vi al entrar y no volví a mirarla.
Las primeras seis preguntas fueron sobre el penalti. En una rueda de prensa de un acuerdo de cuatro millones y medio. Es aproximadamente lo que uno espera de este oficio.
La séptima fue sobre si esos cuatro y medio servían para inscribir a los fichajes. La contestó Sonia y la contestó mal. Dijo «estamos trabajando en ello», que es lo que se dice cuando la respuesta es no.
La octava fue de un tipo de una radio de las de la noche.
Se levantó, se presentó con nombre y emisora, y sonrió antes de preguntar, que es lo que hacen cuando la pregunta no es la que dicen.
—Álex, una curiosidad. ¿Cómo es trabajar día a día con la empollona?
Se rieron tres. No todos. Tres, y uno de ellos era de la propia casa.
Y yo tardé en contestar lo que se tarda en decidir un pase, que es nada.
—Con la doctora Cifuentes se trabaja muy bien.
—Bueno, es un cariño, ¿eh?, lo del apodo. Se lo ha puesto la gente.
—Ya. —Le sostuve la mirada—. Se lo puso un programa y lo compartí yo, así que si hay que repartir culpas, la mía es la primera.
Me acerqué un poco al micro.
—Llevo doce días siendo el crack, que es un apodo que me pusieron a los veinte y con el que se me llena la boca. Ella lleva doce días siendo la empollona, que es lo que se le llama a una niña de catorce años en un patio de colegio cuando estudia más que los demás.
Nadie dijo nada.
—Tiene treinta y ocho años, un doctorado en Economía y está haciendo el trabajo más difícil de esta casa. Se llama doctora Cifuentes. Yo la voy a llamar así a partir de ahora y no le voy a pedir a nadie que lo haga.
Nadie aplaudió, gracias a Dios.
El periodista dijo «tomo nota» con la cara de quien no toma nota, y la novena pregunta fue otra vez sobre el penalti.
No la miré ni una vez. Eso lo tenía decidido antes de entrar.
No lo hice para que me viera. Lo hice porque el catorce de julio yo tenía cinco mil publicaciones en la mano y le di a compartir sin pensar.
Y con eso solo se pueden hacer dos o tres cosas. Una es dejar de decirlo en voz alta en la sala más grande a la que tengo acceso.
Después, ella no me dio las gracias.
En tres semanas no lo ha mencionado ni una vez. Y me pareció bien, porque si me lo hubiera agradecido, lo que yo había hecho se habría convertido en un favor, y no lo era.
Salir de esa sala es un pasillo de veinte metros con una puerta de metro veinte al final.
Salimos todos a la vez. Cuatro cámaras con trípode. Treinta periodistas. La gente de Marenzo. Dos de seguridad. Un chico con dos cajas de dosieres. Y una señora de la limpieza con un carro que llevaba media hora esperando a que termináramos.
En el pasillo, la gente empuja. No con mala idea. Empuja porque hay una puerta estrecha, todo el mundo tiene prisa y es domingo a las dos de la tarde en agosto.
Ella iba delante de mí, con la carpeta contra el pecho, y un cámara le dio con la pata del trípode en el hombro y ni se enteró.
Me acerqué y me incliné un poco.
—¿Te importa?
Giró la cabeza lo justo.
—No.
Le puse la mano en la espalda, entre los omóplatos. Fuimos así los últimos siete u ocho metros, apartando a la gente con el hombro, hasta que se abrió el pasillo en el vestíbulo.
Y ahí la quité.
La quité medio segundo después de que hiciera falta.
No un segundo: medio. Lo sé porque lo noté mientras pasaba. Y ella también lo notó, porque siguió andando exactamente igual y no dijo nada.
Y hay maneras de no decir nada que no se parecen a las otras.
Hablamos esa tarde en el aparcamiento subterráneo del estadio, en el coche de ella. Motor apagado y ventanillas medio bajadas. En un aparcamiento subterráneo en agosto o bajas las ventanillas o te mueres.
Empecé yo, y empecé mal.
—Lo dejamos.
—¿Perdón?
—Que lo dejemos. —Miré al frente, al muro de hormigón—.
Te ha costado dos asuntos y un expediente y todavía no sabes lo que te va a costar de verdad.
Y no ha pasado nada. Un beso. Yo lo dejo aquí y tú mañana llamas a tu jefa y le dices que aquello fue un momento raro después de una noche de mierda, y se acabó.
No contestó enseguida.
—¿Eso es lo que quieres?
—Es lo que te conviene.
—No te he preguntado eso.
—Aitana.
—Álex, mírame un segundo.
Me giré.
—Anoche, en el muro, yo te dije que había pensado lo que iba a hacer antes de hacerlo. ¿Te acuerdas?
—Sí.
—Lo dije para que supieras que no me estaba pasando algo, sino que estaba haciendo algo.
Es una diferencia que a mí me importa mucho y que a casi nadie le importa nada.
—Puso la mano en el volante—. Y ahora tú vienes con una decisión ya tomada sobre las dos, y me la traes hecha, y me la traes envuelta en que es por mi bien.
—Es que es por tu bien.
—Puede ser. Yo no lo sé y tú tampoco. —Ni una subida de tono—. Lo que sé es que lo has decidido solo. Eso ya me lo han hecho antes, y me lo hicieron por mi bien, y no lo voy a volver a aceptar de nadie mientras me quede algo de dignidad.
Me quedé callado.
—Vale —dije—. Perdona.
—No hace falta que pidas perdón. Hace falta que preguntes.
—¿Qué quieres hacer tú?
—Quiero probar. —Lo dijo como se dice un dato—. Y quiero que lo hagamos con unas reglas, y quiero decirlas ahora y no dentro de tres semanas, porque las reglas que se dicen tarde ya son un reproche.
Sacó el móvil y abrió una nota.
Las tenía escritas. Las había escrito antes de bajar al aparcamiento.
—Fotografías. No hay ninguna. No nos hacemos ninguna y no salimos juntos a ningún sitio en el que se nos pueda hacer una. No es por el escándalo; es porque una foto la interpreta cualquiera y no se puede desmentir.
—Vale.
—Trabajo. En una sala con terceros, todo igual que la semana pasada. Yo te sigo corrigiendo en público cuando haya que corregirte, y tú no me defiendes en público. Nunca. Si alguien me ataca en una reunión, tú te callas.
—Eso me va a costar.
—Ya lo sé. Es la que más te va a costar y por eso la digo la segunda y no la última.
—¿Y si te atacan mal?
—Sobre todo si me atacan mal. —Me miró—. Álex, el día que tú me defiendas en una sala, yo dejo de ser la asesora y paso a ser tu asesora. Esa es toda la diferencia y vale veinte millones.
—Vale.
—Familia. No conozco a tu madre como nada. Voy a su bar si hay una recaudación y no voy si no la hay.
—Eso es una tontería.
—Eso es lo que se hace cuando el asunto todavía puede terminar mal, para que no termine mal para una señora de sesenta y tres años que no ha decidido nada de esto.
Se me quedó dentro un rato esa frase.
—Cuatro. Nada de mensajes en horario de reunión y nada de correos. Lo que tengamos que decirnos, en persona o por teléfono.
—¿Por qué?
—Porque un correo se reenvía.
—Vale.
—Cinco. Si esto te empieza a hacer jugar peor, se acaba. No lo discutimos: se acaba. Y lo digo yo antes que tú porque tú no lo vas a decir nunca.
—Eso no…
—Cinco —repitió.
—Vale.
—Y la última. —Bajó el móvil y me miró—. Esto es privado hasta que deje de serlo. Y cuando deje de serlo, si es que deja de serlo, lo contamos juntos. No va uno delante. Ni tú ni yo. Nadie sale a hablar de esto solo, ni para defender al otro.
—Eso es fácil.
—No es fácil. —Guardó el móvil—. Es lo único de esta lista que no depende de que nos portemos bien. Las otras cinco dependen de que uno quiera. Esta depende de que un día uno de los dos tenga prisa.
Nos quedamos un momento en silencio, con el motor apagado, en un aparcamiento a treinta y un grados.
—Vale.
—¿Vale de vale?
—Vale de que sí. —Me eché hacia atrás en el asiento—. Y una cosa mía.
—Dime.
—Si algo de esto te empieza a costar más de lo que vale, me lo dices. No lo decides sola y me lo traes hecho.
Se quedó mirando el parabrisas bastante rato.
—Eso es justo —dijo.
—Es tu propia regla.
—Ya lo sé. Es que da rabia oírla.
Nos quedamos ahí un rato más sin decir nada y sin tocarnos. Seis normas escritas en una nota del móvil. Y el ruido de un coche subiendo por la rampa, a lo lejos.
A los veinticinco no me habría creído lo que voy a pensar ahora, que es que fue la conversación más caliente de mi vida.
—Me tengo que ir —dijo.
—Ya.
—Álex.
—Dime.
—Lo de la rueda de prensa. —Puso la mano en la llave—. No te lo voy a agradecer.
—Ya lo sé.
—Sé que lo sabes. Te lo digo para que sepas que sé que lo has hecho.
Arrancó, y yo salí del coche y subí por la rampa andando, en agosto, cuarenta metros de cuesta, porque no me apetecía coger el ascensor con nadie.