La empollona y el crack 12. La mañana siguiente
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12. La mañana siguiente

Yo tenía cuatro motivos para estar allí y ninguno era el fútbol.

El primero era que a las nueve y cinco Marenzo iba a anunciar el acuerdo desde la megafonía y en las pantallas, porque la exclusiva del anuncio era suya, la habían pagado y habían elegido la fecha.

El segundo era que Candela tenía diez mesas y cuatro impresoras, dos de ellas alquiladas.

El tercero era que Sonia quería verme a las siete y media para hablar de Northbridge, cosa que hicimos durante veinte minutos en su despacho con la puerta cerrada y sin llegar a ninguna conclusión, que es lo que suele pasar cuando la conclusión es cara.

Y el cuarto era que había veintitantos mil espectadores y a mí las multitudes no me gustan, pero sé lo que valen.

La presentación de la plantilla la hicieron a las ocho y media, con el estadio a tres cuartos y el sol todavía dando en la grada de poniente.

Fueron saliendo por orden de dorsal, uno a uno, por el túnel, con un locutor que decía el nombre alargando la última sílaba.

Primero los porteros. Luego los de siempre. A Bartra lo aplaudieron mucho, porque llevaba nueve años. A Toni lo aplaudieron más.

Y a Nico Rey lo aplaudieron más que a nadie salvo al capitán, lo cual, doce días después de que cien personas lo silbaran en un rondo, dice bastante sobre la memoria de una grada y no dice nada bueno sobre nadie en particular.

Y después, en cuarto lugar, salieron los cuatro fichajes.

Los presentaron con nombre, apellido, procedencia y una fotografía en la pantalla con el escudo del club anterior en una esquina. Salieron con el chándal de paseo, saludaron levantando una mano cada uno, se colocaron en fila y se hicieron la foto con la camiseta estirada entre los cuatro.

El estadio se puso en pie.

El central rumano, que había llegado el nueve de julio y tiene veintidós años, señaló hacia el fondo sur con las dos manos y el fondo sur le contestó.

Yo estaba en la tribuna de autoridades, tres filas por detrás de Sonia, y era la única persona en veintitrés mil que sabía con seguridad que aquellos cuatro hombres iban a ver el primer partido de liga desde la grada, con una camiseta que no podían llevar puesta a un campo.

Eso no lo sabía la grada.

Y no lo sabían, según me dijo Santi al día siguiente, ni dos de ellos.

Se lo dije en el descanso.

—Habría que haberlo contado antes de presentarlos.

—Aitana, si lo contamos antes, no viene nadie.

—Han venido veintitrés mil personas a una presentación. Habrían venido igual.

—Habrían venido con otra cara.

—Si no lo contamos, en dos semanas todo el mundo se entera de golpe y con peor cara todavía.

—Ya. —Se frotó los ojos—. Es que en esta casa nunca hay un momento bueno para nada.

A las nueve y cinco, con el partido en el minuto veinte y sin goles, se apagaron las pantallas.

Salió el logotipo de Marenzo con una animación de cuatro segundos y una voz grabada anunció el acuerdo de patrocinio con un tono que Lola Quintana debía de haber elegido personalmente, porque era el tono con el que se anuncian las cosas que salen bien.

Cuatro millones y medio de euros aplaudidos por veintitrés mil personas que llevaban una semana leyendo que el club se hundía.

Fue el momento más alto de la noche y quedaban setenta minutos.

Nos marcaron en el sesenta y dos, con un contragolpe de manual: pérdida en el medio, tres pases y un centro raso al segundo palo.

El estadio se quedó en ese silencio de amistoso que es más incómodo que el de las derrotas de verdad, porque en un amistoso nadie sabe si tiene derecho a enfadarse.

En el setenta y cinco, Álex tuvo una que sacó el portero con el pie.

El penalti fue en el ochenta y uno.

Lo hicieron sobre Nico, dentro del área, cuando ya se iba. No hubo ninguna duda: el árbitro lo pitó sin dudar y ni siquiera protestaron.

Yo estaba mirando el banquillo cuando lo pitaron y por eso vi lo que vi.

Nico cogió el balón. Lo tenía en las manos, se lo puso debajo del brazo y empezó a andar hacia el punto.

Y Álex fue hacia él, le puso una mano en el hombro y le dijo algo, tres o cuatro palabras, con la cabeza cerca.

Y Nico se lo dio.

No se lo quitó. Se lo dio, y se dio la vuelta, y se fue al borde del área a esperar como los demás.

Y yo no sé si eso es peor.

Lo lanzó al lado derecho del portero, a media altura, con el interior del pie izquierdo, y el portero la sacó con la mano izquierda sin tener que estirarse mucho.

El rechace se lo llevó un defensa.

Perdimos cero a uno.

A la salida no lo silbaron.

Hubo una parte del fondo que empezó y se apagó sola en cuatro segundos, que es lo que tarda una grada en acordarse de que ese tío lleva tres semanas pidiendo por la ciudad que salven el club y de que hay mesas de la asociación en las cuatro puertas.

A las once y media, en la sala pequeña, Candela y yo cuadramos el cierre de las mesas.

Setenta y un mil euros en una noche. De ellos, cincuenta y ocho mil en transferencia inmediata desde la propia mesa y el resto fraccionado a tres meses, que era la fórmula que habíamos diseñado el veinte de julio en una silla de plástico.

—Setenta y un mil —dijo Candela—. En una noche que hemos perdido.

—En una noche en la que hemos perdido y en la que ha fallado un penalti el capitán.

—Eso es lo que le voy a decir mañana a la de Vigo, que dice que la gente no va a poner nada si el equipo va mal.

A la una menos veinte yo seguía en el aparcamiento porque me había quedado a mandar las cifras a Pilar.

Cuando salí, él estaba sentado en el muro del paseo, a cien metros de la puerta de jugadores, solo, con la bolsa a los pies y el pelo todavía mojado.

Podía haberme metido en el coche. El coche estaba a treinta metros y en la dirección contraria.

—Capitán.

—Doctora.

—¿Qué hace aquí?

—Estoy esperando a que se vaya la gente de la puerta.

—¿Cuánta gente hay?

—Cuarenta o así. Y llevan hora y media.

Me senté en el muro, a un metro. Abajo estaba el agua y no se veía, solo se oía, y olía a lo que huele el puerto de noche.

—Setenta y un mil euros —dije.

—¿Esta noche?

—Esta noche.

—Es la mejor noche que hemos tenido.

—Es la mejor noche que hemos tenido y hemos perdido cero a uno con un penalti fallado. Le va a costar entender a mucha gente que las dos cosas no tienen nada que ver.

Se rio con la nariz.

—¿Por qué lo tiró usted?

Tardó en contestar. Cogió una piedrecita del muro y la tuvo en la mano todo el rato sin hacer nada con ella.

—Porque lo tiro yo.

—Lo tenía Nico en las manos.

—Ya.

—Y usted fue a por él.

—Sí.

—¿Qué le dijo?

—Que ya lo tiraba yo.

—¿Y él?

—Él me lo dio. —Miró al agua—. Él me lo dio y no dijo nada, que es lo que va a hacer a partir de ahora conmigo durante bastante tiempo.

—¿Por qué lo hizo?

Se quedó callado unos segundos, y cuando contestó lo hizo con la voz de quien ha pensado la respuesta antes de que se la pidan.

—Porque si lo mete él, es un chaval que mete un penalti en un amistoso.

Y si lo meto yo, es el capitán que arregla la noche en la que anunciamos el patrocinio, y mañana sale en todos lados, y el sábado hay el doble de cola en las mesas.

—Se encogió de hombros—. Lo pensé así. Con esas palabras. Tardé un segundo y medio.

—Es un razonamiento de comunicación.

—Es exactamente un razonamiento de comunicación, sí.

—Y es correcto.

—Ya lo sé que es correcto. Ese es el problema. —Tiró la piedra al agua, por fin—. Llevo dos semanas diciéndole a todo el mundo que voy a dejar de hacer eso, y luego pito un penalti y hago la cuenta en segundo y medio.

Nos quedamos callados un rato.

Y entonces le sonó el móvil.

Miró la pantalla, dijo «perdona» y contestó, y yo hice el gesto de levantarme y él me hizo el gesto de que no hacía falta, cosa que en aquel momento me pareció cortesía y ahora me parece otra cosa.

Habló treinta y cinco segundos.

Dijo cuatro veces «ya», una vez «sí», una vez «ya lo sé» y una vez «vale, papá».

Después colgó y se guardó el móvil en el bolsillo del pantalón.

—Mi padre —dijo.

—Ya.

—Le pega al lado contrario.

—¿Perdón?

—Que lo he tirado al lado que le gusta a ese portero y que se ve en el vídeo, si te pones a mirarlo. —Lo dijo sin ninguna emoción, como quien repite el parte meteorológico—. Y que se me nota cuando voy a pegarle abajo, porque abro la cadera antes. Lo llevo oyendo desde los diecisiete.

—¿Llama siempre?

—Después de los partidos malos. Los buenos no.

—¿Nunca?

—Nunca. —Se pasó las manos por la cara—. Bueno, sí. En 2019, cuando marqué en el Bernabéu, me mandó un mensaje. Ponía «buen movimiento».

Y ahí es donde tengo que ser precisa, porque llevo desde entonces contándomelo bien.

No fue una pérdida de control. Yo no pierdo el control. No hubo un momento en el que dejara de saber quién era él, qué contrato estaba yo negociando, cuánto valía todo eso y qué pasa cuando una asesora de reestructuraciones cruza esa línea.

Fue que un hombre de treinta años, sentado en un muro a la una de la mañana, esperó hora y media a que se fuera la gente de la puerta para que no lo vieran salir después de un penalti fallado, y luego cogió el teléfono a su padre y dijo cuatro veces «ya».

—Álex.

—Dime.

—Voy a hacer una cosa y quiero que sepas que la he pensado.

Se giró.

—Vale.

Y lo besé.

Fue corto. Yo lo empecé y yo lo paré, y lo paré porque en algún punto de esos pocos segundos dejé de estar decidiendo, y eso, en mí, es la señal.

Me eché atrás. Él no se movió hacia mí.

—Vale —dijo otra vez, con la voz un poco más baja.

—No voy a fingir que esto no ha pasado y no voy a pedirte que lo lleves tú.

—No te he pedido nada.

—Ya lo sé. —Me bajé del muro—. Mañana a primera hora se lo cuento a mi despacho.

Se quedó sentado.

—¿Mañana?

—Mañana. A las ocho.

—Aitana. —Se levantó—. Podríamos… no sé. Podríamos esperar una semana y ver si esto es algo.

—No.

—Es que a lo mejor no es nada y te la juegas por nada.

—Si espero a saber si es algo, entonces ya he tenido una semana de relación no declarada mientras negociaba tu traspaso, y eso no lo arregla después ningún correo con fecha. —Cogí las llaves—. No es por ti. Es que yo no puedo permitirme ser una persona que espera a ver.

Asintió despacio.

—¿Y qué te va a pasar?

—No lo sé.

—¿Y si es malo?

—Pues será malo.

Elena Roig me cogió el teléfono a las ocho y dos minutos con el ruido de una cocina detrás.

—Dime.

—Necesito abrir una declaración de conflicto personal en un mandato en curso.

Se hizo el silencio del que se va a otra habitación. Una puerta. Una silla.

—¿Bahía?

—Bahía.

—¿Quién.

—Álex Cuenca.

—Vaya.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde anoche a la una y veinte. Y quiero que conste esa hora, porque no hay nada anterior, porque no va a haber nada que yo no haya contado y porque dentro de tres semanas alguien va a preguntar por esa hora exacta.

Elena no dijo ninguna de las cosas que dice la gente.

No dijo «madre mía». No preguntó si estaba segura. No me preguntó si merecía la pena. No dijo «bueno, tampoco es tan grave», que es lo que dice la gente que quiere que cuelgues pronto.

—Vale. Escúchame el procedimiento y luego hablamos de lo demás.

—Adelante.

—Uno: te abro expediente de conflicto esta mañana con tu declaración escrita, y quiero que la escribas tú y no yo.

Fecha, hora, naturaleza, y una relación de todos los asuntos del mandato en los que él es parte o contraparte.

Eso es bueno para ti, no malo, y dentro de un mes será lo único que te proteja.

—De acuerdo.

—Dos: hasta que el comité se pronuncie, quedas apartada cautelarmente de dos cosas concretas. La negociación del traspaso con el club inglés y cualquier asunto que afecte a las condiciones personales de ese jugador. No firmas, no negocias, no asistes y no recibes copia.

—De acuerdo.

—Tres: sigues en capital, en gobernanza, en banca y en la estructura de la asociación, porque ahí no hay conflicto, porque el certificador es externo y porque no tenemos a nadie más que se lo sepa. Y esto último no lo pongas en el escrito.

—No lo voy a poner.

—Cuatro: se lo comunico a la propiedad hoy. A Sonia Vidal se lo digo yo, no tú.

—Preferiría decírselo yo.

—Ya sé que lo preferirías. Por eso lo hago yo. Si se lo dices tú, es una confesión. Si se lo digo yo, es un procedimiento.

Escribí durante un rato. Ella esperó sin hablar, que es una cosa que hace muy poca gente.

—¿Cuánto tarda el comité?

—Días. No lo sé. Somos once y en agosto tres están fuera, y uno de los tres es el que me suele apoyar en todo.

—Elena.

—Dime.

—¿Qué me va a caer?

Y ahí fue donde no me lo suavizó, y se lo he agradecido después más que nada de lo que ha hecho por mí en nueve años.

—No lo sé y no te voy a mentir. Lo que sí te digo es lo que no va a pasar: no te van a echar y no te van a sacar del mandato, porque lo has declarado en menos de siete horas y porque el que certifica es Quorum. Eso lo defiendo yo y lo gano.

—Vale.

—Y lo que sí puede pasar: que el comité entienda que hay apariencia y que la apariencia también se paga. Tú sabes cómo funciona esto.

—Lo sé.

—Aitana.

—Dime.

—No has hecho nada mal.

—Ya.

—Lo digo porque llevo veinte años viendo a gente hacerlo mal, y hacerlo mal es acostarse con la contraparte y no decírselo a nadie hasta que sale en un periódico. Esto no es eso. —Una pausa muy corta—. Y aun así te lo van a cobrar. Las dos cosas son verdad y las dos las vas a tener que llevar tú.

El resto del viernes trabajé.

Mandé la declaración a las nueve y diez, cuatro páginas, con una relación de once asuntos y una tabla de fechas.

Trabajé en el suelo de la cláusula de descenso, que Cepeda seguía sin contestar desde el miércoles.

Trabajé en la documentación del Consejo Superior de Deportes, que son ciento sesenta páginas y que llevaba tres días atascada en la parte de titularidad real.

Hablé cuarenta minutos con Candela de las cuarenta y una peñas y de un problema con dos ingresos de Colombia. Rechacé una llamada de una radio.

A las siete y cuarto le escribí a él por primera vez desde el muro.

Un mensaje. Lo escribí cuatro veces.

Declarado a las 8:02. Me apartan del traspaso y de tus condiciones personales. Sigo en todo lo demás. No hace falta que contestes nada.

A las siete y veinte apareció «escribiendo». Estuvo así cincuenta y tantos segundos.

Después desapareció.

A las nueve y media seguía sin contestar, y yo llevaba dos horas comprobando el móvil cada vez que hacía cualquier cosa, lo cual es un comportamiento que he visto en otras personas y que siempre me ha parecido una pérdida de tiempo.

Tenía dos respuestas pendientes.

Una la iba a dar un comité de once personas de las que tres estaban de vacaciones.

De la otra no sabía ni qué preguntar.