11. La cesta de Amelia
No abre los lunes. Aquel martes cerró al público a las siete y a las ocho estaba llena.
Habían montado la mesa de la asociación en la terraza, con la impresora y dos chicos de camiseta amarilla, y dentro había cuarenta y tantas personas, tres bandejas de tortilla, dos de croquetas y una cesta de mimbre en una mesa alta junto a la puerta.
Yo llegué a las ocho y diez con la carpeta y me la quitó una mujer de sesenta y tres años que no se presentó.
—El teléfono.
—¿Perdón?
—El teléfono, en la cesta.
—Es que estoy trabajando.
—Todos están trabajando. —Señaló la cesta con la barbilla—. Ahí.
Miré la cesta. Había dentro unos treinta móviles, algunos con la funda del club, uno con una carcasa rosa con purpurina y uno de teclas.
—¿Y si me llaman del banco?
—Le llamarán mañana.
—Puede que sea urgente.
—Señora, aquí dentro hay un hombre que se está muriendo de verdad, que es Paco, y esta mañana su mujer lo ha dejado. Todo lo demás puede esperar a las doce.
Dejé el móvil en la cesta.
Me enteré después de que aquello lleva funcionando desde 2009, que empezó porque su hermana se pasó una comida de Navidad entera mirando el teléfono, y que no tiene absolutamente nada que ver con su hijo, ni con la prensa, ni con nadie.
Se lo pregunté a las once, cuando ya quedaba poca gente, y me contestó sin levantar la vista de la plancha:
—Yo doy de comer. Si vas a mirar el teléfono, míralo en tu casa, que es más barato.
De las tres horas siguientes tengo notas y no las hice yo. Las hizo Candela, y son mejores que las mías.
A las ocho y veinticinco se fue la luz por primera vez, porque la impresora de la terraza y la plancha están en el mismo diferencial. Se descubrió entonces que el diferencial salta desde marzo y que la solución conocida de la casa consiste en apagar la freidora.
A las nueve menos cuarto se descubrió que Amelia Cuenca tenía una tarifa.
Estaba pegada con celo en el espejo de detrás de la barra, escrita a mano con rotulador azul, con una falta y un tachón:
FOTO CON ÁLEX — 10 € FOTO CON ÁLEX Y EL DE AL LADO — 15 € VÍDEO FELICITANDO — 20 € TODO PARA LA ASOCIACIÓN. NO SE ADMITE BIZUM. —Amelia —dijo Candela.
—¿Qué.
—Lo del bizum.
—Que se pongan a la cola.
—Hay una mesa fuera con una impresora, una entidad de pago con licencia y una señora de Quorum que ha venido desde Madrid en tren.
—Y aquí hay un bote de cristal.
Recaudó ciento noventa euros en dos horas, se los dio a Candela en billetes de cinco y de diez y en tres monedas de dos euros, y Candela tuvo que explicarle a Pilar por qué había un ingreso en efectivo de ciento noventa euros sin identificación de aportante.
Pilar explicó que aquello no podía computar de ninguna manera.
Amelia dijo que entonces lo pagaba ella de su bolsillo y lo metía por transferencia con su nombre y su DNI.
Pilar dijo que eso sí.
Amelia dijo «pues ya está», y las dos se quedaron igual de descontentas, que es como se cierran los buenos acuerdos.
A las nueve y veinte me pidieron asesoría gratis por primera vez.
Fue un cuñado. Tenía un problema con una inspección de sanidad en un local de comidas preparadas y quería saber si podía recurrir.
A las nueve y media, un sobrino con una hipoteca a tipo variable y una revisión en octubre.
A las nueve y cuarenta, un hombre que quería montar una sociedad limitada con su hermano y que ya se habían peleado dos veces antes de montarla.
A las diez menos diez, una señora que quería saber si podía dejarle su piso a un nieto sin que se enteraran los otros dos, pregunta a la que contesté que no soy notaria y a la que insistió tres veces con formulaciones distintas, todas fascinantes.
Y a las diez y cuarto, un hombre de unos setenta años se sentó a mi lado, no me pidió nada y me preguntó si el club iba a desaparecer.
Ese no quería asesoría. Ese quería otra cosa.
—No lo sé —le dije.
—Usted lo sabrá.
—Sé lo que hace falta y sé lo que hay. Lo que no sé es si van a aparecer diez millones antes del veinte de agosto.
—Diez millones.
—Diez millones.
Se quedó pensando y luego dijo algo que llevo desde entonces sin poder colocar en ninguna hoja de cálculo.
—Mi padre trabajó en la obra del gol norte. En el sesenta y ocho. —Señaló con la barbilla hacia la pared, aunque el estadio está a trescientos metros y detrás de dos manzanas—. Estuvo once meses. Se le cayó una viga en un pie y cojeó hasta que se murió.
—Vaya.
—Digo yo que algo de eso será mío.
De la fuga de teléfonos hay que contar tres episodios.
El primero fue un chico de unos veinte que fingió que iba al baño y se llevó la cesta entera al pasillo. Le pillaron porque sonó uno. Amelia le hizo devolverla y sacar el suyo delante de ella, «para que se vea que eres tú el que se lo lleva».
El segundo fue un señor mayor que reclamó el suyo alegando que tenía la bomba de insulina conectada a una aplicación, lo cual resultó ser verdad, y a partir de ese momento hubo cuatro personas más que descubrieron que también tenían aplicaciones médicas.
Amelia les dijo que los que tuvieran aplicaciones médicas levantaran la mano.
Levantaron cinco.
—Vosotros dos, sí —dijo—. Los otros tres, a la cesta.
Nadie protestó, y todavía no sé por qué.
Y el tercero fue Paco, el enfermo, que no quería su móvil: quería el de su mujer, que también estaba en la cesta.
—Amelia.
—Paco.
—Que es una tontería. Que hay una cosa que tengo que borrar.
—Pues mañana.
—Amelia, que mañana ya lo ha visto.
—Pues entonces ya lo ha visto, hijo.
Y le puso una cerveza.
Álex estuvo toda la noche detrás de la barra.
No es una manera de hablar: estuvo detrás de la barra, sirviendo, con un trapo en el hombro, poniendo cañas y recogiendo vasos, y no salió de ahí más que para las fotos de la tarifa de su madre.
Yo lo estuve mirando más de lo que pensaba estarlo. Lo pensé así, con esas palabras, hacia las once, cuando ya quedaban veinte personas.
Y lo que vi fue una cosa que no me esperaba, que es lo que cuesta.
Le costaba.
A esa gente la quiere y a esa gente la conoce por el nombre, y a las once y cuarto llevaba siete horas siendo amable de manera continua, sin un solo minuto en el que no hubiera alguien esperando a que se girara.
Un primo le pidió trabajo para un hijo de veintidós años, dos veces, la segunda con más detalle. Otro le pidió entradas para diez personas para la primera jornada. Una mujer le enseñó una radiografía en el móvil, de su marido, y le preguntó si él conocía a algún médico bueno.
Y todos tenían razón en pedírselo, que es lo peor.
Cuando se agachaba a coger hielo de debajo de la barra, se le iba la cara. Duraba lo que duraba agacharse. Cuando se levantaba, volvía.
Yo llevo doce años diciéndole a la gente en salas de reuniones que hay activos que no aparecen en el balance porque no se pueden medir.
Esa noche vi uno amortizándose delante de mí.
A las doce y veinte quedábamos cuatro. Candela se había ido con la impresora y con los formularios en papel. Los dos chicos de amarillo se habían ido antes. Amelia estaba fregando la plancha y no dejó que la ayudáramos.
Nos quedamos él y yo con la caja.
Ciento noventa euros en monedas y billetes pequeños, más el listado de la mesa de fuera, más once formularios en papel de gente que no había querido hacerlo en la tablet, más una hoja con las fotos de la tarifa apuntadas a rayas.
Contamos.
Él contaba en voz alta y yo apuntaba, y luego lo cuadramos con el listado, y no cuadraba por veinte euros.
Estuvimos veinte minutos buscando veinte euros.
Lo miramos todo. Contamos las monedas dos veces. Repasamos las rayas de la hoja de las fotos, que estaban mal hechas y agrupadas de cuatro en cuatro con una cruzada. Miramos debajo de la barra.
Aparecieron dentro de un vaso de plástico en la terraza, doblados en cuatro, con una servilleta encima.
Es una cosa muy tonta. Yo he cuadrado balances de trescientos millones de euros y he estado veinte minutos buscando veinte euros en un bar a las doce y media de la noche.
—Veinte —dijo él, y los puso en la mesa.
—Veinte.
—Ya está.
—Ya está.
Y entonces no dijimos nada durante un rato.
Amelia había apagado la plancha. Se oía el compresor de la nevera, un coche en la calle Herreros y, muy lejos, alguien cerrando una persiana metálica.
Él tenía las dos manos apoyadas en la mesa, a un palmo de las mías, y estaba mirando la caja y no la caja.
—Aitana.
—Dime.
Levantó la cabeza.
Y ya está. Eso fue todo lo que pasó. Levantó la cabeza y yo no aparté la mía, y estuvimos así el tiempo que se tarda en tomar una decisión, que es más corto de lo que la gente cree.
Se inclinó un poco. Muy poco. Lo suficiente para que fuera una pregunta y no un movimiento.
—No —dije.
Se paró donde estaba. No se echó atrás de golpe, que también habría sido feo. Se quedó.
—Vale.
—Espera. —Puse la mano plana sobre la mesa, no sobre la suya—. No es «no». Es que en este momento yo intervengo en un contrato en el que usted es la contraparte. Estoy negociando el precio al que un club inglés puede comprarle y estoy escribiendo el informe que dice si hay que venderle o no.
—Ya.
—Si esto pasa esta noche, mañana por la mañana tengo que contárselo a mi despacho y a Sonia Vidal, y a partir de mañana todo lo que yo diga sobre usted vale la mitad. Y sobre usted tengo que decir cosas muy caras en las próximas tres semanas.
—Ya.
—No es pudor y no es que no quiera. Es que no me puedo permitir ser una persona en la que no se pueda confiar. Es literalmente lo único que vendo.
Se echó hacia atrás, despacio, hasta apoyarse en el respaldo.
No dijo «lo entiendo». No dijo «tienes razón». No dijo «entonces cuando esto acabe», que era lo que yo estaba esperando y contra lo que tenía preparada una respuesta.
—Vale —repitió—. ¿Te llevo el dinero al coche?
—No hace falta.
—Es que son ciento noventa euros en monedas y pesan de verdad.
Lo llevó él.
En la puerta, mientras yo buscaba las llaves, dijo:
—Oye. Una cosa.
—Dime.
—Lo de la cesta. —Señaló hacia dentro con el pulgar—. No es por mí, ¿eh? Lo hace desde antes.
—Ya me lo ha dicho ella.
—Ya. Es que la gente se piensa que es por mí, y no. Es que hasta yo me lo pensé durante un tiempo.
—Álex.
—Dime.
—A mí no me da miedo que me miren. —Encontré las llaves—. Me da miedo enterarme por otro de una cosa que decidí yo.
Se quedó quieto con la caja en las manos.
—Vale.
—Buenas noches.
—Buenas noches, doctora.
Arranqué y en el retrovisor lo vi entrar otra vez en el bar. Por la ventana se veía a su madre secándose las manos en el delantal y diciéndole algo, y a él contestando, y a ella dándole con el trapo en el brazo.
Saqué el móvil de la cesta antes de salir. Tenía nueve llamadas.
Ninguna era urgente.