10. Fuera de casa
El Trofeo Villa de Aranés se juega desde hace cuarenta años en un campo de trece mil localidades a cuatrocientos kilómetros de aquí, y se juega porque el ayuntamiento paga y porque en julio nadie dice que no a que le paguen ciento veinte mil euros por dos partidos.
Yo fui por tres reuniones comerciales y por una cuarta que no estaba en mi agenda.
Las tres primeras fueron el sábado por la mañana, en una sala de un hotel con las cortinas echadas: una empresa de material deportivo que quería el patrocinio de las camisetas de entrenamiento, una plataforma de apuestas a la que despaché en catorce minutos, y una cadena de supermercados regionales que ofrecía poco y en especie.
La cuarta se presentó el sábado a las nueve y diez de la noche, en el bar del hotel, mientras yo esperaba un club sándwich que tardó cuarenta minutos.
—¿Aitana Cifuentes?
—Sí.
—Irene Ward. —Me dio la mano—. Northbridge Sports. Perdone la emboscada. Llevo cuatro días intentando que alguien de esa casa me devuelva un correo y he decidido que era más rápido coger un avión.
Se sentó sin preguntar si podía, que fue lo único descortés que hizo en dos días.
Tenía unos cuarenta y pocos, hablaba un español muy bueno con una construcción rara cada cierto tiempo, y llevaba una carpeta que dejó cerrada sobre la mesa durante toda la conversación.
—No voy a hacerle perder el tiempo con una presentación —dijo—. Usted sabe quiénes somos.
—Sé que tienen participaciones de control en cuatro clubes europeos y minoritarias en dos. Sé que en dos de ellos subieron el abono un cuarenta por ciento en tres años. Y sé que en uno vendieron la ciudad deportiva a un fondo inmobiliario y se la alquilaron al club.
—Cuarenta y cuatro por ciento en uno de ellos.
—Sonrió—. Y lo de la ciudad deportiva es verdad y es de 2019, y desde entonces no lo hemos vuelto a hacer, porque salió mal y porque aprendimos.
En los dos casos hay campo nuevo y no hay deuda.
Las dos cosas son verdad a la vez y la gente elige la que le conviene.
—Sí. Es habitual.
Pidió una tónica y esperó a que se la trajeran, lo cual fue el único momento incómodo, porque el camarero tardó y ninguna de las dos habló.
—Le voy a decir el número ahora, porque odio las reuniones en las que el número llega en el minuto cincuenta y todos fingimos que hemos venido a otra cosa. Dieciocho millones y medio por el cincuenta y uno por ciento.
Hice la cuenta en la cabeza y me salió antes de que terminara de decirlo.
—Eso valora el club en unos treinta y seis.
—Treinta y seis coma tres.
—Es una valoración razonable.
—Es una valoración generosa para una sociedad con sesenta y cuatro millones de deuda y catorce coma dos vencidos en tres semanas, y lo es por tres motivos.
—Levantó tres dedos—. El estadio es propio y está sin cargas.
La cantera produce y tiene reputación. Y la afición de esa ciudad es un activo que ustedes no han monetizado nunca, ni bien ni mal, sino nunca.
—Bebió—. Es generosa y no es caridad. Es lo que estoy dispuesta a defender ante mi comité el jueves.
—¿Y qué hacen con el cincuenta y uno?
—Lo que hacemos siempre.
Y aquí es donde tengo que reconocer que aquella mujer me cayó bien, porque no me lo adornó.
—Dirección profesional. Un director general que ponemos nosotros y un director financiero que ponemos nosotros.
Precios de mercado en entradas y abonos: subiríamos por encima de la inflación durante tres años, con una banda protegida para mayores de sesenta y cinco y para menores de catorce, que es lo que hacemos siempre y lo que nunca cuenta nadie.
Reducción de estructura: entre veinte y treinta personas de las que hoy trabajan en ese club no trabajarían allí en enero.
Y centralización de la explotación comercial, que significa que las decisiones de patrocinio se tomarían en Londres.
—Es usted muy directa.
—Es que no me hace falta mentir. —Dejó el vaso—.
Mire, doctora, yo no vengo a robar nada.
Ese club se hunde en agosto y usted lo sabe mejor que yo, y hay dos maneras de que no se hunda.
Una es que aparezca dinero que no pida nada, y ese dinero no existe: si le dicen que existe, es un préstamo disfrazado, o es alguien que quiere el estadio, o es alguien que quiere lavar algo.
La otra es que alguien pague un precio justo y a cambio mande. Yo soy la segunda.
—Hay una tercera —dije.
—La asociación de aficionados. —Asintió—. Me la he leído entera, incluido el borrador de estatutos que colgaron el jueves. Está bien hecha, y eso es raro, así que doy por hecho que la ha hecho usted y no el chico.
—La ha hecho el chico. Yo la he arreglado.
—Es la misma frase con dos redacciones distintas.
—Cogió la carpeta y no la abrió—. Llegarán a nueve o a diez millones.
Es un resultado extraordinario y no les va a servir, porque necesitan veinte.
Y cuando lleguen a nueve y les falten once, vendrán a verme.
Y ese día yo tendré más razón que hoy y ustedes tendrán menos margen que hoy.
—Por eso ha venido ahora.
—Por eso he venido ahora y no en agosto. Prefiero comprar barato que comprar desesperado. Es más limpio, es más barato y duerme uno mejor.
Se levantó.
—Le dejo el documento. Mañana estaré en el campo.
—¿Va al partido?
—Voy a mirar a su delantero, que es el otro motivo de este viaje. —Se colgó el bolso—. Buenas noches, doctora. Me alegro de que sea usted y no otro. Con otro tardaríamos tres semanas en llegar a donde vamos a llegar el martes.
Leí el documento hasta las dos de la mañana y era exactamente lo que había dicho.
Ni una trampa. Ni una cláusula escondida. Ni una de esas remisiones a un anexo que no existe.
Un plan de negocio a cinco años, bien hecho, con las hipótesis explicitadas y con dos escenarios malos incluidos, en el que este club sobrevivía, pagaba su deuda, se hacía rentable en el ejercicio cuarto y dejaba de ser de esta ciudad.
Lo peor de las buenas ofertas es que son buenas.
El domingo el partido se jugó a las siete de la tarde con treinta y ocho grados y trece mil personas, casi todas de allí.
Yo me senté en la tribuna con Santi, dos filas por detrás de Irene Ward, que tomaba notas en el móvil y que saludó con la cabeza sin girarse del todo, y con el documento de dieciocho millones y medio en el bolso, debajo del asiento.
Los primeros treinta minutos fueron un partido de julio en el que no pasó nada, salvo que un lateral nuestro de veinte años tuvo que salir por calambres.
Sé exactamente en qué minuto pasó lo otro porque lo he mirado después. Minuto treinta y uno.
Álex bajó a recibir al círculo central, de espaldas, con un jugador pegado. Le entró un chico por detrás.
No le entró al balón. Le entró a la pierna de apoyo, con el pie por delante, con el tobillo doblado hacia dentro, y el sonido llegó a la tribuna medio segundo después que la imagen, que es una cosa que yo no sabía que pasaba.
Se quedó en el suelo boca abajo y no se movió.
El árbitro sacó la amarilla y el estadio silbó al árbitro, no al que había entrado, cosa que tampoco entendí.
Voy a contar lo que hice, en orden, porque me pareció importante hacerlo en orden.
Me levanté.
Bajé cuatro escalones hacia la barandilla, que era hacia donde no había que ir, porque desde la barandilla se ve peor.
Miré si se movía la espalda. No miré al árbitro, ni al que había entrado, ni al banquillo, ni a la camilla que ya estaba saliendo. Miré si respiraba, desde ochenta metros, cosa que es imposible.
Estuve así lo que tardó en ponerse de rodillas, que fueron unos veinte segundos.
Cuando se puso de rodillas, me senté.
Y entonces me di cuenta de que estaba de pie, de que había bajado cuatro escalones y de que llevaba de pie el tiempo suficiente para que Santi me estuviera mirando.
—¿Estás bien? —dijo Santi.
—Sí.
—Es que te has puesto…
—Sí.
Me pasé los siguientes cuatro minutos redactando en la cabeza el párrafo con el que justificaría ante Elena Roig, si alguna vez hiciera falta justificarlo, por qué la directora del mandato había abandonado su asiento durante una entrada dura en un amistoso de julio:
«Reacción refleja ante un incidente físico en el activo principal del mandato, sin implicaciones respecto de la independencia del criterio profesional.»
Era una frase impecable.
Y era una frase que yo no había necesitado redactar nunca en doce años de reestructuraciones.
Ni cuando se llevaron detenido a un consejero delegado delante de mí en una sala de juntas de Valencia, ni cuando una directora financiera se desmayó en una reunión de acreedores y yo fui la que la sostuvo.
Él se levantó, cojeó veinte metros, le dijo que no con la mano al fisio dos veces, esperó a que el juego se parara solo y siguió.
En el minuto setenta y cuatro cogió el balón en la banda derecha, con dos encima, y en el segundo palo estaba Nico.
Y esta vez la puso.
La puso rasa, atrás, a un sitio donde solo llegaba él, y Nico la empujó con la zurda desde cuatro metros.
Nico se fue corriendo hacia el banderín y Álex llegó el último a celebrarlo, de los once.
Yo no soy de fútbol. Sigo sin serlo y no creo que llegue a serlo.
Pero aquel día entendí, viendo la carrera del que llegó el último, que llevaba ocho días trabajando con un hombre que se había quedado sin vestuario un sábado y que se lo estaba comprando de vuelta un domingo, con el único dinero que tiene un delantero, que es no marcar.
Hablamos después, en el pasillo de vestuarios, con él sentado en una banqueta y con hielo atado al tobillo con film transparente.
—¿Cómo está?
—Bien. Es un golpe.
—¿Le ha visto el médico?
—Me ha visto el médico, me ha visto el fisio y me ha visto un señor de aquí que es traumatólogo y que ha bajado por su cuenta. No es nada. —Se rio—. Doctora, si fuera algo no estaría sentado aquí hablando con usted; estaría en un hospital escuchando cómo se me cae la temporada.
—Estar sentado no es un diagnóstico.
—En mi oficio sí. En mi oficio, lo que duele de verdad no te deja ni hablar.
Le enseñé el documento allí mismo.
No debía. Estaba en mi derecho de no hacerlo y probablemente en mi obligación. Se lo enseñé porque me pareció peor que se enterara el martes en una sala con seis personas y un abogado.
Lo leyó apoyado en la pared, despacio, moviendo los labios en dos sitios, con el hielo goteándole en la zapatilla.
Tardó siete minutos en llegar a la página cuatro.
—Esto salva el club.
—Sí.
—Esto lo salva de verdad. No es un parche. Aquí pone que refinancian toda la deuda.
—No es un parche. Es una compra.
—Y aquí —señaló— dice que suben los abonos tres años seguidos.
—Y que se van entre veinte y treinta personas de las oficinas. Eso está en la página seis, en una línea que dice «optimización de estructura».
—¿Veinte o treinta?
—Ella me ha dicho veinte o treinta. En el papel pone «hasta un treinta por ciento de la plantilla no deportiva».
Volvió al papel. Estuvo callado un rato largo, y cuando habló no fue lo que yo esperaba.
—Yo llevo tres semanas pensando que la manera de perder este club era que me vendieran a mí.
—Ya.
—Y resulta que si me venden a mí, el club se queda. —Bajó el documento—. Y que si no me venden, a lo mejor el club se va y yo me quedo.
—Sí.
—Eso es peor.
—Sí. Eso es peor.
Me devolvió las hojas.
—¿Usted qué va a hacer?
—Voy a estudiarla, porque es una oferta seria, porque el precio es correcto y porque si no la estudio no estoy haciendo mi trabajo. Y el martes voy a decirle a Sonia Vidal que es la mejor oferta que va a recibir y que la decisión no es financiera.
—¿Y qué es?
—Es de qué está dispuesta a quedarse sin.
Se quedó mirando el suelo del pasillo, que era de resina verde y tenía las marcas de los tacos.
—Doctora.
—Dígame.
—Cuando me han entrado, ¿usted se ha levantado?
Y ahí, por primera vez en veinte años, no supe qué contestar en un pasillo.
—Se ha levantado media tribuna —dije.
—Ya. —Asintió una vez—. Vale.