8. Cinco hombres serios
La sala del banco estaba en una planta veintiuna con las ventanas selladas y la temperatura de un quirófano.
Eso fue lo primero que noté. Que fuera hacía treinta y cuatro grados y allí dentro había gente con chaqueta que no sudaba. Hay sitios en los que el aire acondicionado no es una comodidad: es una manera de decirte dónde estás.
Éramos ocho y hablaban cinco. Elvira Cepeda, que era la que mandaba y la que menos hablaba.
Tres de los que venían con ella, uno de los cuales no dijo su nombre y llevaba dos móviles.
Y un tal Ignacio Belmonte, de riesgos, que se sentó enfrente de mí y tardó cuatro minutos en decirme lo que estaba deseando decirme desde que entré.
—Mi hijo es del Bahía. —Sonrió—. Tiene once. No se lo va a creer.
—Ah, bien.
—Le tengo dicho que el fútbol es un negocio horrible, pero él, nada. La camiseta puesta todo el verano.
—Ya.
—Antes de que se vaya, si le puedo pedir una foto.
—Claro.
—Es que no se lo va a creer.
Dijo eso tres veces en dos horas. La foto y el no se lo va a creer. Y cada vez que lo decía, la conversación paraba un segundo y volvía a arrancar, y yo veía a Cepeda apretar un poco el bolígrafo.
Yo llevaba diez años entrando en salas parecidas sin darme cuenta de que estaba en ellas.
Cuando eres el que firma, entras y te sonríen y crees que es por ti. Te ponen un café que nadie más pide. Te dicen que su cuñado es de tu equipo. Y tú sales de allí pensando que ha ido bien porque han sido simpáticos.
La diferencia aquel día es que entré sentado en el otro lado, con una carpeta que no era mía. Y desde ese lado se ve otra cosa. Se ve el momento exacto en que dejan de escucharte y empiezan a mirarte.
La doctora repartió doce páginas y estuvo cincuenta minutos.
Yo entendí seis cosas de doce, que para mí es un récord. Y las entendí porque las explicó como se explica una jugada. Primero dónde estás. Luego qué pasa si haces esto. Luego qué pasa si el otro hace lo otro.
De esas seis, dos me las apunté en el móvil.
La primera fue que si la campaña llega a nueve y hacen falta veinte, no vale de nada. Por eso se negaba a que nadie del club celebrara una cifra en público antes de tiempo.
Y la segunda fue que el ahorro de la plantilla no cuenta hasta que está firmado. Un acuerdo de vestuario no es un contrato. Eso me lo dijo mirándome a mí, delante de todos, sin ninguna delicadeza.
—El compromiso verbal de la plantilla del pasado sábado no computa. Computará cuando haya veintitrés firmas y una adenda por jugador. Mientras tanto, en esta hoja no está.
—Está firmado de palabra —dije.
—Y ese es el problema de este club desde hace cuatro años.
Belmonte se rio. Cepeda no.
Y en la página nueve había un párrafo con dos frases y una remisión a un anexo.
—Perdona. —Levanté la mano y esta vez no esperé a que nadie asintiera—. Esto de aquí.
—¿La nueve? —dijo Cepeda.
—El párrafo cuarto. Dice que si al final de la temporada el club «no mantiene la categoría en la competición profesional de máxima división», y luego manda al anexo tres. ¿Qué pasa?
Belmonte contestó antes que nadie, con la paciencia de quien se lo explica a un niño de once años.
—Es un supuesto de vencimiento anticipado. Estándar. Está en todas las financiaciones deportivas.
—Ya. ¿Y vencimiento anticipado significa que hay que pagarlo todo de golpe?
—Significa que la entidad puede exigirlo. No siempre lo hace.
—Vale. —Me quedé mirando el párrafo—. Entonces, si nosotros hacemos todo esto. Si la gente pone los nueve millones, y viene alguien de fuera y pone los otros diez, y se firma todo, y en mayo tenemos una mala racha y bajamos. ¿Ese señor puede pedir los sesenta y cuatro millones de golpe en junio?
Silencio de sala con aire acondicionado.
—Es una posibilidad remota —dijo Belmonte.
—¿Cuánto de remota?
—El comité valoraría la situación.
—Yo he estado en tres equipos que han bajado.
En noviembre ninguno se lo esperaba, y en dos de ellos el presidente salió en enero a decir que era imposible matemáticamente.
—Miré la hoja otra vez—. Es que si esto es una decisión del comité, entonces todo esto —levanté las doce páginas— no depende de si la gente pone el dinero.
Depende de si en mayo hay un comité de buen humor.
—Señor Cuenca, con todo el respeto, un club que desciende tiene otros problemas.
—Ya lo sé. Yo soy uno de esos problemas.
—Dejé las hojas—. Lo que le estoy diciendo es que ustedes le van a pedir a cuarenta mil personas de esta ciudad que pongan doscientos euros cada una en una cosa que se puede evaporar por una derrota en Vallecas, y que en el papel que van a firmar esas personas eso no se dice en ningún sitio.
Cepeda dejó de escribir.
—Doctora Cifuentes —dijo—. ¿Usted tenía eso identificado?
Yo esperaba una de las dos cosas que pasan siempre. O que dijera que sí, que claro, que lo tenía en la página once y que ahora lo iba a desarrollar. O que dijera que era un detalle menor y siguiera.
Lo que dijo fue:
—Lo tenía identificado como riesgo y lo tenía mal jerarquizado.
Nadie dijo nada.
—Lo he tratado como una cláusula estándar de esas que se firman todos los veranos en este sector, y en la mayoría de las operaciones lo es.
Álex Cuenca acaba de señalar que en esta operación concreta convierte cualquier estructura de capital en condicional, y tiene razón.
—Pasó su propia hoja—. No es un detalle.
Es la diferencia entre construir un edificio y construir un edificio en un solar del que otro tiene la llave.
Belmonte abrió la boca y no llegó a decir nada.
—Quiero un suelo —siguió ella—. Si el club desciende, el vencimiento no se acelera de forma automática y se aplica un calendario de reducción de ingresos previamente pactado, con revisión y no con exigibilidad. Con un mínimo de veinticuatro meses.
—Eso habría que estudiarlo.
—Estúdienlo. Y si sus representados no aceptan ningún suelo, se lo digo ahora: yo no puedo recomendarle a cuarenta mil personas que pongan su dinero en esto. Y si yo no puedo recomendarlo, no lo recomiendo, y si no lo recomiendo, ustedes no tienen operación.
Cepeda escribió durante bastante rato.
—Lo llevo al comité.
—Se lo agradezco.
—Y lo llevo diciendo que lo ha visto el capitán.
—Sí. Póngalo así.
Yo tenía el bolígrafo del hotel en la mano y no lo estaba usando para nada.
Podía haber dicho «lo hemos visto». Podía haber dicho «lo hemos comentado esta mañana». Es lo que dicen todos en todas las salas del mundo y no lo comprueba nunca nadie. Y yo me habría quedado igual de contento, porque tampoco iba a discutírselo.
Dijo mi nombre y mi apellido en una sala en la que dos horas antes un tío me había pedido una foto para su hijo.
Salimos a las dos. Belmonte me alcanzó en el ascensor con el móvil ya desbloqueado.
—Perdone. La foto.
—Ahora no puedo.
—Es un segundo.
—Es que es la primera reunión de mi vida en la que he dicho algo útil —dije—, y si salgo de aquí con una foto, mañana el único que se acuerda de mí es su hijo.
Se le quedó una cara rara. La doctora, a mi lado, miraba los números del ascensor.
Cuando se cerró la puerta dijo, sin girarse:
—Eso ha estado mal.
—Ya lo sé.
—No. Ha estado mal para él, que no ha hecho nada, y ha estado bien para usted, que necesitaba decirlo. Es la primera cosa injusta que le veo hacer.
—¿La primera?
—La primera de esta semana.
Bajamos dos plantas en silencio.
—Ignacio Belmonte lleva dieciséis años en riesgos y ha firmado cuatro de las seis operaciones que han salvado empresas en esta provincia en la última década —dijo—. Y usted acaba de decidir que es el que le pide fotos.
—Vale. Le mando la foto esta noche.
—No se la mande esta noche. Mándesela cuando esto termine, salga como salga. Hoy sería una manera de comprarlo.
Lo del jueves por la tarde no fue un entrenamiento.
Fue una encerrona mutua.
Empezó ella, en la sala de prensa vacía, con Rubén de testigo.
Puso cinco sillas enfrente de mí. Se sentó en la del medio. Y se pasó cuarenta minutos siendo cinco personas distintas.
—Buenos días. Antes de nada, gracias por venir. —Sonrisa—. Cuéntenos, ¿cómo ve usted el EBITDA del proyecto?
—Yo no…
—Perdone, ¿el qué?
—El EBITDA.
—¿Y qué es el EBITDA?
—Es lo que gana el club antes de… antes de los intereses y esas cosas.
—¿Qué cosas?
—Los impuestos y…
—Perdón, no le he entendido. —Se echó hacia atrás—. ¿Me lo puede repetir?
—El beneficio antes de intereses, impuestos y amor…
—Amortizaciones.
—Amortizaciones.
—Ya. —Miró el móvil tres segundos. Volvió—. Perdone, ¿por dónde íbamos?
Lo hizo cuatro veces. Cambiaba de voz y de postura. Una de las cinco se llamaba a sí misma «el escéptico simpático». Era la peor. Asentía todo el rato y luego preguntaba lo mismo desde otro sitio.
A la cuarta le dije que parara.
—¿Por qué miras el móvil?
—Porque lo van a mirar.
—Eso es de mala educación.
—Sí. Es la única cosa que van a hacer en esa sala que usted va a poder usar. —Dejó el móvil boca abajo—. Cuando un banquero mira el móvil mientras contesta usted, lo que está diciendo es «esto ya lo he decidido». Si lo ve, deje de vender y empiece a preguntar.
—¿Preguntar qué?
—Lo que sea. «¿Qué es lo que más le preocupa de esto?». Es la única frase que le va a hacer levantar la cabeza.
Se recostó.
—Y le voy a dar una sola regla más, y no le voy a dar más porque si le doy tres se le olvidan las tres. No diga nunca un número que no pueda defender dos preguntas más allá.
—¿Y si me lo preguntan?
—Diga que ese dato lo lleva la dirección financiera y que se lo hace llegar esta tarde. Nadie ha perdido nunca nada por decir eso. Yo lo digo dos veces por semana.
—¿Tú lo dices?
—Yo lo digo cuando no lo sé. Que es más a menudo de lo que le conviene creer.
Luego me tocó a mí.
—Vale. Siéntate ahí.
—¿Ahí?
—Ahí. Y no te muevas, porque la silla del plató está atornillada y no puedes girarte hacia el que te ataca. Eso lo hacen a propósito y no lo sabe casi nadie.
—¿En serio?
—En serio. Y la mesa es más alta de lo normal para que no puedas apoyar los codos y parezcas más pequeña.
Se sentó y se quedó muy recta.
—¿Y qué se hace?
—Se cruzan los brazos por debajo de la mesa y se habla más despacio que ellos. El que habla despacio en un plató parece que sabe algo.
Le hice a Quique Bordás.
Lo hice bien, que conste. Llevo doce años oyéndolo a las once de la noche. Una vez me hizo una entrevista de cuarenta minutos y no me dejó terminar ni una frase.
—A ver, doctora, con todo el respeto —dije, poniéndome de lado y bajando la voz media octava—, y perdóneme que se lo diga así de claro, ¿usted ha estado alguna vez en un vestuario?
—No.
—Claro. —Chasqué la lengua—. Claro. Y sin embargo se permite decidir sobre el capitán de un equipo.
—No decido sobre el capitán. Recomiendo sobre un balance.
—Ya, ya. Un balance. —Manoteé—. Es que aquí lo que hay es un problema de sensibilidad, ¿eh? De sensibilidad. Porque los números están muy bien pero esto lo hacen las personas. Usted ha llegado hace tres semanas.
—Cuatro.
—¡Ah, cuatro! —Me reí—. Perdón, cuatro. Toda una vida.
Ella empezó a contestar y yo la interrumpí a mitad, que es lo que hace él.
—Y dígame una cosa, ya que estamos. ¿Usted tiene hijos?
Paró.
—¿Eso lo van a preguntar?
—Eso te lo van a preguntar en el minuto seis y te lo va a preguntar sonriendo, y detrás de esa pregunta va otra que es «¿usted sabe lo que es este club para una familia de aquí?».
Se quedó callada un momento largo.
—Sigue.
—¿Usted tiene hijos?
—Eso no tiene nada que ver con…
—Eh, eh, que era una pregunta amable.
—Es una pregunta que no le ha hecho al presidente del club.
—¡Uy, uy, uy! —Levanté las manos y me reí como se ríe Bordás, que es riéndose de ti y hacia la cámara a la vez—. Aquí se ha puesto nerviosa la doctora.
Y ahí paré, porque se le había puesto una cara que no le había visto nunca.
Fue un segundo. Menos. Pero se le puso.
—Perdona —dije—. Me he pasado.
—No se ha pasado. Ha sido exacto. —Cogió el vaso de agua y no bebió—. Otra vez.
—Aitana.
—Otra vez, capitán. Y esta vez empieza directamente con la de los hijos.
Lo hicimos tres veces más. A la tercera contestó lo que contestó el viernes.
El programa era el viernes a las once y cuarto. Lo vi desde el control, con Santi y con una chica de producción que masticaba chicle. A los diez minutos dejó de masticarlo.
Eran cuatro tertulianos y un presentador. Dos de los tertulianos venían a favor de ella, cosa que no sabíamos.
Bordás le hizo lo de los hijos en el minuto siete, no en el seis.
—¿Usted tiene hijos, Aitana? Es curiosidad.
—Ese dato lo lleva mi vida privada y se lo hago llegar esta tarde.
Se rieron dos de los cuatro. Bordás también, un poco tarde, que es lo que le pasa cuando no la ha visto venir.
—Muy buena, muy buena. Pero le digo una cosa, y esto se lo digo desde el cariño: usted ha llegado a un club de ciento cuatro años y en cuatro semanas quiere vender al capitán.
—En cuatro semanas he leído los contratos que ustedes llevan cuatro años comentando en este plató sin haberlos leído.
—Hombre.
—Se lo digo desde el cariño.
Santi soltó el aire de golpe.
—Doctora, usted lo que no entiende es la parte emocional.
—Entiendo perfectamente la parte emocional. La parte emocional es la razón por la que este club lleva cuatro años firmando pagos aplazados en vez de decirle a su afición que no había dinero. La parte emocional le va a costar a esta ciudad su club, si nadie la acompaña con una hoja de cálculo.
Y ahí se hizo un silencio de cuatro segundos en un plató, que en un plató son cuatro días.
En el control, la chica de producción dijo: «joder».
Y yo, en aquella sala pequeña con doce monitores y un tío gritando por un pinganillo, sentí una cosa que no supe colocar. Sigo sin saber colocarla del todo.
No fue que ganara. Ganó, pero no fue eso.
Fue que estuvo cuarenta minutos con cuatro tíos alrededor. Uno de ellos preguntándole por sus hijos en directo, a las once de la noche, delante de cuatrocientas mil personas.
Y no miró ni una sola vez a cámara buscando a alguien.
Yo he mirado a cámara buscando a alguien muchas veces. Es un gesto que se hace sin querer y que se ve. Cuando te aprietan, buscas a los tuyos aunque sepas que no están.
Ella no tenía a nadie ahí y no lo buscó.
Salió del plató a las doce y veinte. Me dio las gracias por lo de la silla atornillada. Dijo que lo de la mesa alta era verdad y que se había cruzado los brazos por debajo todo el rato.
Y se fue a su hotel a trabajar.
Yo me quedé en el aparcamiento con Santi.
—Menuda —dijo Santi.
—Sí.
—¿Nos vamos?
—Ahora voy.
Me quedé un rato mirando la puerta por la que había salido. Y me acordé de una cosa que no venía a cuento y que hacía años que no me venía a la cabeza.
Que cuando tenía diecinueve y me sacaron por primera vez en un programa así, mi padre me llamó al terminar. No para decirme que lo había hecho bien. Para decirme qué había hecho mal, punto por punto, durante once minutos, mientras yo estaba sentado en el mismo aparcamiento en el que estaba ahora.
Y que aquella noche yo también miré a cámara dos veces.