7. Los del Minuto 93
Yo llevaba en la carpeta tres cosas: el modelo de aportación, una lista de veintidós preguntas y una expectativa.
La expectativa era la siguiente: que me iba a encontrar una caja de zapatos.
Lo escribo porque es lo que pensaba mientras aparcaba, y porque a la media hora de estar allí dentro se me cayó encima como se cae un armario.
Nos recibió un señor de unos setenta años que se presentó como el vicepresidente segundo, cargo que en aquella peña existe, está cubierto y tiene funciones.
Dentro había treinta y siete personas sentadas en sillas de plástico apiladas de tres en tres a lo largo del año y bajadas aquella tarde, una mesa larga al fondo con un mantel de papel, un televisor apagado, dos ventiladores de pie y un olor a lejía reciente que solo tienen los sitios que se han limpiado esa mañana para ti.
En la pared del fondo había cuarenta y tantas fotos de equipos, tres bufandas enmarcadas y un cuadro con la formación del ascenso del 98.
Álex estaba al final, de pie, con una bandeja de vasos, sirviendo agua.
No se acercó a saludarme. Levantó la barbilla y siguió.
Candela empezó a las siete y cuatro minutos.
—Buenas tardes. Cuatro cosas y nos vamos.
—Puso una carpeta en la mesa—. Uno, esta señora es Aitana Cifuentes, es doctora en Economía y la ha contratado la propiedad para sacarnos de esta.
Dos, no viene a pedirnos dinero. Tres, viene a que le digamos si su formulario sirve o no sirve. Y cuatro, Emilio, la pancarta hoy no.
—Yo no he dicho nada —dijo Emilio.
—Has traído la carpeta.
—La carpeta la traigo siempre.
—Emilio.
—Vale.
La primera hora fue lo que yo esperaba, aunque no por lo que yo esperaba.
Levantó la mano una señora en la segunda fila.
—Perdone. Los doscientos euros, ¿incluyen el desplazamiento a Vigo?
—No, señora.
—Es que en el noventa y ocho pagamos una cuota y llevaba el autobús.
—Aquella cuota era una cuota de peña. Esto es distinto. Esto es comprar una parte del club.
—¿Y qué me llevo?
—Se lleva un voto.
—¿Un voto para qué?
Y ahí es donde entendí que las veintidós preguntas de mi carpeta eran las preguntas equivocadas.
—Para impedir —dije— que dentro de seis años alguien cambie el escudo, venda el estadio, le ponga el nombre de una compañía de seguros al campo o cierre la cantera. Eso, y nada más que eso. No vota alineaciones, no vota fichajes, no vota al presidente y no le va a dar entradas.
La señora lo pensó.
—¿Y para eso hacen falta doscientos euros?
—Para eso hacen falta nueve millones setecientos mil euros repartidos entre unas cuarenta mil personas.
—Ah. —Asintió despacio—. Pues eso ya es otra cosa.
Se sentó. Alguien detrás dijo «pues yo sigo queriendo el autobús» y hubo risas.
Un hombre de unos sesenta levantó la mano.
—¿Es desgravable?
—No.
—¿Seguro?
—Segura.
—El del banco me dijo que igual.
—El del banco le quería vender otra cosa.
—Eso es verdad —dijo el hombre, y se sentó satisfecho, que es una cosa que solo pasa en España.
Un chaval de veintitantos preguntó si podía poner veinte euros.
—Puede.
—¿Y valgo lo mismo que el que pone dos mil?
—Dentro de la asociación, exactamente lo mismo. Un voto.
—Eso está bien.
—A alguno le va a parecer que no.
—Que le parezca.
Una mujer de unos cuarenta y cinco preguntó, sin levantar la mano y desde el fondo, si aquello no era tirar el dinero.
—Puede serlo —dije.
Se hizo un silencio distinto.
—Si esto sale mal, ¿ustedes nos devuelven el dinero? —dijo.
—No.
—Entonces es tirar el dinero.
—Si esto sale mal, este club entra en concurso y usted habrá perdido doscientos euros.
Si esto sale bien y usted no pone nada, no pierde nada y tampoco tiene nada que decir cuando dentro de seis años alguien proponga cambiar los colores.
—Cerré el bolígrafo—. Yo no le voy a decir que no hay riesgo. Le voy a decir cuál es y usted decide.
La mujer asintió y no dijo si sí o si no.
Y a las ocho menos veinte, cuando yo estaba explicando el calendario de hitos, se levantó Emilio con la carpeta.
Lo de la pancarta duró veintidós minutos.
Resumo, porque el acta la tienen ellos y son cuatro folios.
En abril de 1998, la peña confeccionó una pancarta de once metros que se usó en la promoción de ascenso y que salió en el telediario de la noche. La pancarta existe. Está en un altillo, en dos bolsas de basura, y según Emilio está bien.
La discusión no es sobre la pancarta: es sobre si la pancarta es de la peña o es de la familia de Aurelio Pina, que puso la tela, que la cosió su mujer y que murió en 2011.
La discusión llevaba, según Candela, catorce años.
La subdiscusión, que se abrió a los seis minutos, era si el hecho de que la peña fuera a convertirse en aportante de una asociación que compraría acciones significaba que la pancarta pasaba a ser «patrimonio».
Yo intenté aclarar que no.
—No hay ninguna transmisión de bienes de la peña a la asociación.
—Pero si la peña pone dinero, y la pancarta es de la peña…
—La peña no pone dinero. Ponen dinero los socios, uno a uno, a título individual, con su nombre y su DNI.
—Entonces la peña no es nada.
—La peña es exactamente lo que era el viernes pasado.
—Pues entonces la pancarta sigue en el aire —dijo Emilio, triunfante.
—La pancarta lleva catorce años en el aire, Emilio —dijo Candela.
—Por eso. Por eso hay que aprovechar.
Y ahí se levantó un sobrino de Aurelio Pina, que llevaba media hora callado, y dijo que si de verdad iba a haber estatutos y notarios, él quería que constara que la tela la puso su tío.
Y una señora dijo que la tela la había puesto el ayuntamiento, que sobró de las fiestas.
Y otro dijo que él estaba allí en el noventa y ocho y que la tela la compraron en Textiles Rubio.
Candela se levantó, cogió el vaso de agua, se lo bebió entero, lo dejó en la mesa y dijo tres palabras:
—Punto siete. Siéntate.
Emilio se sentó.
Nunca he visto a nadie hacer eso en un consejo de administración.
A las ocho y media pedí las cuentas.
Lo pedí de la manera en que se piden estas cosas cuando das por hecho que no van a existir, es decir, con una frase larga y educada que ofrece una salida por si acaso.
—No es imprescindible que estén auditadas, entiendo perfectamente que una asociación de este tamaño…
Candela ya estaba de pie.
Volvió con dos archivadores de anillas de los gordos y un portátil.
—Del noventa y ocho al dos mil nueve, en papel.
Del dos mil diez en adelante, digital. Ingresos por cuotas, ingresos de barra, gastos de autobuses, gastos de local, alquiler, luz, agua, seguro de responsabilidad civil y la derrama del tejado de 2016.
Cierre anual, aprobado en asamblea, con el acta firmada por dos socios.
Conciliación bancaria mensual. Y las facturas, que están en el altillo, que también está lleno de facturas, no solo de pancartas.
Abrí el primero.
Estuve callada un rato bastante largo, para lo que suelo estar callada yo.
Estaban cuadradas. Todas. Mes a mes, veintiséis años. Con la conciliación al lado, con el extracto grapado y con una nota a lápiz cuando algo no cuadraba explicando por qué no cuadraba.
—¿Quién lleva esto?
—Yo, desde el dos mil cuatro. Antes lo llevaba mi padre.
Pasé páginas hacia atrás y en 2003 cambiaba la letra.
Una letra inclinada, muy pequeña, hecha con una estilográfica que no siempre tenía tinta, con las cifras alineadas a la derecha por la coma decimal.
Alineadas por la coma decimal.
En un cuaderno de una peña de barrio. En 1998.
—Su padre era contable.
—Mi padre era chapista —dijo Candela—. Contable soy yo. Él simplemente pensaba que si el dinero es de treinta personas hay que apuntarlo bien.
Cerré el archivador y lo dejé en la mesa con las dos manos.
—El club que le está pidiendo dinero a usted tiene peores registros que usted.
—Ya lo sé —dijo Candela—. Llevo veinte años diciéndolo y hoy me lo dice una doctora, así que a lo mejor ahora me hacen caso.
Rehice el modelo esa misma noche, pero las tres decisiones las tomé allí, sentada en una silla de plástico, entre un ventilador y una bufanda enmarcada.
La primera fue el pago fraccionado y presencial.
Mi formulario asumía una tarjeta, un solo pago y un correo electrónico. En aquella sala había once personas mayores de setenta años con capacidad de aportar y sin ninguna capacidad de rellenar un formulario a las once de la noche.
Tres plazos, y la posibilidad de firmar en persona, en el local, con la entidad de pago validando la identidad allí mismo. Cuesta más y es más lento. Entra más gente y entra la gente que no se cae en septiembre.
La segunda fue el mínimo internacional.
Yo lo había puesto en cien euros porque por debajo de cien el coste de verificar a una persona en otro país se come la aportación.
Álex, que llevaba dos horas sin abrir la boca, dijo desde el fondo, sin moverse de donde estaba:
—Con veinte euros en Guayaquil te apuntas tú y se apuntan tus dos hermanos.
—Y con tres verificaciones de veinte me como el margen.
—Ya. Pero es que allí no se apunta uno. Se apunta un grupo. Es que hasta ven los partidos en grupo.
Aportación colectiva. Un titular, un pago, una identificación, y una lista de nombres detrás que figuran como miembros de la asociación sin coste adicional de verificación. Un voto por persona, no por euro.
Lo escribí allí mismo en el reverso de la lista de las veintidós preguntas.
Y la tercera fue la de las empresas.
Estaba en la sala Reyes, que tiene una carpintería metálica en el polígono con nueve empleados y que llevaba media hora sin hablar y con los brazos cruzados.
—Yo puedo poner cincuenta mil —dijo.
Se hizo un silencio distinto otra vez, y esta vez de otro tipo.
—Cincuenta mil —repetí.
—Cincuenta mil. Pero quiero saber una cosa antes. Si yo pongo cincuenta mil y Emilio pone doscientos euros, ¿cuánto vale mi voto?
—Lo mismo que el de Emilio.
Reyes se rio, sin ninguna alegría.
—Ya.
—¿Le parece mal?
—Me parece raro.
—A mí también me lo pareció el jueves cuando lo escribí. —Cerré la carpeta—. Le voy a decir por qué está así y luego usted decide, y si decide que no, no pasa nada y seguimos hablando igual.
—Adelante.
—Si el voto va por dinero, dentro de cuatro años esa asociación la controlan seis personas.
Y seis personas se compran, señor Reyes.
No hace falta que sean malas: basta con que una tenga un problema y venda.
—Me apoyé en la mesa—. Si el voto va por cabeza, hacen falta veinte mil personas para mover algo, y veinte mil no se compran.
Se convencen, que lleva mucho más tiempo y es mucho más aburrido.
Reyes se quedó mirando el vaso.
—Usted no está comprando poder. Está comprando que nadie más lo compre.
—Tengo que pensarlo.
—Piénselo.
—No he dicho que no.
—Ya lo sé. —Recogí—. Y esta conversación va a volver a pasar, con más gente y con más dinero encima de la mesa. Prefiero tenerla ahora, con usted, que en agosto con un abogado.
Salimos a las diez menos cuarto y en la calle Salinas seguía haciendo treinta y un grados.
Álex me alcanzó a la altura de la lotería.
—Oye.
—Dígame.
—¿Ha ido bien?
—Ha ido mejor de lo que yo esperaba, lo cual dice más de mí que de ellos.
Asintió. Se metió las manos en los bolsillos.
—Candela dice que si esto lo hacemos en las cuarenta y una, el veintisiete llegamos a cinco.
—Candela dice bien. Y no va a ser el veinte, ni el veintidós, y cuando el jueves alguien publique que ya tenemos cinco millones, no los tendremos.
—Ya. Columna uno.
—Columna uno.
Llegamos a mi coche. Él tenía el suyo dos calles más abajo y no dijo de acompañarme ni yo lo habría permitido.
—Una cosa —dije.
—Dime.
—El sábado, en el vestuario. Lo de la escala.
Se quedó quieto.
—¿Lo oíste?
—Estaba en el pasillo con Santi, no me escondí. Lo oí entero.
—Vale.
—No lo estoy felicitando —dije—. Se lo estoy diciendo porque el veintidós por ciento suyo son cuatrocientos treinta mil euros, y esa cifra la voy a tener que meter en un documento que firma un banco, y usted la ha decidido en un vestuario un sábado a las siete de la tarde delante de veintidós personas y sin un abogado.
—Ya.
—Eso no lo hace casi nadie.
—Es que lo había hecho mal antes.
—Sí. —Abrí el coche—. Eso también lo tengo apuntado.
Me metí, arranqué y bajé la ventanilla porque el aire tarda.
Él seguía en la acera.
—Doctora.
—Dígame.
—¿Qué apunta usted exactamente?
—Lo que pasa —dije—. Y cuándo. Y quién lo ha pagado.
Me fui.
En el semáforo de Salinas con Ronda escribí en el móvil, en una nota, sin ninguna intención de que nadie la leyera nunca:
15/07: propone rebaja uniforme. Daño verificable a un tercero. 17/07: rectifica sin cámaras. Cede control operativo a C. Sanz. 18/07: acepta escala progresiva. Coste propio +430k. Sin contrapartida.
Y debajo, en la misma nota, porque tres datos no son una serie pero uno no puede evitar ponerles un título:
Aprende. Caro, pero aprende.