6. El primer partido
A un amistoso de julio a las nueve de la noche viene la gente que quiere venir. Eso es lo mejor y lo peor que tiene.
Llegamos al estadio a las seis y media y ya había cola.
No en las taquillas: en las mesas.
Candela había montado cuatro puntos, uno en cada puerta. Mesas plegables. Doce voluntarios con camiseta amarilla, hechas por ella en una serigrafía de la calle Herreros. Dos portátiles, una tablet y una impresora que se atascó dos veces antes del descanso.
Yo pasé por la puerta cuatro camino del vestuario y me quedé mirando.
La cola doblaba la esquina. Habría ochenta personas a las siete menos veinte de la tarde, con treinta y dos grados y el sol todavía dando en esa acera.
Gente mayor con la carpeta del club. Un padre con dos críos. Tres chavales de veintipocos con el móvil en la mano preguntando por qué había que poner el DNI. Una mujer con un carro de la compra.
Y en la mesa, una chica de la asociación explicando por cuarta vez tres cosas. Que aquello no era una cuota. Que no se devolvía. Y que había que marcar una casilla que ponía IRREVOCABLE en letras grandes.
—¿Cómo que no se devuelve? —dijo un señor.
—Es que no es una donación ni una cuota. Es para comprar acciones.
—¿Y si me arrepiento?
—Pues no se arrepienta hoy.
El señor se lo pensó veinte segundos y firmó.
Rita me dio en el hombro cuando entrábamos.
—Mira eso.
—Ya lo veo.
—Eso no lo has hecho tú solo, ¿eh?
—Ya lo sé, Rita.
—Digo que no lo has hecho tú solo, no que no lo hayas hecho tú.
Salimos a calentar a las ocho y veinte y el campo estaba a poco más de media entrada, subiendo.
Al final fueron diecinueve mil cuatrocientas personas. En un estadio de treinta y dos mil, un sábado de julio, contra un segunda francés que no conocía nadie. Y tres televisiones.
En los amistosos del año pasado veníamos haciendo siete mil.
El míster dio la alineación a las ocho y media. Nico salía de inicio, en la izquierda.
El partido fue un amistoso de julio, que es un deporte parecido al fútbol y que se juega a otra velocidad.
Nos pusimos por delante a los veinte. Un córner que peinó Bartra al primer palo y que metió Toni de rodilla desde dos metros.
Un portero subiendo a rematar en el minuto veinte de un amistoso. Eso solo pasa en julio.
Empataron a la media hora con un centro desde la derecha que no despejó nadie. Los cuatro que teníamos que despejarlo llevaban dos semanas entrenando juntos. Y uno era juvenil.
Nico hizo una primera parte buena. Lo digo yo que estaba dentro y lo dijo el míster en el descanso, que es más difícil.
En el minuto once se llevó a su lateral por fuera y puso un centro atrás que se paseó por el área pequeña.
En el veintitrés le hicieron una falta a la entrada del área y se levantó él solo antes de que llegara nadie a protestar.
En el treinta y ocho recuperó un balón en nuestro campo y salió conduciendo cuarenta metros con dos encima.
Y en el cuarenta y cuatro entré en el área por primera vez en toda la primera parte. Me la puso al segundo palo. La mandé fuera con el pie derecho.
Él no protestó. Levantó la mano y volvió atrás corriendo.
Al descanso, uno a uno.
En el vestuario, el míster dijo tres cosas y ninguna era táctica. Dijo que había diecinueve mil personas fuera. En julio. Que eso no lo habíamos visto ninguno. Y que si salíamos a la segunda parte a hacer el paripé se iba a enterar la ciudad entera.
Cuando volvimos a salir, en el fondo sur había una pancarta que no estaba en la primera parte.
Hecha con una sábana y espray negro, mal cortada, con las letras torcidas hacia el final porque no habían medido.
NICO ES DE AQUÍ
La leí de camino al centro del campo. Se me hizo un nudo en un sitio en el que no me suelen hacer nudos.
En aquella pancarta había una acusación con mi nombre escrito con tinta invisible.
Nico no la miró. O eso me pareció.
La segunda parte fue mejor. Tuvimos tres claras.
En el cincuenta y ocho la tuve yo, de cabeza, y la sacó el portero abajo.
En el sesenta y cuatro se la puse yo a él, en profundidad, a la espalda del central, y la cruzó fuera por poco.
Se la pasé. En el sesenta y cuatro se la pasé, y eso no sale en ninguna parte.
En el sesenta y nueve, el míster hizo tres cambios y quedamos con un equipo raro.
Y luego vino el setenta y uno.
Lo he visto dieciocho veces.
Toni la recupera en el medio y me la pone al pie, de espaldas, en la frontal. Yo me giro sobre la izquierda, que es como me giro siempre. Me llevo el balón hacia la derecha con dos encima. Uno llega tarde. El otro me acompaña sin entrar, esperando a que me abra.
Doy tres zancadas y entro en el área por el vértice.
Y ahí, a la izquierda, a doce metros, con todo el segundo palo vacío y sin nadie a menos de cinco metros de él, está Nico.
Levanta la mano una vez. No grita. Levanta la mano.
Yo lo vi.
Durante tres días le di vueltas a si lo había visto de verdad o me lo había inventado después. Lo vi. Vi la mano y vi el hueco.
Y voy a explicar lo que pensé, aunque quede feo, porque si no lo explico esto no sirve de nada.
Pensé: diecinueve mil personas, tres cámaras, cola en las mesas.
Pensé: si esto entra, mañana está en todos los sitios, y mañana la cola es el doble.
Pensé: un pase al segundo palo no lo comparte nadie.
Y disparé.
Le pegué con la zurda, buscando la escuadra. Desde ahí se marca una de cada quince.
Se fue por encima del larguero. Alto y feo. De esos que acaban en la grada y la grada se ríe un poco y aplaude un poco.
Aplaudieron.
Eso fue lo peor de la noche. Aplaudieron porque lo intenté. Hubo hasta un «¡ahí, ahí!» de alguien de la tribuna.
Nico bajó la mano y volvió a su sitio andando.
Acabamos uno a uno.
Nadie se enfadó, porque era un amistoso. Y por eso fue tan grave.
En un partido de verdad, Toni me grita desde el medio. Alguien me dice algo en el descanso. Y se acaba ahí, como se acaban estas cosas.
En un amistoso de julio no se grita.
En el vestuario nadie me dijo nada.
Eso tampoco lo había vivido nunca. Yo he perdido finales. He fallado un penalti en Cornellà con dos mil de los nuestros detrás de la portería. Salí de aquel campo con cuatro tíos alrededor diciéndome burradas para que no me quedara solo.
Aquella noche me duché, me vestí, guardé las botas y salí, y en veintitrés personas nadie me dio en la nuca.
Toni me esperó en la puerta.
—Oye.
—Dime.
—La del setenta y uno.
—Ya.
—No te digo nada. —Se colgó la bolsa—. Te digo que él la vio.
—Ya lo sé.
—Digo que él vio que tú la habías visto.
Santi me pilló en el pasillo con la tablet.
—Álex. Álex. —Venía casi corriendo—. La taquilla. Diecinueve mil cuatrocientos. Y la barra, y las mesas. Espera. —Miraba y hablaba a la vez—. Han cerrado las mesas hace veinte minutos y Candela dice que ha tenido que echar a gente porque no daban abasto y que mañana pone seis.
—¿Cuánto han sacado?
—No lo sé todavía. Está la de Quorum ahí dentro desde las seis de la tarde.
La de Quorum era una mujer de unos cincuenta años con una carpeta de anillas. Se llamaba Pilar. No le dio la enhorabuena a nadie en toda la noche.
Nos lo dijo a las once y cuarto, en la sala pequeña. Candela, Santi, la doctora Cifuentes y yo. Lo dijo leyendo de una hoja.
—Verificado a fecha de hoy, dos coma dos millones de euros.
Santi soltó el aire.
—Depositado pendiente de controles, trescientos mil. Reservado, seiscientos mil.
—Dos coma dos —dijo Santi.
—Verificado dos coma dos —dijo Pilar—. Los trescientos mil no están. Los seiscientos mil no existen.
—Pero podrían.
—Podrían. Yo certifico lo que hay. Si mañana quieren que certifique lo que podría, contraten a otra persona.
Candela cerró la libreta con el dedo dentro.
—Primer hito. En fecha.
Y la doctora Cifuentes dijo lo único que dijo en toda la reunión:
—En fecha y con margen. Enhorabuena, Candela.
Candela levantó una ceja.
—¿A mí?
—A usted. Yo he mirado la cola desde el palco a las siete y media de la tarde. Ochenta personas en la puerta cuatro con treinta y dos grados y sin sombra. Eso no lo ha hecho un modelo.
—Eso lo han hecho doce chavales con una camiseta amarilla y una impresora que no va.
—Que se los ha buscado usted.
Candela no contestó y se puso a recoger, que en ella es una manera de aceptar un cumplido.
Salí a la calle a las doce menos algo.
Había un grupo esperando en la puerta de jugadores, cuarenta o cincuenta personas, la mayoría críos. Firmé lo que había que firmar y me hice las fotos.
Un señor de unos sesenta me dio la mano con las dos manos. Se había apuntado esa misma tarde en la mesa de la puerta dos, con su mujer y con su hermana. Seiscientos euros entre los tres.
Me lo dijo como quien confiesa una travesura.
—Seiscientos euros —dije.
—Doscientos cada uno. Mi hermana ha querido poner más y no la hemos dejado, que está jubilada.
—Gracias.
—A ti, campeón. Y la del setenta y uno la próxima entra.
Me metí en el coche y me quedé con las llaves en la mano sin arrancar.
Dos coma dos millones. Diecinueve mil cuatrocientas personas. Un señor que había puesto seiscientos euros que no le sobraban y que además me había perdonado un tiro que no era perdonable.
Y yo, en el minuto setenta y uno, con el segundo palo vacío.
Había subido el contador y había perdido el vestuario, y las dos cosas habían pasado la misma noche y por la misma razón.