5. El sacrificio de Nico
El vestuario del Bahía tiene veintiocho taquillas y ese año éramos veintitrés.
Cinco vacías. Cuatro son de los que habían fichado y no podían jugar. A esos les habían puesto una etiqueta con el nombre y todo. Idea de alguien de la oficina que quería que se sintieran acogidos. La quinta es de uno que se fue en enero y que nadie ha vuelto a tocar.
Las miré mientras esperaba a que se sentaran todos y me pareció que aquello era un argumento por sí solo.
Ese fue mi primer error del día y ni siquiera fue el gordo.
Lo había preparado con Rita y con Toni. Rita es la fisio y la persona que más años lleva en esta casa. Toni es el segundo capitán y el que lleva más partidos. Lo habíamos hablado tres veces, dos en la ciudad deportiva y una por teléfono el domingo.
Un porcentaje. Uno solo, para todos, sin excepciones, incluido el míster y su cuerpo técnico.
Esperé a que salieran los dos últimos de la ducha.
—Quince por ciento —dije—. Todos. De aquí a final de temporada.
Silencio de vestuario, que no es silencio. Es un tío rebuscando en una bolsa, otro con el secador, alguien arrastrando una silla de plástico y todos mirando al suelo.
—Sé lo que os estoy pidiendo. Yo firmo el primero.
—¿Y eso arregla algo? —dijo Bartra, el portero, que tiene treinta y cuatro años y dice en alto lo que piensa el resto.
—Eso son cinco millones al año. Si no salen de aquí, salen de vender a alguien. Y el primero que van a vender soy yo, así que no vengo a pediros nada que no me toque a mí.
Eso ablandó la sala. Lo noté como se nota una grada. Toni asintió, Bartra levantó las manos y dijo «pues quince», y hubo dos o tres «venga» y el ruido cambió de tono.
—Yo lo firmo —dijo Ceballos.
—Y yo —dijo el chaval del filial, que tiene diecinueve años y no cobra nada.
—Tú no tienes que firmar nada —le dije.
—Ya, pero yo lo firmo.
Y entonces Nico Rey, que estaba en la esquina de la izquierda, con la camiseta de entrenar todavía puesta y el pelo mojado, dijo que no.
No lo dijo alto.
—Yo no.
Se giró todo el mundo.
—Nico.
—Que yo no puedo, Álex.
—Es un quince por ciento. Es lo mismo para todos.
—No es lo mismo.
Se levantó. Tiene veinticuatro años, mide metro setenta y cinco y en aquel momento parecía más pequeño que eso.
—Yo cobro noventa y seis mil brutos. —Lo dijo mirando al suelo—. Eso son unos cuatro mil y pico al mes limpios en doce pagas. Quince por ciento son seiscientos euros menos. Mi madre está de alquiler desde que mi padre se quedó sin la nave, y ese alquiler son ochocientos veinte y lo pago yo.
Nadie dijo nada.
—Tú te bajas quince y te quedas con cinco coma ocho millones. Yo me bajo quince y no llego a fin de mes sin tocar lo que tengo guardado.
—Nico, es medio año.
—Y tengo contrato hasta junio.
Ahí paró. Cogió aire.
—Tengo contrato hasta junio y una renovación que me dijisteis en abril que estaba hecha.
Firmada de palabra. El míster delante y el director deportivo delante.
Y llevo desde el uno de julio sin que nadie del club me coja el teléfono, y el viernes pasado me entero por mi representante, no por vosotros, de que no se puede registrar porque no hay margen.
—Y por fin me miró—. O sea que resulta que yo soy el único de este vestuario que no sabe si en enero sigue aquí, y soy al que le pides que firme el primero.
—Nico…
—Yo no he dicho que no al club —dijo—. He dicho que no al quince por ciento.
Cogió la bolsa y se fue.
Toni miró al suelo. Rita, que estaba en la puerta con dos bolsas de hielo, se dio la vuelta y se metió en su sala.
Y yo no fui detrás. Me quedé en el centro del vestuario haciendo la cuenta. A cuántos había convencido antes de que él hablara y cuántos me quedaban.
Ese fue el gordo.
Eran las once y veinte de la noche cuando escribí aquello.
Lo he contado cuatro veces y siempre digo la hora, porque la hora es lo único que me exculpa un poco y no me exculpa nada.
Había cenado en casa de mi madre. Amelia me había preguntado tres veces si estaba comiendo bien.
Una si era verdad lo que había dicho la radio de que el club se iba a la mierda.
Y otra si aquella chica del traje era tan seria como parecía en la tele.
Le dije que sí a la última y que no a la segunda.
Después me fui a casa, me tumbé en el sofá y abrí el móvil.
Había un mensaje de Toni que decía «tranquilo, mañana hablo yo con los chavales» y otro de Rita que decía «ha estado bien».
Y me subió una cosa que no era rabia. Era otra cosa. Era la sensación exacta de cuando te pitan una falta que no es y no puedes protestar porque ya tienes amarilla.
Escribí:
«Hay quien está en este vestuario porque un día este escudo le abrió una puerta cuando no tenía ninguna otra. Hoy he pedido que la empujemos entre todos. Casi todos han dicho que sí.»
Lo leí dos veces. No había ningún nombre. Ni una inicial. Nada.
Estuve unos segundos con el dedo encima. Y pensé exactamente esto: si no lo entiende nadie, no pasa nada. Y si lo entiende alguien, a lo mejor el lunes firma.
Le di a publicar y me dormí en el sofá con la tele puesta.
A las siete y diez de la mañana tenía cuarenta y una llamadas perdidas y no eran de la prensa.
Lo que pasó no fue una avalancha anónima. Ojalá. Una avalancha anónima se pasa en dos días y no se le puede poner cara a nadie.
Fueron tres cosas.
La primera fue un programa de la radio local, de siete a nueve, con llamadas de oyentes.
Cuarenta minutos.
Yo lo escuché entero en el coche, parado en el aparcamiento de la ciudad deportiva, sin salir, con el motor encendido y la gente pasando por delante.
El presentador no dijo el nombre. No hizo falta.
En el minuto seis, un señor que se presentó como Manolo de Los Palmeros dijo «el chaval del año pasado, el bajito, el que empezó de titular en enero». En el minuto ocho ya lo estaba diciendo todo el mundo.
Nueve llamadas. Siete en contra de él.
Una señora dijo que ella cobraba mil doscientos euros al mes en total, no de rebaja, y que el niño ese se creía que era Cristiano.
Un hombre dijo que en su empresa les habían bajado el sueldo un veinte por ciento en 2013 y que nadie salió a la radio a defenderlos.
Otro dijo que si no quería sacrificarse por el escudo que se fuera.
Solo dos lo defendieron. Una era una chica de veintitantos. Dijo que a lo mejor el chaval tenía sus motivos y que igual no era asunto nuestro. El presentador le dio las gracias y cortó a los cuarenta segundos.
Al final del bloque, el presentador dijo: «Bueno, bueno, no vamos a personalizar», que es lo que se dice cuando ya lo has personalizado tú y quieres quedarte tranquilo.
La segunda fue la cuenta de la madre.
Marisol Rey tiene un perfil abierto en el que sube fotos de su hijo desde que jugaba en alevines. Setecientos y pico seguidores. Vecinas, primas, dos entrenadores de la cantera y gente del barrio.
Aquel jueves le entraron dos mil trescientos comentarios en catorce horas.
La mayoría no cayeron en las fotos de ahora. Cayeron en tres publicaciones de hace cuatro años. Sale un crío de doce años con una copa de plástico y el pelo mojado. Son las que salen primero cuando entras en un perfil y bajas.
Yo entré a mirarlo. Estuve dos minutos. No pude más.
Y la tercera fue el viernes, en el entrenamiento abierto de la mañana, que había convocado el club hacía dos semanas para promocionar el amistoso del sábado.
Vinieron unas mil trescientas personas. Familias, niños con la camiseta, gente mayor con silla plegable propia. Era un día bonito. El club había puesto un puesto de la asociación en la entrada y una carpa con agua.
A los veinte minutos, en un rondo de cinco contra dos, Nico tocó el balón y una parte del fondo silbó.
No todos. Ochenta, cien personas. En un campo de entrenamiento sin música y sin megafonía, cien personas silbando se oyen como mil.
Y hubo un grito, uno solo, muy claro, de un tío de unos cuarenta años con un niño de seis o siete al lado, y el grito fue:
—¡Baja del burro, niñato!
El niño se rio. Se rio porque su padre se había reído.
El míster paró el rondo diez segundos y luego lo volvió a poner en marcha, que fue lo mejor que se le ocurrió.
Nico siguió. No miró a la grada ni una vez. Tocó al primer toque las siguientes ocho veces, que es lo que hace uno cuando quiere que la pelota no se le quede en los pies.
Cuando acabó el entrenamiento fue a firmar a la valla como todos, y firmó, y se hizo tres fotos.
Fui a buscarlo al vestuario y no estaba. Estaba en el gimnasio, solo, sentado en la máquina de aductores sin usarla, con las manos colgando entre las rodillas.
—Nico.
—Ahora no.
—Nico, lo he borrado.
—Ya lo sé. A las nueve. Doce horas después. —No levantó la vista—. Se lo he tenido que explicar a mi madre. Eso es lo que quiero que sepas. Que he tenido que llamar a mi madre a las siete y media de la mañana y explicarle qué es un subtuit.
—Yo no te nombré.
Y ahí levantó la cabeza, y no estaba enfadado, que hubiera sido mucho más fácil.
—Álex. Ayer dijo que no una sola persona en ese vestuario. Una. —Se señaló el pecho—. ¿Tú de verdad crees que no me nombraste?
No dije nada, porque no había nada que decir y porque por primera vez en tres días me oí a mí mismo desde fuera.
Y desde fuera sonaba exactamente igual que todos los tíos que me han jodido a mí en trece años y luego han dicho que ellos no habían dicho nada.
—Lo siento —dije.
—Vale.
—No es un «vale» de estos. Te lo estoy diciendo aquí y no lo voy a poner en ningún lado.
—Mejor. —Se levantó—. Si lo pones, mañana hay otros cuarenta minutos de radio y esta vez van de ti, y entonces yo salgo defendiéndote o salgo de malo. Las dos son malas.
Pasó por delante de mí y se paró en la puerta.
—Y el quince por ciento sigue sin poder ser.
Aquella tarde hice tres cosas y ninguna de ellas fue un comunicado.
La primera fue llamar a Candela Sanz.
—Hola. Soy Álex Cuenca.
—Sé quién eres.
—Quiero darte la moderación.
—¿De qué?
—De todo. De la campaña. Los grupos, las respuestas, el formulario, lo que se publica y lo que no. Yo no lo toco.
Hubo un silencio al otro lado. Se oía una televisión de fondo y a alguien pidiendo un café.
—¿Esto es porque te has dado cuenta de que la has liado o porque te lo ha dicho tu jefe de prensa?
—Porque la he liado.
—Bien. —Un ruido de silla—. Entonces te digo cómo va a ser, y te lo digo una vez. Si me lo das, es mío. No me pides que borre nada. No me pides que suba nada. Y no vuelves a publicar una sola cosa de la campaña sin decírmelo antes.
—Vale.
—Y no te lo voy a devolver en septiembre porque te portes bien.
—Vale.
—Y otra cosa. Ese formulario no pide el DNI. Lo tenéis que rehacer.
—Ya me lo ha dicho ella.
—Pues hacedlo, que llevo dos días diciéndoselo a un chico que no me contesta. —Colgó sin despedirse—. Mándame los accesos esta noche y no me llames los domingos.
La segunda fue pedirle a Santi la tabla salarial completa.
No me la quería dar, porque no se le puede dar a un jugador. Me la dio cuando le dije que se la pidiera él a la doctora Cifuentes y que lo hiciéramos delante de ella.
Vino con un folio y se quedó de pie mientras yo lo miraba.
Y ahí me di cuenta de lo que llevaba tres días sin ver.
En ese vestuario hay siete tíos por encima del millón. Hay siete entre trescientos mil y un millón. Y hay nueve por debajo de doscientos mil.
Un quince por ciento a los siete primeros son cuatro coma dos millones.
Un quince por ciento a los nueve últimos son doscientos veinte mil euros. Doscientos veinte mil de un total de cinco millones. Un cuatro y medio por ciento del ahorro, sacado de las nueve personas del edificio que no tienen otra temporada garantizada.
—¿Tú habías hecho esta cuenta? —le dije a Santi.
—Yo no hago cuentas, Álex. Yo escribo notas de prensa.
La tercera fue volver al vestuario el sábado por la mañana, dos horas antes del amistoso, y decirlo.
—He hecho mal la cuenta.
Toni dejó la bolsa en el suelo.
—Escala. Los que estamos por encima del millón, un veintidós por ciento. Entre trescientos mil y un millón, un doce. Por debajo de trescientos mil, nada. Cero.
—Eso a ti te cuesta más —dijo Bartra.
—Me cuesta ciento sesenta mil más que lo de anteayer. Sí.
—¿Y sale?
—Sale peor. Cuatro coma seis en vez de cinco. Los cuatrocientos mil que faltan los va a tener que sacar el club de otro sitio y ya no es mi problema, es del que hace las cuentas.
Miré al fondo. Nico estaba con las botas en la mano.
—Nico.
—Dime.
—¿Con esto puedes?
Se quedó pensando. Tardó lo suyo, delante de todos, y creo que lo hizo a propósito y me pareció justo.
—Con esto puedo.
—Vale.
—Álex.
—Dime.
—Que pueda no quiere decir que estemos bien.
—Ya lo sé.
—Vale. —Se agachó a atarse las botas—. Vamos a calentar.
Cuando salíamos al túnel, la vi.
Estaba de pie al final del pasillo, junto a la puerta de la sala de máquinas. Con Santi y con una carpeta. Llevaba allí el tiempo suficiente para haberlo oído todo.
No me dijo nada. No hizo ese gesto que hace la gente cuando quiere que sepas que le ha parecido bien.
Anotó algo en la carpeta y se dio la vuelta.