La empollona y el crack 3. Veinte de agosto #2
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3. Veinte de agosto #2

—El agente de escrow, contra documento. No yo, no el club y no usted.

Candela cerró la libreta.

—Entonces le voy a pedir dos cosas y las voy a pedir ahora, delante del banco, porque dentro de tres semanas me van a decir que ya no hay tiempo.

—Dígamelas.

—La primera es que la asociación tenga su propio auditor y que ese auditor no lo pague el club. Si lo paga el club, el día que haya una discusión yo no tengo con qué defenderme.

—Concedido.

—La segunda es que las aportaciones sean irrevocables desde el minuto uno, en la primera pantalla, en letra grande y con una casilla que haya que marcar. No en la página nueve.

—Eso va a asustar a la gente —dijo Sanchís, que había entrado a mitad y estaba de pie junto a la puerta.

—Va a asustar a la gente que no lo tenía claro —dijo Candela—.

Esos me los quito yo ahora y usted no los quita en agosto, cuando ya estén contados y publicados en un periódico.

Yo llevo veinte años haciendo la caja de una peña con un bar dentro.

Sé perfectamente lo que es que veinte personas se echen atrás en septiembre y que la que se coma el agujero sea yo.

Elvira Cepeda escribió durante bastante rato.

—Doctora Cifuentes.

—Dígame.

—Si esto sale, ¿usted qué probabilidad le da?

Y esa es la pregunta que en mi oficio no se contesta nunca y que yo contesté, no sé por qué, quizá por Sonia y su carpeta azul.

—A que la asociación llegue a nueve coma siete millones, una de cada cuatro. A que además aparezca alguien que ponga diez millones más sin quedarse el club, ninguna que yo sepa calcular hoy.

—Gracias por no adornarlo.

—Adornarlo saldría más caro.

Faltaban cuatro minutos para la una cuando habló Mauro Ferrés, que llevaba dos horas sin decir nada desde lo del veinticinco por ciento y no había tocado el agua.

—Doctora Cifuentes, una duda de las mías.

—Dígame.

—Usted ha dicho «aumento de capital». Muy bien.

Ese aumento diluye. —Se ajustó el puño de la camisa—.

Yo tengo el once por ciento de esta sociedad.

Once coma cero cuatro, para ser exactos, repartido entre catorce personas que me han dado su representación por escrito y que se llaman a sí mismas, con muy poca gracia, el Pacto del 11.

—Lo sé.

—Bien. Entonces sabrá también que del veintinueve por ciento que no es de la familia Vidal, yo solo hablo por once.

Los otros dieciocho puntos no son míos, no me deben nada y no votan conmigo.

Son trescientos veintitantos accionistas.

Hay herederos que no saben que tienen acciones porque se las dejó un abuelo en 1994.

Hay dos en Argentina. Hay una señora en una residencia en Alicante cuyo hijo lleva desde marzo sin cogerme el teléfono.

Se inclinó un poco hacia delante.

—Cada uno de ellos tiene un derecho de suscripción preferente.

Individual. Suyo. Para dejarlos fuera hace falta un informe del consejo y un informe de un experto independiente sobre el valor razonable, y aun así cualquiera de los trescientos puede impugnar el acuerdo.

Yo, cuando llegue el momento, me voy a leer esos dos informes con lupa, y le adelanto que si el precio no me cuadra los impugno, y no por deporte.

—Está usted en su derecho.

—Estoy en mi obligación. Yo no endeudé este club. —Miró a Sonia sin ninguna crueldad, que fue peor—. Y no voy a pagarlo con mi porcentaje.

Volvió a mirarme.

—Así que usted, en agosto, no necesita convencerme a mí.

Yo soy fácil: enséñeme un precio y un informe.

Usted necesita trescientas firmas de gente que en agosto está en la playa, en una residencia o muerta.

Y todo el mundo en esta sala lleva dos horas hablando del veintinueve por ciento como si fuera una persona.

Nadie dijo nada.

Nadie dijo nada durante bastante más tiempo del que resulta cómodo en una sala con ocho personas. Sonia miraba la mesa. Cepeda había parado de escribir. Candela tenía el bolígrafo levantado.

—No es una persona —dijo Mauro—. Son trescientas veinte. Buenos días.

Recogió su carpeta y se fue, y lo hizo despacio, que es como se van los que tienen razón.

La reunión se levantó cinco minutos después sin que nadie propusiera nada mejor.

Cuando salí al aparcamiento eran las dos y diez y hacía el calor de julio que hace en esta ciudad, que es un calor sin viento, quieto, como estar dentro de algo.

Álex estaba apoyado en su coche con las gafas de sol puestas y no se había ido, y no se había ido a propósito.

—Oye.

—Dígame.

—Trescientas veinte firmas.

—Trescientas veinte.

—En agosto.

—En agosto.

Se quedó pensando. Se le nota, porque mira al suelo a un metro de sus pies.

—Yo puedo conseguir que trescientas veinte personas cojan el teléfono —dijo—. Es literalmente lo único que sé hacer mejor que nadie en esta ciudad.

—Ya lo sé.

—¿Y entonces?

—Y entonces el problema no es que cojan el teléfono. El problema es lo que les vamos a pedir cuando lo cojan, y eso todavía no lo tenemos. —Abrí la puerta del coche—. Buenos días, capitán.

—Doctora. —Se quitó las gafas—. Una cosa.

—Dígame.

—Lo de los cuarenta y dos días. Usted lo ha dicho como si fuera mucho.

—He dicho que son cuarenta y dos días.

—Ya. Es que yo hago cuarenta y dos días en pretemporada y llego justo para el primer partido. —Volvió a ponerse las gafas—. Y eso es corriendo.

Conduje hasta el hotel con el aire a tope y la radio apagada.

Ese hombre acababa de comprometerse a negociar su propia salida sin pedir nada a cambio y sin mirar a nadie, y después se había quedado cuarenta minutos de pie al sol para decirme que podía conseguir trescientos veinte teléfonos.

En mi informe del jueves, ese hombre era una línea que decía «activo con alta liquidez y valor contable residual nulo».

La línea era correcta.

Era lo único correcto que tenía escrito sobre él.