La empollona y el crack 3. Veinte de agosto
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3. Veinte de agosto

El despacho de Sonia Vidal está en la planta noble y tiene una foto de su padre con Kubala que no es de su padre con Kubala: es de su padre a tres metros de Kubala, en un banquete, mirando hacia otro lado.

Le pregunté por ella el primer día. Me dijo: «Mi padre compró el club con el dinero de las obras y se pasó treinta años intentando que le hicieran una foto que no fuera esa».

Aquel lunes tenía la persiana medio bajada y dos cafés servidos, y eso último quería decir que llevaba un rato esperándome.

—¿Ha dormido? —me preguntó.

—Cuatro horas.

—Yo tres. —Empujó uno de los cafés—. Dígame lo malo primero.

—Lo malo es que un millón ocho de preinscripciones no es dinero y que usted lo sabe. Lo peor es que dieciséis personas hablaron ayer en la radio de ese millón ocho como si estuviera en una cuenta, y que a partir de mañana lo van a defender como si fuera suyo.

—¿Y lo bueno?

—Que en cuarenta horas nueve mil cuatrocientas personas han dado su nombre completo y su correo a una asociación que todavía no existe legalmente, para comprar acciones de una sociedad que no saben leer. —Bebí—. Eso, en mi oficio, no lo había visto nunca. Y no tengo un modelo que lo prediga.

Sonia se quedó callada un rato.

—¿Puedo enseñarle una cosa?

Abrió el segundo cajón de la izquierda y sacó una carpeta azul con una goma. La dejó encima de la mesa sin abrirla.

—Ahí dentro está lo que queda de la sociedad de mi familia. Dos naves industriales, una participación en una empresa de áridos y un piso en Madrid. —Puso la mano encima—. Con todo eso, si lo vendiera mañana y a la primera oferta que me hicieran, sacaría entre tres y cuatro millones.

—Sonia.

—Le hace falta veinte. —Metió la carpeta otra vez en el cajón—.

Se lo digo para que no pierda tiempo pensando que hay algo detrás.

No hay nada detrás. Lo que hay es esto, y lo que hay dentro es una señora de sesenta y un años que lleva desde febrero durmiendo con el teléfono al lado por si llama el banco a una hora rara.

—Va a llamar.

—Ya. —Sonrió sin ganas—. ¿Qué necesita de mí?

—Que cuando entremos ahí dentro no me defienda.

—¿Perdón?

—Que si alguien me ataca en esa sala, usted no salga en mi ayuda. En cuanto la propiedad defiende a su asesora, la asesora deja de ser un tercero y pasa a ser parte, y todo lo que yo diga a partir de ese momento vale la mitad.

Sonia se lo pensó de verdad, cosa que le agradecí.

—¿Y si tienen razón en algo?

—Si tienen razón en algo, se lo digo yo antes que usted.

A las once y media éramos ocho en la sala grande.

Elvira Cepeda, del banco agente, que hablaba por los tres acreedores y traía a un chico que no dijo una palabra en dos horas y lo apuntó todo.

Sonia. Yo. El capitán, que había llegado quince minutos antes y se había sentado sin preguntar dónde.

Candela Sanz, a la que había convocado yo el domingo por la noche después de que Álex me pasara su número con un mensaje de tres palabras: «Te va a caer bien.

No.» Y Mauro Ferrés, al que no había convocado nadie y que tenía derecho a estar, que es la peor combinación posible.

Empecé por la fecha, porque en una negociación la fecha es la que manda y todos los demás puntos se ordenan detrás.

—El consejo se reunió el jueves nueve. Contamos cuarenta y dos días desde ese día. El plazo termina el veinte de agosto.

—¿Por qué cuarenta y dos? —dijo Mauro.

—Porque el veinte es jueves, porque el mercado y el acuerdo de espera de los bancos vencen los dos el treinta y uno, y porque entre una fecha y la otra tiene que caber una operación completa si esto sale mal. Once días. Ni uno más.

—¿Y si el veinte cae en martes el año que viene?

—El año que viene no habrá club, señor Ferrés. Ese es el sentido de la reunión.

Elvira Cepeda hizo la primera anotación de la mañana.

—Sigo. Tres condiciones, simultáneas, no alternativas. Catorce coma dos de liquidez. Ocho millones anuales de ahorro estructural, firmados, no anunciados. Y veinte millones de aumento de fondos propios.

—Veinte —dijo Candela.

—Veinte.

—El sábado el chico dijo que hacían falta catorce.

—El chico dijo bien lo que sabía. Hacen falta catorce coma dos para no ir al juzgado en septiembre. Hacen falta veinte para que el banco refinancie lo demás y este club siga siendo de quien es. Son dos preguntas distintas y solo la segunda tiene que ver con el futuro.

Candela abrió una libreta de cuadros. Todavía la tiene.

—Explíqueme una cosa, doctora. El patrocinador ha ofrecido cuatro millones de anticipo. ¿Eso son fondos propios?

—No.

—¿Por qué no? Es dinero. Entra.

—Entra hoy y sale de la facturación de los dos años siguientes. Es una factura cobrada por adelantado. Al banco le arregla la caja y le empeora el balance, porque no es patrimonio: es una obligación de prestar un servicio que todavía no hemos prestado. —Miré a Álex—. Es deuda con buena letra.

—Es deuda con buena letra —repitió Candela, y lo apuntó exactamente así.

—¿Y las cuotas de la asociación? —siguió—. Si un socio pone doscientos euros al año, ¿eso es capital?

—Una cuota no. Una aportación irrevocable con la que se suscriben acciones, sí.

—¿Y cuál es la diferencia?

—La palabra irrevocable, y ahí está todo el problema de su asociación.

—Cerré el bolígrafo—. Si la gente puede pedir el dinero de vuelta, el banco no lo cuenta.

Si no puede, hay que decírselo con letra de un cuerpo que se lea, y usted va a perder al veinte por ciento de los que se han apuntado este fin de semana.

—Los voy a perder ahora o en septiembre.

—Ahora.

—Estamos de acuerdo.

Elvira Cepeda intervino por primera vez a las doce y diez.

—Mis representados tienen tres exigencias operativas si vamos a congelar la exigibilidad seis semanas.

—Adelante.

—La primera es que quien certifique el dinero no sea Arista.

—De acuerdo.

—¿Sin discusión?

—Sin discusión. Yo diseño la estructura y negocio en nombre de la propiedad.

Si además certificara los fondos, ustedes tendrían todo el derecho a no creerse nada de lo que les enseñe.

La certificación la hace una firma que no me debe nada, que no cobra de mí y que me va a hacer la vida imposible.

Cuanto peor me la haga, más valdrá su firma.

—¿Tiene nombre?

—Quorum. He hablado con ellos el viernes y pueden empezar el lunes que viene.

—Bien. —Cepeda dejó el bolígrafo—. La segunda: hitos. No aceptamos que nos enseñen el resultado el diecinueve de agosto.

—Cuatro hitos. Dos coma dos millones verificados a dieciocho de julio. Cinco coma dos a veintisiete. Ocho coma seis el veinte de agosto. Y nueve coma siete al cierre de la operación.

—¿Por qué ocho coma seis y no nueve coma siete el día veinte?

—Porque el veinte no es el cierre. El veinte es el día en que ustedes deciden si merece la pena seguir. Si a esa fecha hay ocho coma seis certificados, quedan once días para lo demás. Si hay siete, no los hay.

—¿Y si falla uno de los intermedios?

—Si falla uno de los intermedios, nos sentamos y ustedes deciden. Si falla el del veinte de agosto, no hay conversación.

Miré al capitán, porque la tercera exigencia era él y él sabía que era él.

—La tercera —dijo Cepeda— es que el jugador se comprometa por escrito.

Álex no se movió.

—¿A qué?

—A que si el veinte de agosto no hay ocho coma seis millones verificados, usted negocia su traspaso de buena fe y sin obstruir. No le pedimos que lo firme hoy. Le pedimos que se comprometa hoy y delante de nosotros.

Hubo un silencio raro, del tipo que se produce cuando ocho personas miran a una y esa una no tiene ninguna prisa.

—¿Puedo preguntar una cosa? —dijo él.

—Pregunte —dijo Cepeda.

—Si yo digo que sí, ¿el club tiene seis semanas?

—Cuarenta y dos días, según su asesora.

—Y si digo que no, ¿el club tiene seis semanas?

—Si dice que no, mis representados no ven motivo para esperar.

—Vale. —Se encogió de hombros y fue el gesto más caro que he visto hacer a nadie—. Pues sí.

—Álex —dijo Sonia.

—Sonia, hay cuatro chavales sin ficha y un canterano al que le habéis prometido una renovación por teléfono. —No levantó la voz—. Si mi firma les da seis semanas, mi firma les da seis semanas. Luego ya veremos de quién es la culpa.

Cepeda escribió durante bastante rato y el chico que la acompañaba también.

Repartí el calendario societario a la una menos veinte y ahí la reunión dejó de ser una negociación y pasó a ser lo que odio y lo que se me da bien.

—Lo que viene ahora no se improvisa en agosto, así que empieza esta semana aunque no sepamos todavía quién va a poner el dinero.

Levanté un dedo por cada cosa, que es una costumbre que he cogido de mala manera.

—Uno: convocatoria de junta general extraordinaria, con dos puntos. Aumento de capital con delegación en el consejo para fijar el importe dentro de un rango, y modificación de estatutos para blindar escudo, colores, nombre, estadio y cantera.

—¿Blindar cómo? —dijo Candela.

—Exigiendo tres cuartas partes del capital para tocarlos.

Candela apartó el bolígrafo de la libreta y no me miró, y yo supe en ese momento que aquella mujer acababa de entender antes que nadie de aquella sala para qué servía todo lo demás.

—Dos: solicitud de autorización previa al Consejo Superior de Deportes, porque en una sociedad anónima deportiva cualquiera que pase del veinticinco por ciento necesita permiso, y esos permisos no se dan en cuarenta y ocho horas.

—¿Del veinticinco? —dijo Mauro.

—Del veinticinco.

—Interesante —dijo, y lo apuntó, y no dijo por qué.

—Tres: una entidad de pago con licencia que identifique a los aportantes. Nadie va a comprobar a mano de dónde sale el dinero de cuarenta mil personas, y menos si hay diez países por medio.

—Eso cuesta dinero —dijo Santi desde la puerta, donde llevaba diez minutos.

—Un uno coma cuatro por ciento de lo recaudado, y lo paga la asociación, no el club.

—Y cuatro: cuenta de escrow. Ni un euro de esa gente toca la caja de este club hasta que se cumplan las condiciones.

—Repita eso último —dijo Candela.

—Ni un euro toca la caja hasta que se cumplan las condiciones.

—¿Y quién decide que se han cumplido?