La empollona y el crack 2. La empollona y el crack
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2. La empollona y el crack

A una sala se le ve el miedo por dónde se sienta la gente.

En el auditorio del Bahía caben mil doscientos y ese día había mil doscientos.

Pero no estaban repartidos. Las cuatro primeras filas, vacías.

La gente se había ido al centro y a los laterales, dejando un pasillo de moqueta gris entre el estrado y ellos, como se deja sitio cuando el que va a hablar trae malas noticias y no quieres que te salpique.

Mil doscientos accionistas de un club que tiene el setenta y uno por ciento en manos de una sola familia. Es decir: mil doscientas personas que juntas mandan lo justo, y que iban a estar tres horas allí de todas formas.

Conté la sala por bloques, como se cuenta una grada.

Doscientos cabreados en el centro. Ochenta que habían venido a que los vieran.

Unos trescientos mayores en los laterales, con la carpeta del club de los años ochenta debajo del brazo, que son los que siempre pagan y nunca hablan. Y el resto, esperando.

Arriba a la derecha, la cabina. Dos cámaras. En marzo el consejo aprobó retransmitir las juntas por transparencia y aquel sábado descubrimos todos a la vez lo que significa la palabra transparencia cuando la aplicas un mes de julio y estás en la ruina.

Santi Pardo me pilló en el pasillo de acceso con la tablet contra el pecho.

—¿Tú vas a hablar?

—Sí.

—¿Mucho?

—Depende de ella.

Santi cerró los ojos un segundo.

—Álex. Escúchame. Hay dieciocho mil personas en el directo. Dieciocho mil un sábado a las once de la mañana viendo una junta de accionistas. Eso no es normal. Eso no lo hace ni el Madrid.

—¿Dieciocho mil?

—Dieciocho mil doscientas cuando he salido.

Dieciocho mil doscientas. Nunca he sabido no mirar ese número. Se me va la cabeza sola. Cuando juego no puedo, y esa es la única hora del día en la que descanso.

—Vale —dije.

—No es vale. Es que cualquier cosa que digas ahí dentro va a estar en cuarenta cuentas antes de comer.

—Ya lo sé, Santi.

—No, no lo sabes, porque tú lo sabes en bueno.

El orden del día tenía nueve puntos y el que importaba era el segundo. Sonia lo leyó entero de todas formas, porque el notario estaba sentado a su izquierda y en ese club se hacen mal muchas cosas pero las juntas se hacen bien.

Después habló la doctora.

Cifuentes salió al atril con un mando y ninguna carpeta. Yo llevo media vida viendo a gente salir a un sitio a que la miren y te digo una cosa: los que llevan papeles vienen a defenderse. Ella vino a otra cosa.

Puso los catorce coma dos en la pantalla, como el jueves, y esta vez no lo dijo suave.

Explicó lo que es un concurso de acreedores en cuatro frases, sin adornos, sin una sola palabra de las que se usan para que la gente no se asuste.

Dijo que un club en concurso no elige a sus jugadores, ni a su entrenador, ni el precio de sus abonos, y que lo que decide un juzgado no lo decide una afición.

Una señora de la fila once se llevó la mano a la boca.

Cuando terminó, la sala estaba tan callada que se oía el aire acondicionado.

El pánico es más silencioso que el enfado. Eso lo aprendí en un descuento en Anoeta.

Y luego vino el turno de palabra, que duró cuarenta y cinco minutos y que es la parte que Santi todavía no me perdona.

Había un micrófono de pie en el pasillo central y una chica de administración con una lista. Se apuntaron veintiséis personas.

El primero preguntó por el aparcamiento.

No es una manera de hablar. Un señor de unos setenta años, con acreditación de accionista desde 1988, se puso de pie con el club a seis semanas del juzgado y preguntó por qué desde febrero los coches de los accionistas tienen que aparcar en la explanada de tierra y no en la rampa cubierta.

Sonia le contestó en serio, que es lo que hay que hacer.

El segundo quiso saber a quién le habían adjudicado la concesión de la barra del gol norte y por qué a ese y no a otro. El tercero preguntó si era verdad que el autobús a los partidos de fuera lo pagaban las peñas y el club se apuntaba la foto.

La cuarta fue una mujer que subió al micrófono con once folios grapados y empezó a leerlos.

A los seis minutos, Sonia le pidió que resumiera.

—Estoy resumiendo —dijo la señora.

Santi, desde el lateral, tenía la cara de un hombre que calcula cuántas de esas dieciocho mil personas siguen conectadas.

Y el número catorce de la lista fue un tipo de unos cincuenta años, traje, sin corbata, que se presentó de una manera que yo entonces no entendí.

—Buenos días. Mauro Ferrés, en nombre propio y en representación de trece accionistas más, que sumamos el once coma cero cuatro por ciento del capital de esta sociedad.

Sacó un papel.

—Mi pregunta es una y es técnica. Si esta sociedad va a necesitar capital nuevo, y por lo que ha explicado la doctora Cifuentes lo va a necesitar, ¿el consejo ha valorado ya si va a proponer una ampliación con derecho de suscripción preferente o con exclusión de ese derecho?

Silencio en la mesa.

—Lo pregunto —siguió— porque son dos cosas muy distintas para las mil doscientas personas que estamos hoy aquí, y porque la segunda requiere un informe de experto independiente y un plazo, y los plazos en agosto son lo que son.

Sonia dijo que el consejo lo estudiaría y que se informaría a los accionistas en tiempo y forma.

Ferrés dijo «gracias» y se sentó, y yo miré alrededor y vi que en aquel auditorio había mil ciento noventa y nueve personas que no habían entendido nada de lo que acababa de pasar, y que una de ellas era yo.

Pedí la palabra en el turno diecinueve.

No me senté en el atril. Al atril se sube uno cuando quiere que le crean por el cargo, y yo no tengo cargo. Me quedé de pie en el borde del estrado, en el filo, donde ya no hay tarima.

—Buenos días. Soy Álex y llevo aquí desde los quince.

Los trescientos de los laterales se movieron. Los mayores. Eso siempre.

—He venido a proponeros algo y me vais a dejar terminar aunque os parezca una tontería, porque llevo doce años pidiéndoos a vosotros que me dejéis terminar las jugadas.

Alguien se rio. Bien. Una risa es una puerta.

—La doctora Cifuentes tiene razón en todo lo que ha dicho. En todo. No he venido a discutirle un número, porque los números son suyos y son verdad. He venido a discutirle de dónde sale el dinero.

Y ahí solté lo de Bahía de Todos.

Lo había estado montando cuatro días con un abogado, con Santi y con dos personas de las peñas, y lo dije como me salió, que es como se dicen las cosas que te importan.

—Una asociación. Sin ánimo de lucro. Uno se hace socio, pone lo que pueda poner, y ese dinero no va a la caja del club para tapar un agujero: va a comprar acciones.

Y las acciones no son de cada uno por separado.

Son de la asociación, y la asociación vota como una sola persona, y esa persona somos todos.

Uno pone veinte euros y otro pone dos mil, y dentro de la asociación los dos valen un voto.

—¿Y para qué queremos nosotros unas acciones? —gritó alguien desde el centro.

—Para que el día que alguien quiera cambiar el escudo tenga que preguntároslo.

Eso lo entendieron todos a la vez. Se notó. Una sala de mil doscientas personas entendiendo la misma cosa en el mismo segundo hace un ruido concreto.

Se levantó una mano en el bloque de los cabreados, y no era una mano cabreada.

—¿Cuánto haría falta?

—Suficiente para que el que venga después no pueda tocarlo.

—¿Cuánto es suficiente?

—Eso me lo tiene que decir ella —dije, y señalé el atril—, y por eso estoy hablando aquí y no en una rueda de prensa.

Aplaudieron. No todos. Trescientos y pico, que en una sala de mil doscientos es mucho más ruido del que parece.

Y a mí se me subió, lo reconozco. Se me subió como se sube el estadio cuando entras al área desde la izquierda.

—Este club no es una hoja de cálculo —dije—. Es una promesa que llevamos ciento cuatro años cumpliendo entre todos.

Y entonces se encendió el micro del atril.

No se levantó. Ni siquiera se giró del todo. Habló con la mano quieta sobre la mesa.

—Una promesa no paga nóminas.

La sala se dio la vuelta hacia ella como una grada cuando cambia el juego de banda.

—Perdone que sea desagradable, porque lo que acaba de decir el capitán es bonito y además es verdad. Pero yo tengo que llevar un papel a un banco el veinte de agosto y en ese papel hay cuatro columnas.

Levantó cuatro dedos.

—Uno. Reservado. Un señor dice por internet que va a poner cien euros. Eso es una intención. Vale cero.

—Dos. Depositado. Ese señor hace la transferencia y el dinero está en una cuenta bloqueada, pero todavía no sabemos si es suyo, si es legal, si lo ha puesto por él o por otro, o si mañana lo reclama. Sigue valiendo cero para el banco.

—Tres. Verificado. Un auditor externo comprueba quién lo ha puesto, de dónde sale y que no puede recuperarlo. Ahí empieza a existir.

—Y cuatro. Capital. El dinero deja de estar en la cuenta bloqueada y entra en esta sociedad, en forma de acciones, con firma de notario.

Bajó los dedos.

—Ustedes acaban de aplaudir una columna uno. Con toda la razón del mundo. Yo tengo que llenar la columna cuatro en seis semanas, y entre una y otra hay tres pasos que no dependen del cariño de nadie.

Yo estaba a seis metros y os juro que pensé dos cosas a la vez.

La primera fue que me acababa de desmontar delante de mil doscientas personas y de dieciocho mil más.

La segunda fue que no había humillado a nadie.

Ni a mí, ni a los que habían aplaudido. Podría haberlo hecho.

Estaba servido: cuatro segundos de burla y aquella sala se le habría puesto en contra a él solo.

Y en vez de eso había dedicado ochenta segundos a explicarle a una sala de gente asustada por qué su ilusión no era estúpida pero tampoco era dinero todavía.

Eso no lo hace alguien que quiere ganar. Eso lo hace alguien que quiere que la sala entienda.

Me acerqué dos pasos.

—¿Cuánto tarda un euro en pasar de la uno a la cuatro?

—Si la estructura está bien montada, entre nueve y catorce días. Si está mal montada, nunca.

—¿Y quién la monta bien?

—Yo.

Lo dijo sin ninguna vanidad, como quien contesta que sí, que la llave la tiene él.

—Entonces tenemos un problema los dos —dije—, porque yo tengo la gente y usted tiene la llave.

—Usted tiene atención. La atención no es gente. Y desde luego no es dinero.

—Y usted tiene un doctorado, que tampoco es un cheque.

Se oyó un «uh» de instituto en algún sitio del centro de la sala. Yo no me giré a buscarlo. Ella tampoco.

—Correcto —dijo—. Por eso trabajo.

Y ahí, exactamente ahí, es donde tenía que haberme callado.

La junta terminó a la una y veinte. Yo estuve dos horas en el pasillo de acceso con la gente y con las peñas, y de esas dos horas me quedo con una señora bajita de unos cincuenta y tantos que se puso delante de mí, no me pidió una foto y me dijo:

—Lo de la asociación. ¿Quién firma?

—¿Cómo que quién firma?

—Digo que si esa asociación existe, alguien tiene que ser el presidente. Alguien firma la compra de las acciones y alguien vota con ellas. Y ese alguien, dentro de tres años, cuando tú te hayas retirado y estés en la tele, ¿quién es?

No supe qué contestar.

—Y otra. Si yo pongo doscientos euros y mañana me arrepiento, ¿me los devuelven?

—Supongo que…

—Porque si te los devuelven, eso no vale para comprar nada. Y si no te los devuelven, hay que decírselo a la gente con letra bien grande y no en la página nueve.

Se me quedó mirando un segundo.

—Candela Sanz —dijo, y me dio la mano como se la da un fontanero—. Asesora fiscal. Llevo la peña del Minuto 93 y llevo veinte años haciendo las cuentas de un bar con socios. Cuando tengas una respuesta a esas dos cosas, me llamas. Si me la das ahora, no me la creo.

Se fue antes de que yo dijera nada.

El programa de la noche empezó a las once y media.

Cogieron los ochenta segundos de las cuatro columnas y mis dos frases, los montaron a saltos, le pusieron una música de sintetizador de las que se usan en los resúmenes de la Champions y encima, en la esquina, un marcador.

Un marcador de verdad, con dos casillas.

ESPAÑA, ¿TEAM EMPOLLONA O TEAM CRACK?

Y debajo, un cuarenta y siete contra un cincuenta y tres que iba subiendo solo.

Estuvieron veinte minutos con eso. Cuatro tertulianos, dos a favor de cada uno, con el marcador en pantalla todo el rato. Uno de ellos dijo que a él le daba mucha ternura ver a un chaval defender su club. Otro dijo que él, personalmente, prefería a la señora de los números.

La señora de los números.

Yo estaba en el sofá de mi casa con el móvil en la mano y me reí. Cuatro meses después sigue siendo lo primero que hice: reírme.

Me reí porque llevo desde los veinte siendo «el crack». Me lo puso un locutor de radio en un partido de Copa y ya no me lo he quitado, y a estas alturas es como el nombre de la calle donde vives: te da igual de dónde venga y ni te acuerdas de que significa algo.

Abrí el hashtag. Cinco mil y pico publicaciones en dos horas. Cuatro dibujos ya. En uno de ellos ella llevaba gafas, y no lleva.

Y pensé, con la cabeza clara, como quien decide un pase: si esto se mueve, se estudia. Si esto no se mueve, el lunes hay una hoja con treinta y cuatro millones y una fecha, y el jueves estoy firmando en Londres.

Le di a compartir.

Escribí encima cuatro palabras: «Vale. Pues los dos.»

Y me dormí.

A las nueve de la mañana del domingo me llamó Santi. No dijo hola.

—Nueve mil cuatrocientas.

—¿Nueve mil cuatrocientas qué?

—Personas. En el formulario. El formulario que colgó anoche el chaval de las peñas con un enlace debajo de tu tuit, Álex, porque tú lo compartiste y el enlace estaba ahí. Nueve mil cuatrocientas personas han puesto su nombre, su correo y una cantidad.

Me senté en la cama.

—¿Cuánto suma?

—Millón ocho.

—Un millón ocho —repetí.

—Sí. —Silencio—. Y voy a decirte lo que me ha dicho ella hace veinte minutos, palabra por palabra, porque me lo ha hecho repetir dos veces para asegurarse de que te lo decía bien: «Dígale que eso es una columna uno y que enhorabuena, porque una columna uno de un millón ocho me obliga a estudiarlo».

—¿Eso ha dicho?

—Eso ha dicho. Y luego ha dicho: «Y dígale también que ese formulario no pide el documento de identidad, con lo cual, ahora mismo, de esos nueve mil cuatrocientos yo no puedo certificar ni uno».

Colgué y me quedé mirando el techo con el móvil todavía caliente en la mano.

Un millón ocho.

Dieciocho mil doscientas el sábado. Nueve mil cuatrocientas el domingo.

No pensé ni una sola vez en cómo se llamaba ella en aquel marcador.