La empollona y el crack 1. Catorce coma dos #2
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1. Catorce coma dos #2

—Vale. —Asintió despacio—. Entonces hay trece puntos de gente que está esperando a ver qué pasa antes de pagar.

Trece puntos de veintiséis mil abonados son tres mil y pico familias.

Si el día que abrís la campaña de renovación se sabe que me habéis vendido, esos tres mil no se recuperan en agosto.

Se recuperan en enero, si ganas. Y no siempre se gana.

Ahí paré de escribir.

Porque tenía razón, y porque la tenía por un motivo que a mí no se me habría ocurrido nunca.

Yo tenía el dato de las renovaciones en la página once y lo había tratado como contexto.

Él lo había tratado como una decisión que tres mil personas estaban tomando en ese momento, en su casa, con el móvil en la mano y la cuota de julio por delante.

—La tercera —dijo.

—Adelante.

—El día dieciséis de agosto jugamos la primera jornada. Si yo me voy y los cuatro que habéis fichado siguen sin ficha, ¿con cuántos jugadores del primer equipo salimos al campo?

Nadie contestó.

—Con catorce —dijo él—. Catorce, y tres de ellos son juveniles con ficha del filial que solo pueden jugar un número de partidos.

No os estoy pidiendo pena. Os estoy diciendo que la temporada que va a jugar ese equipo no es la que hay en vuestra hoja.

En vuestra hoja, el escenario malo es acabar decimotercero. El real es otro.

—Eso es una opinión —dijo Sanchís.

—Es una opinión de alguien que ha bajado dos veces. —No levantó la voz—. Y las dos veces, en noviembre, todo el mundo decía que no íbamos a bajar.

Se recostó otra vez.

—Y si bajamos, los derechos de televisión no bajan un poco. Eso lo sabéis vosotros mejor que yo.

Hubo un silencio del tipo que a mí me gusta, porque es el silencio en el que la gente deja de defender su posición y empieza a pensar.

Empecé a redactar, sin papel, la frase con la que le explicaría más tarde a Elena Roig por qué un futbolista de treinta años le había encontrado dos huecos a mi modelo delante de once accionistas:

«Ambos huecos son de naturaleza comercial y deportiva, ninguno afecta al sentido de la recomendación, y fueron incorporados en sala.»

Sonaba bien. Sonaba a que no me había dolido.

Volví a poner la diapositiva seis.

—Tiene razón en las tres cosas.

Sanchís se echó hacia delante de golpe.

—Tiene razón —repetí—. El anexo de patrocinio es un riesgo que no está en el modelo y puede valer entre uno y dos millones anuales.

La caída de renovaciones de abonos es real y la había infravalorado en un factor de dos.

Y la probabilidad de descenso con una plantilla de catorce es más alta que la que he usado, que era la de una plantilla normal, porque la serie histórica de la que salen esas probabilidades está hecha con equipos que tienen veintitrés fichas.

Volví a coger el bolígrafo.

—Voy a recalcularlo esta noche con las tres variables dentro y les voy a mandar el resultado antes del mediodía de mañana, con el modelo abierto para que lo pueda revisar quien quiera.

—Y entonces la venta deja de tener sentido —dijo Ruescas, aliviada.

—No. Entonces la venta tiene menos sentido del que tenía a las nueve de esta mañana y sigue siendo la recomendación.

Miré a Álex por primera vez desde que había empezado a hablar.

—Usted me está describiendo mayo. Los abonos, el descenso, los derechos, el club roto en primavera.

Todo eso es probable y todo eso es horrible, y yo lo voy a meter en el modelo porque es mi trabajo meterlo.

Pero es probable. Yo le estoy hablando del veinte de agosto, y el veinte de agosto no es probable: es una fecha.

Un club que desciende sigue existiendo, y a veces hasta sube.

Un club que no paga lo que vence deja de decidir sobre sí mismo en seis semanas, y lo decide un juzgado.

—Ya —dijo él.

—Su riesgo se puede jugar. El mío se cobra.

Él asintió. No como quien acepta. Como quien toma nota.

—¿Y si te traigo otra cosa?

—¿Qué otra cosa?

—Todavía no lo sé. —Se rio un poco, para dentro, y fue lo único que hizo en toda la reunión que me pareció de un hombre de treinta años—.

Pero si el problema es que hace falta dinero de verdad, y no solo caja, y resulta que esta ciudad lleva cien años pagando por este escudo sin que nadie le haya ofrecido nunca ser dueña de un trozo, igual el dinero está en un sitio en el que no habéis mirado porque no os cabe en la hoja.

—Los aficionados no son un instrumento de capital.

—Todavía no.

—Esto no es una asamblea de peña, Cuenca —dijo Sanchís.

—Ya lo sé, Miguel. En una peña, cuando alguien pregunta una cosa, se le contesta.

Sonia Vidal cerró el dossier. Cuando quiere terminar una reunión no levanta la voz: la baja.

—Álex.

—Sonia.

—El sábado tenemos junta general. Va retransmitida, porque este consejo aprobó en marzo que se retransmitiera para dar imagen de transparencia y ahora nos toca aguantarlo. —Hizo una pausa muy corta—. Si tienes algo, lo traes el sábado y lo defiendes tú. No mandes a nadie.

—Hecho.

—Y si el sábado no tienes nada, escuchas a la doctora Cifuentes hasta el final sin interrumpir.

—Eso ya lo he hecho hoy.

—Hoy has interrumpido tres veces.

—Tres veces con razón —dijo él, y recogió el móvil de la mesa.

Cuando llegó a la puerta se giró. No hacia mí; hacia la pantalla, que seguía con los treinta y cuatro millones proyectados en letra de cuerpo cuarenta sobre la pared.

—Una cosa más. —Señaló la cifra con la barbilla—. Ese número lleva ahí desde que he entrado. Cuarenta minutos.

—Cuarenta y tres —dije.

—Cuarenta y tres. —Sonrió sin ninguna gracia—. Es la primera vez en mi vida que veo lo que valgo escrito en una pared, y lo he visto en una sala en la que nadie ha dicho mi nombre en voz alta hasta que lo he dicho yo.

Se fue.

Sanchís soltó el aire por la nariz y dijo algo sobre lo susceptibles que son los jugadores, y Ruescas le contestó que si a él le proyectaran su precio en una pared también se pondría susceptible, y Sanchís dijo que a él nadie le pagaría treinta y cuatro millones, y Ruescas dijo «exacto», y ahí se terminó el consejo.

Sonia me pidió el anexo del patrocinador para las cinco de la tarde y Sanchís descubrió que su bolígrafo sí escribía.

Cuando se vaciaba la sala, Sonia se acercó a la mesa donde yo estaba recogiendo el mando, el portátil y el cable, en ese orden, que es el orden en el que se recogen las cosas cuando lo que quieres es no salir todavía.

—Doctora.

—Dígame.

—¿Usted cree que traerá algo el sábado?

—Creo que va a traer algo. No creo que sirva.

—¿Y si sirve?

—Entonces me habré equivocado, y tendré cuarenta y dos días para corregirme, que es más de lo que suelo tener.

Sonia se quedó un momento con la mano en el respaldo de una silla.

—Mi padre compró este club en el setenta y nueve con el dinero de las obras —dijo—. Yo lo he tenido dieciocho años. —Empujó la silla hacia dentro—. No pienso ser la que lo pierde, doctora. Pero tampoco pienso ser la que finge.

Se fue detrás de los demás.

Tenía razón en las tres. Y en la cuarta, la que no había preguntado.