La empollona y el crack
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1. Catorce coma dos
—No son sesenta y cuatro millones —dije—. Son sesenta y cuatro coma tres.
Miguel Sanchís movió la mano como se espanta una mosca a mediodía.
—Sesenta y cuatro, sesenta y cinco. A estas alturas, doctora.
—Trescientos mil euros de diferencia. Trescientos mil euros son once sueldos completos de esta casa durante un año. Ninguna de esas once personas está sentada a esta mesa.
Sanchís volvió a su bolígrafo. Llevaba veinte minutos sin escribir nada con él, pero lo movía mucho.
La sala del consejo del Atlético Bahía está en la planta noble, tiene las ventanas selladas por el ruido de los días de partido y un aire acondicionado que aquella mañana llevaba dos horas puesto a veintiuno sin conseguir bajar de veintiséis.
Olía a moqueta caliente y a un ambientador de cítrico que alguien había pulverizado poco antes de que llegáramos.
Once personas alrededor de una mesa ovalada demasiado grande para once personas, que es lo que ocurre cuando un club compra los muebles en un año bueno.
La mesa tenía dieciocho sitios. Los siete vacíos estaban todos en el mismo lado, y la gente se había apiñado en el otro sin darse cuenta, que es un dato que yo miro siempre y que casi nunca miento.
Al fondo, la pantalla con mi tercera diapositiva y el ventilador del proyector, que era el único que hacía ruido.
En la cabecera, Sonia Vidal, con el dossier delante y sin abrir. Lo supe porque las esquinas seguían cuadradas. Nadie lee cuarenta páginas sin doblar una esquina.
Y en el extremo opuesto, en la silla que quedaba más lejos de la pantalla, el capitán.
Había llegado el último y no había pedido perdón por llegar el último. Se sentó, saludó a tres personas con la barbilla, dejó el móvil boca abajo sobre la mesa —lo cual me pareció, en ese momento, una cortesía innecesaria— y no dijo absolutamente nada durante los primeros veintidós minutos.
Yo llevaba tres semanas trabajando en aquel expediente y aquella era la primera vez que lo veía en persona. Me lo habían descrito cuatro personas distintas de la propia casa y las cuatro descripciones eran mejores que la realidad, que es lo que pasa con la gente muy conocida.
Llevaba veinte minutos hablando y todavía no había dicho la cifra que importaba. La dije entonces.
—Catorce coma dos.
Esperé los dos segundos que necesita un número para pesar lo que pesa.
—No es la deuda. La deuda es un problema de años y se puede refinanciar, y hablaremos de eso en la página treinta y uno. Catorce coma dos millones es lo que vence antes del veinte de agosto y no admite conversación.
Puse el desglose.
—Cuatro millones de un crédito puente que ya se ha renovado dos veces y no se va a renovar una tercera, y no se va a renovar porque el director de la oficina que lo renovó las dos veces se jubiló en abril.
Alguien se movió en su silla.
—Tres coma cinco de proveedores. De esos, dos tienen sentencia firme y cuatro están a punto de tenerla.
Uno de los que tienen sentencia es una empresa de jardinería de esta ciudad con nueve empleados a la que este club le debe ciento ochenta mil euros desde hace catorce meses.
La conozco porque he hablado con el dueño el lunes.
—¿Ha hablado usted con un proveedor? —dijo Sanchís.
—He hablado con seis. Es lo primero que se hace.
—Eso puede alarmar.
—Ellos ya están alarmados, señor Sanchís. Los alarmados son ustedes desde el lunes.
Sonia Vidal levantó la vista por primera vez.
—Siga.
—Y el resto son obligaciones con otros clubes por fichajes de hace dos veranos. Aquí figuraban como «pagos aplazados». Un pago aplazado con fecha vencida es deuda, y llamarlo de otra manera durante dos ejercicios no cambia lo que ocurre cuando llega el día.
Amparo Ruescas, que llevaba nueve años en aquel consejo y que fue la única que se leyó las cuarenta páginas, dijo desde el fondo:
—Esos los firmó la anterior dirección deportiva.
—Sí. Los firmó ella y los paga usted. Así funciona.
Pasé a la cuarta.
—Hay una segunda cifra y es la que va a decidir el mes de agosto, porque la primera decide si el club existe y la segunda decide si compite.
El proyector hizo ese chasquido que hacen los proyectores.
—El coste de la plantilla de este club está unos siete millones por encima del límite que puede validar la liga. Eso no es una multa ni una advertencia ni un toque de atención: es una puerta cerrada. Mientras siga así, hay cuatro fichajes de este verano que no pueden inscribirse.
—¿Los cuatro? —dijo Ruescas.
—Los cuatro. El central, el lateral, el mediocentro y el chico del Almería. Han firmado, están entrenando, cobran desde el uno de julio y no pueden jugar un minuto oficial.
—Eso se arreglará.
—Se arreglará el día que haya margen. Hoy no lo hay.
Y añadí lo que no venía en la diapositiva.
—Y hay una renovación firmada de palabra en abril que tampoco puede registrarse.
—La de Nico —dijo el capitán.
Fue lo primero que dijo. Habían pasado veintidós minutos. No lo miré. Cambié de diapositiva.
—La de Nico Rey. Correcto.
—¿Y él lo sabe?
—Eso no me corresponde a mí.
—Ya. —Se recostó—. Perdona. Sigue.
Sanchís hizo un ruido con la nariz que en aquella sala significaba «un jugador acaba de interrumpir». Sonia no lo miró y él dejó de hacerlo.
La quinta diapositiva era la que me habían contratado para enseñar y tardé cuatro minutos en llegar a ella porque quería que primero estuvieran incómodos.
—Los bancos van a pedir tres cosas a la vez y no negocian el orden.
La primera, los catorce coma dos cubiertos antes del cierre.
La segunda, ocho millones anuales de ahorro estructural firmado, no prometido: contratos con firma, no un plan.
Y la tercera, capital nuevo de verdad. Dinero que entre en el patrimonio de esta sociedad y se quede.
—¿Cuánto de la tercera? —dijo Ruescas.
—Todavía no lo han puesto por escrito. Cuando lo pongan, no les va a gustar.
—¿Y si arreglamos dos de tres?
—Entonces no es un plan. Es un aplazamiento con papeleo.
Puse la sexta.
—Hay una oferta firme de un club inglés por Álex Cuenca. Treinta y cuatro millones fijos. Sin variables, sin porcentajes de una futura venta, sin cesiones cruzadas, sin pagos a tres años. Fijos.
Y ahí se movió la sala.
Se movió de verdad, físicamente. Sanchís se echó hacia atrás y la silla hizo ruido.
Ruescas se quitó las gafas. Un consejero al que no había oído hablar en toda la mañana dijo «hostia» en voz baja y luego pidió perdón a nadie en concreto.
Otro se rio, una sola vez, de esa manera con la que se ríe la gente cuando le dicen una cifra que no esperaba, y se calló él solo.
El único que no se movió fue el que estaba escrito en la pantalla.
—Estás hablando de vender al capitán —dijo Ruescas, con voz de estar defendiendo algo delante de un tribunal.
—Estoy hablando de la única operación disponible que arregla las tres cosas a la vez, que es distinto.
—Explíquemelo —dijo Sonia.
Lo expliqué de pie, porque cuando lo explico sentada la gente cree que estoy pidiendo permiso.
—Si un club vende un jugador que le costó dinero, una parte del precio no es beneficio: es recuperar lo que se pagó por él.
Se llama valor contable y es lo que queda por amortizar de aquella compra.
—Dibujé una línea en el aire, que es una tontería que hago—.
Álex Cuenca entró en esta cantera con quince años.
Nadie pagó nada por él. En los libros de esta casa vale prácticamente cero.
—Eso ya lo sabemos —dijo Sanchís.
—No lo saben, porque si lo supieran no habrían pasado dos años pidiendo un crédito puente.
Significa que casi cada euro que pague el comprador entra directamente como beneficio del ejercicio, y el beneficio del ejercicio sube el patrimonio.
Es la única fuente de capital nuevo que tiene este club sin pedirle dinero a nadie.
—Y el salario —dijo Sonia, que había abierto el dossier por fin, y por la página correcta.
—Seis coma ocho millones anuales de coste total.
Desaparecen del límite el día que firma.
Con eso y con un millón doscientos mil de estructura, intermediación y comisiones que llevo dos semanas peinando, tenemos los ocho de ahorro.
Y el margen que se libera permite inscribir a los cuatro y registrar la renovación de Rey.
Cerré el mando.
—Es desagradable. No es irracional. Un club sin caja en agosto no llega a septiembre por muy querido que sea su capitán.
Hubo unos segundos en los que nadie dijo nada y en los que se oyó el ventilador del proyector.
Y entonces habló él, y no lo hizo como yo esperaba.
Yo esperaba una escena. Llevo doce años en esto y he visto a cuatro directores generales, un obispo y una viuda romper una mesa antes que aceptar un número.
He visto a un consejero delegado tirar una carpeta contra una pared y he visto a un hombre de sesenta y cuatro años echarse a llorar delante de sus hijos en una sala como aquella.
Lo que hizo Álex Cuenca fue levantar dos dedos, como en el colegio, y esperar a que Sonia asintiera.
—¿Puedo preguntar una cosa?
—Pregunte.
—Tres, en realidad. —Se incorporó. Apoyó los antebrazos en la mesa—. La primera es fácil. ¿Habéis metido en esa hoja lo del contrato de la marca?
—¿Qué contrato de qué marca?
—El patrocinador principal. El del pecho.
—Señaló su propio pecho, por si acaso—. Cuando lo renovaron hace dos años me metieron a mí dentro.
Yo firmé un anexo. Sesiones de fotos, apariciones, una gira de pretemporada.
Y hay una parte que dice que si yo dejo de estar, ellos pueden pedir revisión del precio.
Miré a Sanchís, que era el que tenía que saberlo.
Sanchís miró el bolígrafo.
—¿Señor Sanchís?
—Habría que verlo.
—¿Existe ese anexo?
—Existir, existe.
—¿Lo tiene usted?
—Lo tendrá el departamento jurídico.
—Lo quiero a las cinco de esta tarde. —Lo apunté en papel, delante de todos, porque hay cosas que solo cuentan si se hacen mirando—. Siga.
—La segunda. ¿Cuántos abonos van renovados?
—A día de hoy, el sesenta y uno por ciento.
—¿Y el año pasado a estas alturas?
—Setenta y cuatro.