La difunta Irene Adler 40EL PRECIO
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EL PRECIO

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Los titulares tardaron un día en encontrar el tono y una semana en agotarlo: LA ADLER. LA MUJER QUE CAZÓ A SU MARIDO MUERTO. LA DIVA Y EL RESUCITADO. LA VOZ QUE ATRAPÓ AL DIABLO EN CERA.

Mi cara apareció grabada en tres periódicos, dos de ellos favorecedores, lo cual era casi peor.

En mi esquina del estanco floreció un corro permanente de curiosos que miraban mi mirador como se mira una jaula con la fiera dentro.

Un empresario de variedades me ofreció cien libras semanales por cantar la plegaria «con reconstrucción del crimen»; le contesté remitiéndolo a mi abogado y le di la dirección de Newgate.

Llegaron cartas por sacos: proposiciones de matrimonio, insultos con faltas, peticiones de autógrafo sobre esquelas.

Y llegaron tres cartas sin firma, en papel excelente, con caligrafías distintas y el mismo recado educado: los muertos del Círculo tenían primos con clubes, y los clubes tienen memoria larga y escaleras oscuras.

Pero no fueron los primos. Fue lo otro.

Yo he vivido siempre de mirar sin ser mirada: es mi oficio verdadero, el que sostiene a todos los demás.

Londres me había vuelto del revés como a un guante.

La señora Norton de Bloomsbury, la que compraba violetas de invernadero y escuchaba mercados, había muerto la madrugada del trece con más eficacia que si Godfrey hubiera acertado con el jerez.

Lo que quedaba era un monumento con mi cara, y los monumentos no pueden hacer preguntas, ni dar clases en paz, ni cruzar un mercado sin cortejo.

Una noche de la semana de Navidad me quedé a solas con el metrónomo.

Llevaba dos meses y medio marcando su compás paciente, desde la noche en que le di cuerda con un recorte de periódico en el cajón. Lo miré funcionar un rato. Después lo paré con un dedo.

La cuenta atrás había terminado. Lo que empezaba ahora era otra clase de tiempo, y se mide en millas.

Los convoqué el veintisiete, en mi salón, con la tetera en el centro por última vez.

—Voy a morirme —dije—. La semana que viene, si a los presentes les viene bien.

Marta siguió sirviendo el té sin que le temblara el pulso, porque Marta lo había entendido antes de que yo abriera la boca; las madres sin tumbas entienden rápido de desapariciones. Crane se atragantó con method. Merrick dejó su taza con un cuidado de artificiero.

—Me está pidiendo que falsifique una defunción —dijo.

—Le estoy pidiendo que llegue tarde a un certificado. Ya tiene práctica en llegar tarde a tiempo.

Se frotó la cara con las dos manos, que es su manera de rezar.

—Conozco un médico en Finsbury —dijo al fin, con la voz de quien firma su segunda prevaricación con la tinta de la primera— que me debe algo mejor que dinero.

Repartí la función como se reparte un programa: una recaída pulmonar, verosímil en una contralto que cantó en diciembre con la sala llena de corrientes; boletines médicos de gravedad creciente; cuarentena que ahorrara visitas; un certificado; un ataúd con arena y partituras viejas, que es peso honrado de contralto.

—¿Y yo? —dijo Crane, que llevaba un rato masticando el ala de su sombrero.

—Usted, señor Crane, va a cobrarse por fin todas sus amenazas: escríbame la necrológica. La mejor de su carrera.

—¿En qué tono?

—Verídico. Es el único que no sé imitar.

Se quedó mirándome con esa cara suya de archivo ardiendo, y preguntó bajito, solo para los dos, la única pregunta que importaba:

—¿Y el «todavía»?

—El «todavía» se viene conmigo en el equipaje —dije—. Sin dirección de entrega.

Quedaba Marta. Puse ante ella los papeles que el notario había preparado por la mañana.

—La casa queda a nombre de Marta Kowalska. Con lo de dentro.

—Yo no quiero...

—Usted no quiere. Por eso.

Marta miró los papeles, miró la tetera, me miró a mí con los ojos ganando por fin, después de tantos años, su guerra particular.

—Pondré flores por turnos —dijo—. En la colina cabe una más.

Brindamos con té: los conspiradores serios brindan así. Y antes de que se fueran, con Londres nevando al otro lado de mi mirador, les dije la única verdad completa de aquella velada:

—Toda gran función necesita un mutis.