39EL RESUCITADO
EL RESUCITADO
— · —
Subí a por Marta con la llave que él había dejado puesta, porque hasta para encerrar era ordenado.
La encontré de pie en mitad de su cuarto, con el atizador en la mano y los ojos secos, lista desde hacía una hora para cualquiera de los dos finales. Me miró, miró por encima de mi hombro hacia la escalera, y bajó delante de mí con la espalda de los días de plancha.
En el recibidor se cruzaron. El hombre que ahogó a su hijo, entre dos agentes, y la madre con el atizador todavía en la mano.
Godfrey Norton sostuvo aquella madrugada todas las miradas de Inglaterra menos una, que era polaca y no necesitaba palabras.
Fue la única vez en toda la noche que lo vi bajar los ojos.
Resucitar a un muerto es, sobre todo, un trámite.
El fiscal escuchó la cera dos veces y pidió una tercera con las ventanas cerradas.
El cilindro de mi salón, con su susurro de aguja y su voz de caballero explicando venenos, flores y confesiones falsificadas, entró en el sumario escoltado como una reliquia, entre juristas que no sabían si estaban ante una prueba o ante el fin del mundo.
Los precedentes, les dije una vez a todos, se estrenan.
El resto llegó por su propio peso, que era mucho.
La copa intacta de mi mesa: digitalina, la misma escritura química que apagó al maestro Brandt; y en el chaleco del detenido, un frasquito de viaje con el resto.
La carta con mi letra que no era mi letra, desmontada por dos peritos calígrafos con auténtico placer profesional.
El copiador de papel cebolla que no sabía que su dueño había muerto.
Los informes de «R.», que resultó ser un ex sargento con oficina en Holborn y cantó a la segunda taza de té.
La lista de Aniela, descosida de mi corpiño delante del juez de instrucción, con su letra redonda de dictado leyéndose a sí misma trece años después.
El frasco de vetiver, que no sabía mentir.
Y un certificado de defunción italiano anulado por la vía rápida, que es la más lenta de todas.
Cargos: dos asesinatos, dos tentativas, conspiración, falsedad. El proceso quedó fijado para la primavera. Declaré ante el juez por extenso y con fechas, todo lo mío incluido, porque los testigos que callan ya habían salido demasiado caros en esta historia.
Cuando los peritos terminaron con el devocionario, Merrick lo trajo a casa en persona, envuelto en su propio pañuelo, y se lo puso a Marta en las manos sin decir una palabra, porque hay diligencias que no vienen en los reglamentos.
Marta lo abrió sobre el mantel de la cocina. Pasó las páginas despacio, con dedos de contar puntadas.
—Quedan tres —dijo—. Tres veranos. —Cerró el libro y se lo guardó contra el delantal—. Me los llevo a la colina.
Fui a Newgate dos días antes de Nochebuena, con un pase de Merrick y la conciencia de estar haciendo algo que ningún médico me habría recetado.
Newgate huele a piedra que suda y a tiempo mal empleado. Me llevaron a una sala con una mesa y dos sillas que habían oído de todo, y al cabo lo trajeron a él, con hierros discretos y el traje todavía ganándole la partida a la cárcel.
—Querida. —Se sentó como se sienta en un club—. Te esperaba antes.
—Tenías otras visitas. Peritos, fiscales.
—Gente monótona. —Hizo un gesto de espantar moscas con las manos encadenadas—.
Un cilindro de feria y la lista de una niña muerta.
Tengo abogados que desayunan cosas peores.
—Pero se le veía, por primera vez, el trabajo de sonreír: la sonrisa del álbum pesaba ya como un mueble que hay que subir a pulso.
Hablamos poco. Con nosotros, lo importante siempre cupo en poco.
—¿Sabes por qué nunca te maté antes? —dijo al fin, inclinándose sobre la mesa cuanto le dejaron los hierros, con una suavidad que era su última arma entera—.
Tuve doce años y mil ocasiones. Casa, sueño, viajes.
Nunca pude. Eras lo único de mi vida que no había comprado, Irene.
Lo único. Un hombre necesita una posesión que no sea suya para creerse rico.
Le contesté con una sola frase.
Era mentira, y era la mentira más cara que he dicho en mi vida entera de mentirosa profesional. No la voy a escribir todavía: las deudas de este libro se pagan por orden, y esa es la última.
Después me levanté, llamé al guardia y salí de Newgate sin volverme ni una vez. Es lo único que había ensayado de aquella visita.
Salió perfecto.