38EL TERCER ACTO
EL TERCER ACTO
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Hay un truco para no gritar cuando el mundo lo pide: contar compases. Conté cuatro. Después entré en mi salón, me quité los guantes sin prisa y los dejé sobre la caja tapada con el chal, junto al mirador, como quien deja los guantes en cualquier parte.
—¿Dónde está Marta?
—A buen recaudo. —Godfrey señaló el techo con la barbilla, sin dejar de sonreír—.
Arriba, con sus santos y su cerradura. Las madres son puntuales, ¿lo sabías?
Llegó antes que tú y me abrió la puerta con la cara de quien lleva años esperando abrírmela.
Valiente mujer. Compórtate esta noche y mañana estará bordando.
Arriba, muy lejos, algo golpeó una vez contra el suelo, como confirmando.
—Siéntate, Irene. —Me tendió una de las copas—. Tenemos un acto entero por delante y el jerez es el bueno, el de tu boda. Guardé dos botellas. Soy sentimental con método.
Me senté en mi butaca de siempre, la del mirador, con la copa en la mano y el tobillo rozando, bajo la alfombra, un cordón que no era de la alfombra. La calma es la única arma que ese hombre respeta. Se la di entera.
—Estás vivo.
—Estoy práctico. —Se sentó frente a mí, cruzó las piernas, paladeó su jerez—. Muerto se trabaja mejor: sin correo, sin clientes, sin viuda. Sin ánimo de ofender.
—Como.
—Un bote de remos, un ancla pequeña y un traje que no me gustaba. —Le brillaron los ojos—. Tú lo escribiste mejor: los lagos se lo quedan todo, como los buenos abogados. Leo cuanto publicas, querida. Hasta lo que no firmas.
Hablamos. Es decir: yo pregunté y él ofició, porque a los hombres como Godfrey no se les interroga: se les da público.
Y yo llevaba una semana ensayando mis preguntas, por un motivo que contaré a su hora, así que se las fui sirviendo por orden, como se sirven los platos de un banquete que acaba en cuenta.
Le pregunté por Varsovia, y Varsovia llegó entera, con la voz templada del que dicta un testamento ajeno.
—La niña era un problema de aritmética. Papeles, fechas, un periodista de Cracovia con el precio puesto.
Se le ofreció dinero serio. Lo rechazó. —Chasqueó la lengua, un gesto mínimo de contable—.
Nunca he vuelto a ver rechazar dinero así: sin teatro.
Los demás se asustaron. El coronel no. El coronel tenía manos de mandar cargas, y aquella noche, en lo alto de tu escalera, mandó una.
Yo no la toqué, Irene. Yo llegué después. Yo solo... redacté.
—Redactaste.
—El después. El forense, la casera, la corista.
Tú. —Inclinó la copa hacia mí, un brindis pequeño y obsceno—.
Tu declaración fue mi mejor cláusula: breve, verosímil, con firma ambiciosa.
El paquete de la niña lo leí aquella misma noche y lo quemé antes del alba.
Escribía bien, la pequeña. Con rabia de buena alumna.
Lo que no encontré nunca fue el índice. Doce años preguntándome dónde guardaba una corista muerta su letra pequeña.
Hasta que esta tarde tu doble fondo me olió a dedos recientes.
—Se inclinó apenas—. ¿Dónde está la lista, Irene?
—Cosida donde no llegan los maridos.
Se rio de verdad, y fue peor que todo lo anterior, porque era la risa que yo había querido durante dos años.
Le pregunté por mí, y me contestó como se lee un expediente amado.
—Te vigilé tres años y te amé dos. En algún punto se me cruzaron los libros; llevo desde entonces intentando cuadrarlos.
Eras el último testigo y eras, además...
—buscó la palabra con un cuidado que me heló— lo único de mi vida que no había comprado.
Casarme contigo fue mi única extravagancia contable. No la lamento. Ni siquiera esta noche.
Le pregunté por el traje de asesina que me había cosido, y lo enumeró con el placer del artesano.
—La cita de la agenda la escribió el propio Rothsay: le mandé un billete con tus iniciales, y los viejos apuntan sus citas con divas aunque no existan.
El guante y el pañuelo, tu lavandera: las prendas menores viajan sin ruido.
La policía rusa, dos telegramas y tres rublos; tu pensión de Chmielna, otros dos, buscando un medallón antes de saber que no te lo quitas ni para huir.
La violeta del espejo, un capricho: quería que supieras que alguien pensaba en ti.
La bandeja de tu camerino, esta noche, media corona: los teatros son porosos, querida; me lo enseñaste tú sin saberlo.
Siempre he pensado en ti, Irene. El montaje era la prueba: nadie viste tan bien a quien no ama.
Le pregunté por el muchacho.
—El instrumento. —Se encogió de hombros—.
Rabia de calidad, oficio con las cuerdas y una fe que lo afinaba solo.
Le mandé los nombres como se echa leña: por orden, con corriente y con su página de música dentro, cortada de los originales de aquella cena.
El muchacho no sabía leerla, y mejor: las reliquias se reparten con más fe cuando no se entienden.
Cuando empezó a preguntar quién componía, lo ayudé a ser coherente con su leyenda.
Los vengadores se ahogan, querida. Está en todas las novelas baratas.
—Le sujetaste las muñecas.
—Le ahorré la duda. Es lo más parecido a la piedad que practico.
Le pregunté por el maestro, y bostezó la respuesta.
—Digitalina en el tónico. Los viejos beben tónicos como los teatros venden entradas: por miedo a quedarse vacíos.
Sus memorias no existían, ¿lo sabías? Registré su equipaje, su pensión, su vida: nada.
Escribía cartas amenazando con escribir.
Un chantajista de género epistolar. —Un pliegue de fastidio, el primero de la noche—.
Y sin embargo tu gacetilla decía... En fin.
Por eso he venido, entre otras cosas. No soporto un papel que no he leído. Es mi única superstición.
—¿Y el fonógrafo del teatro? —pregunté, con la voz más inocente de mi repertorio—. ¿No te dio miedo cantarle todo esto a la cera?
—¿El juguete del coronel? —La risa fue ahora indulgente, casi tierna—. Lo anunciasteis en los periódicos, querida. Enseñar la mano: nadie vigila la mano que le enseñan. Bonito truco. ¿De verdad creías que ibas a enseñármela a mí?
Y dicho esto, a un metro de la caja tapada con un chal, mi marido fue a servirse el segundo jerez de la noche.
Después llegó su tercer acto, y lo desplegó sobre mi mesa con el orden de un ajuar.
Primero, la carta. Dos pliegos con mi letra —mi letra, con sus enlaces, sus mayúsculas de cartel, mi rúbrica ambiciosa— confesando cinco crímenes con una prosa sobria y desesperada, muy superior a la que yo habría usado. Leí mi propia confesión falsa con una admiración que me dio náuseas.
—Doce años copiándote la mano —dijo, modesto—. Los maridos atentos hacemos esas cosas.
Después, el devocionario. Lo puso junto a la carta, gastado y blando, y de entre sus páginas contó sobre el mantel, una a una, seis violetas prensadas.
—Dos, tres, cuatro, cinco... y seis para la diva. La contabilidad, cerrada. —Acarició la tapa con dos dedos—. La niña prensaba bien. Hay que saber reconocer el oficio ajeno.
Y por último, la música. Los compases finales de la plegaria, en la letra de araña de Pan Karol, doblados con esmero de esquela.
—El aria se acaba contigo, querida. Siempre fue tuyo el final: yo solo te lo he ido guardando.
—Señaló mi copa con la suya—. Bebe. El jerez de tu boda, tu confesión, tus flores, tu música.
Y dentro de la copa, la paz: digitalina de la buena, la del maestro.
El corazón se para como un metrónomo educado.
Nadie ha cuidado nunca tanto un estreno.
Mañana Londres llorará a su asesina con el corazón roto y las entradas agotadas, y yo volveré a mi lago.
Los muertos, ya lo ves, somos la gente más ordenada del mundo.
Levantó su copa.
—Por el tercer acto —dijo.
Me levanté con la mía, y al pasar junto a la lámpara del mirador, que silbaba su gas de siempre, la bajé y la subí dos veces, domesticando la llama con ese gesto de ama de casa que ningún hombre ha mirado jamás.
Después me acerqué a él para el brindis, con el abanico de la gala colgando aún de la muñeca izquierda.
Dos gestos de abanico. Uno de escote.
Marlowe no lo notó en octubre. Mi marido no lo notó en diciembre. No lo nota nadie. Nunca.
—Por el tercer acto —dije, con su copa en mi mano y la mía en la suya, y bebí un sorbo del jerez de mi boda, que estaba, en efecto, muy bueno.
Godfrey se llevó su copa a los labios.
Y mi tobillo, bajo la alfombra, tiró del cordón que no era de la alfombra.
Ahora puedo contarlo. La caja del chal era la hermana gemela del juguete del coronel, con su cilindro de cera virgen y su resorte dado desde la tarde, frenado por un pasador atado a un cordón que moría en la pata de mi butaca.
Un cilindro guarda tres minutos escasos.
Tres minutos, bien preguntados, bastan para ahorcar a un hombre, y yo llevaba una semana ensayando mis preguntas y la última media hora sirviéndoselas en el orden exacto: el freno saltó cuando él desplegaba su ajuar, y la cera se llevó grabados el veneno, la carta, las flores, la música y el brindis. La cera recuerda.
Y Merrick, que el jueves había ensayado conmigo, a solas, la única entrada difícil de su carrera —la de llegar tarde a tiempo—, subía desde la señal de la lámpara por el patio de la cocina, con dos hombres y un periodista cojo que había jurado no perdérselo.
La puerta de la cocina no hizo ruido.
Merrick, sí.
Lo que siguió duró menos que un compás de tres por cuatro: la copa de Godfrey detenida a un dedo de su boca, los dos agentes cerrando como cierra el telón, Crane en el umbral con sus costillas y sus ojos de crónica, y arriba, por primera vez en toda la noche, los golpes de Marta llamando a la vida con los nudillos.
Godfrey no forcejeó. Los hombres como él no forcejean: recalculan.
Dejó la copa en la mesa con un cuidado exquisito, se dejó poner los hierros como se deja poner un gemelo el que tiene ayuda de cámara, y paseó por mi salón una mirada de inventario: la carta, las flores, la música, la caja destapada donde el cilindro apuraba su última cera con un susurro de aguja paciente.
—Bonito montaje, querida —dijo—. Digno de mí.
Y sonrió con toda la paciencia del mundo, la sonrisa del álbum, la del altar, la de la butaca once que nunca llegó a estrenar.
—Pero ningún jurado condena a un muerto.