La difunta Irene Adler 37CARRERA EN LA NIEBLA
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37CARRERA EN LA NIEBLA

CARRERA EN LA NIEBLA

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Londres, a medianoche y con niebla, es un teatro con la sala inundada.

El callejón de la puerta de artistas estaba vacío.

El agente que fumaba sin tragarse el humo ya no fumaba en ninguna parte.

Silbé la señal convenida en la esquina convenida y me contestó la niebla.

Todo lo que podía fallar estaba fallando, con una puntualidad que en otro momento me habría parecido sospechosa y que en aquel solo me pareció el fin del mundo.

Paré un cab de un manotazo, como se para el destino.

—Bloomsbury. Great Russell Street.

—Señora, con esta niebla...

—La niebla corre menos que usted si le pago el doble.

Corrimos. Los faroles pasaban como ahogados con lámpara, un linkboy cruzó delante vendiendo su antorcha a gritos, y yo iba en el asiento con el vestido de gala arrugado en los puños, haciendo la aritmética del miedo: Marta me llevaba veinte minutos.

Veinte minutos son una vida. Veinte minutos no son nada.

Las dos cuentas daban lo mismo y las dos daban terror.

Mi calle apareció en la niebla como una fila de casas jugando a no estar.

La lámpara de mi mirador ardía alta y tranquila. Todo en orden, decía. Mentía con mi propio código, y ni siquiera lo sabía: hay hombres que corrompen hasta las señales que ignoran.

La puerta de la calle estaba entornada.

Entré en mi propia casa como se entra en un escenario ajeno: con la espalda recta y las manos frías. El recibidor, a oscuras. El pasamanos, con el chal de Marta doblado encima con un cuidado que no era suyo: las esquinas casadas, los flecos peinados. Doblado por unas manos que ordenan lo que tocan.

En el salón había luz baja, un ruido pequeño de cristal, y un olor que reconocí antes que ninguna otra cosa, porque llevaba tres meses persiguiéndome desde un armario y un mortuorio: jerez bueno y vetiver. Mi salón olía a esquela cara.

Empujé la puerta.

Estaba de pie junto al aparador, de espaldas a medias, sirviendo dos copas con el pulso de quien nunca ha derramado nada en su vida.

El bastón del puño de plata descansaba contra mi chimenea como si siempre hubiera vivido allí.

Nueve meses de muerte le sentaban espléndidamente: más plata en las sienes, administrada; el mismo traje de hombre que no espera a nadie; la misma manera de ocupar una habitación sin pedírsela a la habitación.

Se volvió con las dos copas llenas y me sonrió con la sonrisa del álbum, la que espera a que el mundo termine de equivocarse.

—Llegas tarde, querida —dijo mi difunto marido—. Como a Como.