La difunta Irene Adler 36LA GALA
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36LA GALA

LA GALA

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La noche del doce de diciembre, el Royal Opera House encendió su araña entera, y dos mil llamas de gas ardieron a la vez como un incendio educado.

Desde el rincón de bastidores donde una espera lo que no se puede ensayar, vi llegar al público: carruajes escupiendo pieles y diamantes, la marea del patio subiendo entre terciopelos, los palcos llenándose de gente que venía a la caridad como se viene a la caza: por la pieza.

La ciudad entera había comprado su localidad para ver resucitar a la Adler, y la Adler, entre dos telones, contaba policías.

Los conté todos. Los dos de librea del vestíbulo, con las bandejas demasiado quietas.

Los dos de paisano de los pasillos, aburridos con método.

El de la puerta de artistas, que fumaba sin tragarse el humo.

Y Merrick, al fondo de la platea, de negro civil, quieto como un cochero de funeraria y con los ojos en todas partes.

La butaca once de la fila tres era un diente ausente en la sonrisa del patio.

Vacía. Roja. Paciente.

El fonógrafo del coronel Gouraud fue presentado a la concurrencia antes del segundo número, con discurso y aplausos: la maravilla del siglo, la voz cazada para la eternidad, el cilindro de cera girando en su concha junto al apuntador.

Todo el mundo lo miró. Nadie lo vigiló. Los magos tenemos razón una vez más, pensé, y me toqué el corpiño, donde Marta había cosido esa tarde, con puntadas de aguja que ya eran nuestra caligrafía común, un papel de cebolla doblado en ocho.

Clara cantó su romanza en el cuarto lugar del programa, con el broche de su madre al pecho, recién desempeñado, y la sala, que no sabía nada, aplaudió a las dos mujeres que no veía.

Al salir se cruzó conmigo entre bastidores, encendida y despeinada de gloria pequeña, y me apretó la mano sin protocolo. Hay relevos que se firman así.

Después el maestro atacó mi introducción, y el teatro entero hizo ese silencio antiguo que no se compra: el de dos mil personas dejando de existir por cortesía.

Salí a la luz.

No voy a describir la ovación de la entrada, porque no era para mí: era para una leyenda con mi cara, y las leyendas no pagan deudas. Esperé a que se apagara, busqué con los ojos la fila tres —el diente seguía ausente—, respiré donde ríen y canté.

Canté la plegaria de Halka como se paga: entera, despacio y de cara al acreedor.

No la canté mejor que ella. La canté después que ella, que es lo único que me estaba permitido, y en los compases últimos dejé que la voz llevara puesto todo lo que llevaba puesto: Varsovia, el río, la escalera, el papel firmado, doce años de metrónomo parado.

El teatro no supo qué estaba oyendo. El teatro no tenía por qué saberlo.

Aquella aria iba dirigida a una butaca de la fila diez de otro teatro y a una lápida pequeña de una colina del norte, y de propina, a un solo par de oídos que no habían venido a recogerla.

Porque cuando cayó el último calderón y la sala se vino abajo, la butaca once seguía vacía.

Saludé tres veces con el corazón en los tobillos.

La gente lloraba, que es lo que hace la gente cuando una llora por dentro con técnica suficiente.

Y yo, entre reverencia y reverencia, solo podía pensar una cosa, con una claridad que helaba: si no ha venido a verme cantar, es que está viendo otra función.

Llegué al camerino con los aplausos todavía golpeando los pasillos como una tormenta encerrada.

Marta no estaba. Había salido a por agua caliente dos números antes, me dijo la vestidora de al lado, y no había vuelto.

Sobre mi tocador, entre los polvos y las horquillas, había tres cosas que no eran mías y una que sí.

Un ramo de violetas frescas, de invernadero, atadas con bramante.

Mi medallón, con su cadena, que yo había dejado aquella tarde en Bloomsbury, en un escondite que solo conocían mi escritorio y yo.

Lo abrí con dedos de hielo: el doble fondo estaba a la vista, abierto, vacío.

Como yo lo había dejado. Él ya sabía que estaba vacío.

El mensaje no era el robo: era la visita.

Y una tarjeta, sin sobre, escrita a mano. Una letra que yo conocía de márgenes de contratos, de listas de equipaje, de una firma en un registro parroquial de Santa Mónica. Una letra que llevaba nueve meses muerta.

«Tercer acto: en casa.»

Miré el acerico de Marta, quieto en el tocador con todos sus alfileres puestos. Marta nunca deja los alfileres.

Marta había visto llegar la bandeja. Marta había leído antes que yo, o no había necesitado leer. Y Marta, que pidió estar cerca y mirar, había salido delante de mí hacia la única casa del mundo donde esta noche no debía entrar nadie.

Cogí la nota, cogí el medallón, me eché el abrigo del forro gordo sobre el vestido de gala y salí corriendo por donde salen los tramoyistas y los escándalos, dejando atrás mi nombre coreado por dos mil personas que aplaudían a una mujer que ya no estaba allí.