La difunta Irene Adler 35AJEDREZ
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El consejo de guerra se celebró el jueves en mi salón, con la tetera de Marta en el centro y la segunda caja escuchando desde el mirador, tapada con un chal, como una invitada a la que nadie presenta.

Merrick llegó con la butaca once metida entre ceja y ceja.

—Lo detenemos en la puerta —dijo—. Compra la localidad con su nombre, entra con su cara: obstrucción, usurpación, lo que haga falta. Veinticuatro horas de calabozo dan para muchas preguntas.

—¿A nombre de quién extiende usted la orden, inspector?

—Serví el té, porque las objeciones entran mejor con azúcar—.

¿«Deténgase al difunto Godfrey Norton»? El primer juez se le ríe.

El segundo lo entierra a usted. Ese hombre lleva nueve meses legalmente ahogado y doce años profesionalmente impune: tiene certificado de defunción, albaceas y jurisprudencia.

Nosotros tenemos un perfume, un copiador que cualquier abogado de tres guineas llamará falsificación, y una lista de mil ochocientos setenta y ocho firmada con una inicial.

—Tenemos motivo, ocasión y patrón.

—Y él tiene la mejor coartada del imperio: está muerto.

—Dejé la taza—. No, inspector. A un muerto no se le detiene.

A un muerto se le hace hablar delante de testigos, con su voz y sus verbos, hasta que esté tan vivo que no le quede más remedio que ser culpable.

Necesitamos la confesión. Todo lo demás es decorado.

Repartí los papeles igual que un programa de mano.

Merrick y seis hombres de su confianza —de su confianza, no del escalafón: para el escalafón, el caso seguía encuadernado con su lazo—, de librea y de paisano, dentro del teatro: dos en el vestíbulo, dos en los pasillos de platea, uno en la puerta de artistas, uno flotando.

Sin tocar la butaca once: mirarla como se mira el mar, de lejos y por si acaso.

Crane, en el gallinero, con los gemelos de su padre y órdenes de no bajar bajo ningún concepto, que fue exactamente como decirle que afilara el lápiz.

El fonógrafo de la gala, en su concha del apuntador, girando durante mi aria a la vista de todo el mundo, porque lo anunciado no se sospecha.

—¿Y después del aria? —preguntó Merrick—. ¿Cuando él venga a buscarla, si viene?

—Después del aria, yo estaré en mi camerino, sola y accesible, con la puerta mal cerrada. Los camerinos son confesionarios con mejor luz. Si quiere hablar, hablará allí.

—¿Y si no entra? Usted misma lo dijo una vez: ese hombre...

—Godfrey nunca entra por la puerta que le abres. —Asentí—. Lo dije y lo sostengo.

—¿Entonces?

—Entonces le abriremos esta puerta con mucho ruido —dije— y vigilaremos todas las demás.

Merrick me estudió por encima de la taza, con esa paciencia suya de humedad, y no preguntó más delante de Crane.

Lo que hablamos él y yo a solas, más tarde, cuando el salón se quedó sin periodista y la lámpara del mirador aprendió una señal nueva, no lo voy a contar todavía.

Un buen truco se estropea si el público mira la manga.

Sepan solo esto: la caja del chal no era un mueble, y Merrick salió de mi casa sabiendo exactamente cuándo no llegar a tiempo.

Quedaba Marta.

—Estará usted donde ha estado siempre —le dije—. Detrás de mí. Con alfileres.

Mi vestidora para la noche del doce. Cerca, como pidió. Mirando, como pidió. Marta asintió una sola vez, se guardó el permiso en el delantal y fue a planchar el vestido negro bueno como se preparan las armas.

El atentado contra Crane llegó esa misma noche, la víspera, con puntualidad de tramoya.

Andén de Blackfriars, último tren, el vapor de la locomotora entrando en la estación como una marea con horario.

Una mano abierta en mitad de la espalda, el borde del andén subiendo a recibirlo, y la manga de un mozo de estación —bendito sea su reuma y su reflejo— cerrándose sobre su brazo a medio caer.

El tren pasó a un palmo de estrenar necrológica.

Lo encontré en su pensión pasada la medianoche, con tres costillas discutidas, el labio partido y la petulancia intacta, que en él es señal de vida.

—¿A quién se le ocurre —dijo Merrick, que llegó conmigo— ir a preguntar por testamentos al Inner Temple en la semana de la gala?

—El oficio.

—El oficio casi lo factura.

—No vio a nadie —me dijo Crane a mí, como si Merrick fuera el mobiliario—. Vapor, abrigos, una mano. Ni un olor, antes de que lo pregunte. Su marido no perfuma los andenes.

Me senté en la única silla de aquella pensión de soltero, con el sombrero aún puesto, y me descubrí contándole las costillas con los ojos, una a una, como se cuentan los compases de una partitura que importa.

—Casi me estrena usted la necrológica, señora Norton —dijo, más bajo, solo para los dos.

—No vuelva a hacer eso.

—¿El qué? ¿Casi morirme?

—Importarme.

Los dos miramos cada uno su lado del cuarto, que es como se firman los armisticios. Merrick, junto a la ventana, tuvo la elegancia de estar mirando Londres.

—Esto cambia el plan —dijo el inspector al fin—. Ya no es una trampa: es una guerra con civiles dentro. Puedo llenar el teatro de uniformes y suspender la función.

—Y él se disuelve en la niebla otros nueve meses, con las flores de una muerta en el bolsillo. No. —Me levanté y me alisé la falda, que es mi manera de dar los asuntos por votados—. Piense, inspector: ha intentado matar al periodista la víspera. ¿Sabe lo que significa eso?

—Que va en serio.

—Que ha confirmado la asistencia.

Sonreí donde debía temblar. Ya temblaría el trece.