34ENSAYOS
ENSAYOS
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El Royal Opera House por dentro, en diciembre y en obras de gala, es una catedral con resaca: fundas a medio quitar, la gran araña de gas bajada para revisar sus mecheros, carpinteros discutiendo con la acústica y ese olor eterno a terciopelo, polvos de arroz y cerilla que debería venderse en frascos para los que hemos sido felices ahí dentro.
Yo no había pisado un escenario en doce años. Los escenarios, como los caballos, lo saben.
El primer ensayo fue una ejecución. El correpetidor, un italiano ceremonioso que trataba el piano de usted, atacó la introducción de la plegaria, y yo abrí la boca y salió una señora correcta.
Afinada, colocada, muerta. La voz estaba: doce años de ejercicios a puerta cerrada la habían tenido en conserva.
Lo que no estaba era el derecho a usarla.
—¿La señora desea repetir? —preguntó el italiano, con esa piedad de los correpetidores, que han visto llorar a media Europa por encima de un teclado.
—La señora desea que la dejen a solas con el teatro.
Volví aquella noche, con la llave que me habían dado y la ciudad ya apagada.
En el escenario ardía la lámpara piloto, baja y azul, la de los fantasmas.
Me planté en el proscenio, frente a dos mil butacas vacías con sus fundas puestas, como dos mil nevadas pequeñas, y durante un rato largo no pasó nada, porque las deudas no se pagan con la garganta.
Entonces me acordé de la única lección de canto que he recibido de verdad en mi vida. Una mano abierta plantándose en mis costillas, una voz de diecisiete años con toda la autoridad del mundo: la señorita respira donde lloran las señoras. Respire donde ríen.
Respiré donde ríen.
Y canté la plegaria para una sola butaca vacía, la central de la fila diez, sin público, sin permiso y sin perdón, que son las tres condiciones de la verdad. La voz volvió por donde se había ido: por las costillas. No diré que fue hermoso. Diré que fue exacto, que en mi oficio es más.
Cuando acabé, la lámpara piloto seguía en su azul imperturbable y yo tenía la cara mojada y la deuda intacta. Las plegarias no se cantan: se deben. Pero ya sabía que el doce de diciembre habría voz. La voz es lo de menos y lo de más: es el cebo dentro del cebo.
A Clara Whitfield la cité un martes, después del ensayo de conjunto, y la senté en la platea desierta, a mi lado, mirando las dos el escenario, que es la mejor manera de hablar de los padres: sin mirarse.
—Sus cartas —dije—. La tercera.
Se puso del color de la grana y luego del de la cera, por este orden, y al final le salió todo junto, como les sale a los diecinueve años: la madre muerta en primavera; las cajas de cartas con una letra de hombre y una firma de dos iniciales; la renta pequeña que llegó puntual hasta que ella cumplió los doce y luego no llegó más; el retrato de un oficial guardado boca abajo.
Y el apellido, reconstruido a base de fechas y de vergüenza ajena, confirmado por los periódicos el peor octubre posible.
—Yo no quería nada de él —dijo, estrujando el guante del botón recosido—. Quería saber qué clase de hombre... Y entonces lo mataron, y yo sentí... sentí alivio, señora Norton. Alivio y pena y alivio otra vez. ¿Qué clase de hija siente eso?
—La clase que tiene motivos. —Le dejé mi pañuelo, porque para eso están—.
Escúcheme, Clara, porque esto se lo diría su madre si pudiera y me ha tocado a mí el papel.
El coronel Pike no era un buen hombre. No le voy a adornar el padre: bastante le adornaron el mundo.
Su madre lo conoció mejor que nadie que siga vivo, y su madre hizo lo único valiente que aquel hombre presenció en su vida entera: marcharse con usted dentro y no volver a pedirle nada.
Esa es su herencia. La renta era de él. La espalda recta es de ella.
Clara lloró un rato con mi pañuelo, que ya iba entrenado, y luego preguntó lo que preguntan los buenos:
—¿Y ahora qué hago yo con todo esto?
—Cantar. —Me levanté y le tendí la mano como se tiende un contrato—. En la gala hay un lugar en el programa para una voz joven: una romanza antes de mi número. Cobrará tarifa de solista, señorita Whitfield, y la cobrará por adelantado. Ya sabe usted que en esta casa se paga por adelantado.
Se rio en mitad del llanto, que es la mejor acústica que existe.
—Y con la tarifa —añadí, ya de espaldas, porque las ternuras conviene decirlas andando— desempeñe el broche de su madre. Los solos se cantan con las reliquias puestas.
El miércoles por la tarde vino a buscarme el administrador con el libro de localidades y cara de haber visto una errata en la Biblia.
—Una venta de ayer, señora. Pagada en metálico, por mensajero, con el asiento reservado a un nombre. No sería nada, pero con todo lo que se cuenta... he preferido enseñárselo.
El libro estaba abierto por la página de la platea. Fila tres. Butaca once. Y en la columna de los nombres, con la letra redonda del taquillero, la reserva:
«G. Norton.»
Descaro o trampa dentro de la trampa. Con mi marido, la respuesta a esa disyuntiva fue siempre la misma: ambas.
Fila tres, butaca once. Lo bastante cerca para que yo lo viera desde el proscenio. Lo bastante centrado para verme entera.
Mi marido siempre supo elegir localidad.