La difunta Irene Adler 33ÉL(v)
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Mi mujer vuelve a cantar.

Lo anuncia la prensa con el mal gusto de siempre y la puntualidad de nunca: doce de diciembre, gala benéfica, las familias del telón. Ha usado mi grieta para el anzuelo. Reconozco la mano: se la enseñé yo. O la aprendimos juntos, que es lo que nadie se atreve a decir de los matrimonios.

Exhibirán también el juguete del coronel americano: una bocina que caza voces en cera. Me gustan los testigos que caben en un bolsillo y se derriten junto a una estufa. Que giren sus cilindros. La cera recuerda; el fuego, no.

Dice el papel que después de cantar, hablará. Que custodia las memorias del viejo. Miente o no miente, y no soporto la disyuntiva: es la única herencia que me dejó este oficio, la intolerancia a los papeles que no he leído.

El libro de la niña guarda todavía nueve veranos. Los llevaré encima. Las flores, como las cláusulas, hay que entregarlas en persona cuando el asunto importa.

La escuché una vez cantar esa plegaria para dos mil personas que creían conocerla. Yo era el único de la sala que sabía lo que costaba: lo había pagado yo.

El doce de diciembre, mi mujer cantará para mí. Siempre lo hizo, aunque cobrara el mundo entero por mirar.

Compraré platea.