29EL APARTADO POSTAL
EL APARTADO POSTAL
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Los desvanes son los archivos de los matrimonios.
Subí al mío aquella misma noche con una lámpara y las llaves de todo, y me senté en el suelo entre los baúles de Godfrey, que esperaban desde marzo con la paciencia exacta de su dueño. Olía a alcanfor, a cuero bueno y a ese polvo dulce que crían las cosas guardadas con dinero.
Abrí primero el baúl de la ropa. Sus abrigos colgaban dentro como opiniones. Y en el rincón, envuelto en una franela, el frasco.
Lo destapé. El vetiver subió intacto, fino, caro, paciente, y la nariz llegó adonde el archivo tardaría horas: era el mismo.
El del armario, el del mortuorio, el del cuello de un tramoyista ahogado.
Volví a tapar el frasco con cuidado de reliquia.
Iba a necesitar testigos, y aquel era el único de esta casa que no sabía mentir.
Después fui a por la caja.
Una caja de despachos de cuero verde que en dos años de matrimonio jamás vi abierta y jamás pregunté, porque los matrimonios se sostienen sobre las cajas que no se preguntan. Las cerraduras de los abogados se abren con paciencia o con horquilla. Usé las dos.
Dentro, el orden de Godfrey: ese orden suyo que yo llamé virtud y era inventario.
Primero, la correspondencia vieja. Recibos del setenta y ocho y el setenta y nueve, «por servicios prestados a los señores de la temporada», sin membrete y sin vergüenza.
Y una nota suelta, en una letra enérgica que yo había visto en una agenda de muerto: «Queda pagado.
No vuelva a escribir.» Rothsay. El credo de la cofradía tenía partida de nacimiento, y la había firmado el primero en morir.
Después, el copiador.
Un libro copiador de cartas, de papel cebolla, con la letra de Godfrey vuelta fantasma por la prensa de copiar. Los abogados lo copian todo: es su manera de rezar. Lo abrí por el final, que es por donde se leen los copiadores y las vidas.
El copiador no sabía que su dueño había muerto.
Las copias seguían después de febrero. Marzo. Abril. Mayo. La misma letra fantasma, la misma sintaxis de cláusula, las mismas instrucciones frías a un corresponsal que firmaba «R.» y cobraba por mirar.
Leí lo que «R.» miraba. Me leí a mí misma, en tercera persona y a tanto la semana: la señora sale poco; la señora da clases; la señora visita el mercado de flores.
Y en una copia de abril, una línea de gastos que me devolvió octubre entero de golpe: «La lavandera acepta. Prendas menores, sin riesgo.»
La lavandera. Yo la había culpado en octubre, de broma, por un pañuelo. Llevaba razón por los motivos equivocados, que es la manera más barata de llevar razón, y la única que no consuela.
Al fondo de la caja, un recibo de renovación: apartado de correos, estafeta de St. Martin's-le-Grand, renovado en junio de este año de gracia. Y una llavecita plana, atada con bramante de abogado.
Los muertos no renuevan apartados. Fui a la estafeta el lunes a primera hora, con velo, con la llave y con el corazón haciéndose el distraído.
El vestíbulo del correo central es un templo del imperio: mármol, latón, y el murmullo de mil cartas cambiando de vida. El apartado se abrió sin protestar. Dentro había poca cosa, y toda mía.
Dos informes recientes de «R.», sin abrir por nadie: «La señora ha regresado. Viaja con nombre nuevo. Ha visitado el mortuorio.» Mi vida, otra vez, a tanto la semana.
Y una copia retenida, doblada en cuatro, fechada el catorce de mayo. Instrucciones a «R.», numeradas como cláusulas, con una sola línea subrayada por la mano que las escribió:
«Ella conserva el medallón. Mientras viva, hay un cabo suelto. Limítese a mirar.»
Leí la línea tres veces. La tercera, en voz alta, para oír cómo sonaba en el mundo de los vivos.
Catorce de mayo. Tres meses después de Como. Mi marido llevaba nueve meses muerto y seguía renovando apartados, pagando lavanderas y administrándome la vida.
Los lagos italianos se lo quedan todo. Menos, por lo visto, a los abogados.