La difunta Irene Adler 28EL VENGADOR POLACO
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28EL VENGADOR POLACO

EL VENGADOR POLACO

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Cazamos a la mano durante dos días, y la niebla cazó con nosotros.

Limehouse huele a alquitrán, a especias equivocadas y a río con secretos.

Los muelles trabajan de noche a golpe de farol, las grúas cuelgan quietas sobre el agua, y en las bocacalles arden braseros alrededor de los cuales nadie contesta preguntas gratis.

Merrick puso a sus hombres; yo puse a los míos: Ada y la cofradía silenciosa de los que suben telones.

El hilo apareció el jueves por la tarde: «el polaco callado del Paragon», un music-hall de Mile End donde Stefan Malinowski llevaba un año colgando cielos por dos libras a la semana.

El capataz lo apreciaba como se aprecia a los buenos aparejos: sin mirarlo.

Había dejado de acudir el miércoles, el día después de Brandt.

Dormía en Limehouse, en la casa de huéspedes de un letón, junto al Regent's Canal Dock. Llegamos el viernes al anochecer, con la niebla ya cerrada del todo, y el letón nos abrió el cuarto por media corona y por miedo, que son las dos llaves de esta ciudad.

El cuarto era un decorado.

Un catre hecho a cordel. Un clavo con dos camisas. Y sobre la mesa, montada para nosotros, la función completa: recortes de prensa de los tres muertos prendidos con alfileres de tramoyista, un palmo de cáñamo del viejo, y tres violetas sueltas, colocadas como una propina.

—Aquí está todo —dijo el sargento que venía con Merrick, con la felicidad de los que cobran por encontrar.

—Aquí está todo —repetí yo, más despacio—. Ese es exactamente el problema.

Los cuartos de los culpables se parecen a los culpables. Aquel se parecía a un titular. Y faltaba una cosa, una sola, que ninguna escenografía sabe imitar: entre las cosas de un hombre que reza no estaba el libro. Nadie deja el misal y se lleva el alma.

El río lo devolvió al alba siguiente, a la altura de Limehouse Reach, con la marea baja y la decencia justa.

A mediodía, los vendedores coreaban la absolución de todos: EL VENGADOR POLACO.

EL ASESINO DEL TELÓN, AHOGADO. LA ÓPERA RESPIRA.

Los superiores de Merrick encuadernaron el caso antes del té: un tramoyista extranjero, un cuarto lleno de pruebas, un suicidio de novela por entregas.

A la ciudad le devolvían su monstruo con lazo, y la ciudad, agradecida, compró dos ediciones.

El mortuorio parroquial olía a mármol, a lejía y a río. Merrick me hizo pasar por la puerta de los médicos, con un gesto que ya no se molestaba en ser irregular.

Stefan Malinowski parecía más joven mojado. La cicatriz, en la cara quieta, había dejado de discutir consigo misma. En el bolsillo del pecho le habían encontrado cinco violetas prensadas, empapadas y fieles.

Cinco. La contabilidad del asesino ordenado, cuadrada en público: dos, tres, cuatro... y cinco para la mano, que en el titular hacía de quinta víctima de sí misma. Los libros bien llevados son la mejor coartada del mundo.

Le miré las muñecas.

Dos pulseras de cardenales, simétricas, del ancho exacto de unos dedos con paciencia. El forense oficial escribiría «contusiones por arrastre contra los pilotes», porque los forenses oficiales escriben lo que cabe en el expediente. Pero a los suicidas el río no les sujeta las muñecas.

Y entonces me incliné sobre el abrigo, porque yo interrogo la ropa desde niña, y la ropa me contestó.

Debajo del río, debajo del alquitrán, debajo de la muerte, había otro olor. Fino, caro, paciente.

Vetiver.

El olor de los muertos debería morirse con ellos. Pensé exactamente esa frase, palabra por palabra, porque ya la había pensado una vez, en mi salón, delante de un armario cerrado.

—¿Qué tiene? —dijo Merrick, que me mira las manos y la cara con el mismo oficio que Crane.

—Una firma. Huela usted mismo, inspector. El cuello. Despacio.

Lo hizo. Los hombres honrados huelen despacio.

—Perfume —dijo al incorporarse—. De caballero. En un tramoyista de dos libras semanales. —Se frotó la cara—. No puedo llevar un perfume a ningún despacho, señora Norton. Los jurados no tienen nariz, y mis superiores ya han encuadernado el caso con el lazo puesto.

—Lo sé.

—Pero puedo no olvidarlo.

Salí del mortuorio a la niebla y terminé, por fin, el pensamiento que llevaba un mes dejando a medias. Me cobró todos los intereses juntos: no eran dos manos de la misma persona. Eran dos personas. Y la segunda acababa de ahogar a la primera con la contabilidad cuadrada.

En todo Londres, yo solo conocía a un hombre que oliera a vetiver. Y ese hombre llevaba nueve meses criando algas en un lago italiano.

O no.