La difunta Irene Adler 26LA PLUMA
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26LA PLUMA

LA PLUMA

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El inspector Merrick llegó con el gabán de las malas noches y no me dio los buenos días.

El Alhambra se había llenado de esa multitud oficial que producen los cadáveres: agentes con lámparas, el médico de guardia bajando al foso con remilgos de sacristán, Crane retenido en el vestíbulo jurando en dos acentos.

Merrick me plantó en el escenario, junto a la llama piloto, y me miró como se mira una gotera que ha ganado.

—Diez días —dijo—. Diez días borrándola del parte con mi firma. ¿Sabe cómo se llama eso en mi oficio?

—Lealtad.

—Prevaricación. Rima peor. —Se pasó la mano por la cara—. Me deja usted un teatro con un maestro en el foso, un sereno comprado y una viuda en el escenario. Los periódicos no van a necesitar ni adjetivos.

—Inspector...

—Y lo peor —siguió, sin oírme— es que vengo corriendo desde mi cama no para detenerla, que debería, sino para llegar antes que los que querrán hacerlo. Eso, señora Norton, ya no es prevaricación. Eso es diagnóstico.

—Y Viena —añadió, más bajo, con la primera grieta de la noche—.

Pedí por los cauces torcidos que me quedan que vigilaran a su maestro.

Contestaron anteayer: el maestro se había marchado sin decir adónde.

Ya sé adónde. —Se miró las manos—. En este caso llegamos tarde a todo, señora.

Es su especialidad, y por lo visto se contagia.

Le tendí la carta de Stefan sin decir palabra. Hay momentos en que el mejor argumento es un papel.

La desdobló con dos dedos, la leyó dos veces, y yo la levanté por él hacia la llama piloto, sujetándola del borde.

—Al trasluz, inspector.

En la filigrana del papel, pálido como un ahogado, apareció un caballo alado.

—Papel de los Inns —dijo Merrick despacio—. Del Inner Temple. —Me miró—. ¿De dónde ha salido esto?

—De la mano. La mano me lo ha tirado a los pies después de jurarme que a Brandt se lo habían quitado. Y antes de que decida si la mano miente, inspector, le debo a usted un cuadro entero. Venga. Va a necesitar sentarse, y aquí hay dos mil butacas.

Nos sentamos en la fila diez, a dos butacas del hueco que había dejado un muerto, y le di Varsovia completa, por orden y sin adornos: el Círculo y su comedor; la muchacha del río y sus papeles; el expediente de nueve días; el sello del caballo alado en 1878 y la consulta de un адвокат en octubre de 1890; el asesor legal de la temporada, G.

Norton, del Inner Temple, honorarios satisfechos por los patrocinadores.

—Norton —dijo Merrick. Y el apellido se le quedó en la boca como una moneda de curso dudoso—. ¿Pariente de...?

—Marido de. —Dejé que la niebla de fuera entrara en la frase—. Mi difunto marido, inspector.

Merrick miró la carta. Miró el caballo alado. Miró la llama piloto, que ardía en azul su pequeña eternidad.

—Señora Norton —dijo al fin—, empiezo a entender por qué no le gustan a usted los lagos.

Quedaba mi parte, y se la di también, porque las alianzas que empiezan con un secreto terminan con dos cadáveres.

—Antes de que sigamos: mi parte del crimen. —Saqué el sobre amarillo de Brandt y se lo puse en la mano—. Mi testimonio del setenta y ocho. Comprado con un papel protagonista. La difunta no padecía melancolía, inspector: padecía testigos como yo.

Merrick leyó mi vergüenza sin mover una ceja, que es la mayor cortesía que me han hecho nunca.

—¿Me está dando el clavo, señora Norton?

—Le estoy dando el cuadro entero. El clavo elíjalo usted.

Dobló el sobre y se lo guardó en el bolsillo interior, del lado del retrato que ya no plancha camisas.

—Custodia policial —dijo—. De la mía.

Y con esas tres palabras quedó fundada la sociedad más irregular de Scotland Yard: un inspector prevaricador, una sospechosa confesa y dos mil butacas de testigo.

El informe del forense llegó al día siguiente, a media tarde, al despacho del ladrillo nuevo. Merrick lo leyó en voz alta, con el río detrás de la ventana poniéndose gris marengo.

—Digitalina. Administrada horas antes de morir, con la cena o con el tónico. El corazón venía parándose desde Pimlico. —Dejó el papel—. La caída solo firmó lo que el veneno había escrito.

—¿Flores? —pregunté—. ¿Música?

—Ni una violeta. Ni un compás. —Merrick se recostó—. Al cuarto no le dejaron función.

—Porque al cuarto no lo mató la función —dije, oyéndome llegar a la conclusión mientras la decía—. A los tres primeros los mató una venganza con liturgia. A Brandt lo mató una limpieza con prisa. La mano pone flores. La pluma pone veneno.

—Y en alguna parte —dijo Merrick, mirando el río— queda una entrega entera de esa música suya sin estrenar.

Los últimos compases. —Se volvió hacia mí, con el cansancio ya ordenado en su sitio—: Anoche, en ese teatro, había dos asesinos, señora Norton.

Y usted estaba sentada exactamente entre los dos.