25EL TEATRO A OSCURAS
EL TEATRO A OSCURAS
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En el escenario del Alhambra ardía una sola llama de gas, baja y azul: la lámpara piloto que los teatros dejan encendida para que los fantasmas no tropiecen.
El resto era un mar oscuro de butacas enfundadas, y en mitad del mar, fila diez, butaca central, estaba sentado el maestro Wilhelm Brandt, como un espectador que hubiera llegado doce años tarde a la función.
Había sido un hombre grande. Quedaba el abrigo. Dentro del abrigo, un anciano con la batuta cambiada por un bastón de enfermo, la papada en fuga y los ojos haciendo guardia en las cuatro salidas a la vez.
—Panienka —empezó, y el diminutivo me subió la bilis, porque era el mismo con que me sirvió la bandeja.
—Señora Norton —corregí—. La panienka firmó lo que usted le trajo y se quedó en Varsovia.
Encajó el golpe con la cabeza, como los boxeadores viejos. Me senté a dos butacas de distancia, las dos de cara al escenario vacío, que es la mejor manera de hablar de los muertos: sin mirarse.
—Las memorias —dije—. ¿Dónde están?
—A salvo. No encima; viejo, sí; idiota, no. —Le tembló media sonrisa—. Son mi único pulmón, señora. Mientras existan y no se sepa dónde, respiro.
—Entonces hable. Respire aquí.
Habló. A trompicones, en tres idiomas, con la llama piloto por confesor.
—Usted cree que fue lo que fue la temporada entera: caballeros, cenas, muchachas.
Un juego sucio que se torció. No. —Movió la cabeza—.
Lo del juego lo aguantó ella meses, callando como callabais todas.
Lo que la mató fue otra cosa: la niña había juntado papeles.
Fechas, nombres, cantidades. Iba a vendérselo todo a un periodista de Cracovia.
La noche del catorce subieron a comprarle el silencio.
Dinero de verdad, señora. Dinero de irse del imperio.
—¿Y?
—Y no lo quiso. —Brandt miró la llama—. Diecisiete años y no lo quiso. Nos enterramos todos aquella noche, señora Norton; ella fue solo la única que tuvo la decencia de hacerlo en el río.
El teatro entero crujió una vez, como crujen los teatros, y ninguno de los dos lo escuchamos, porque hay frases que ensordecen: ella no quiso el dinero. Yo firmé por un papel protagonista. La aritmética de la vergüenza no necesita más renglones.
—¿Quién la mató, maestro?
—Hubo manos. No fueron las mías. Dios sabe que no fueron las mías. —Se le mojaron los ojos con esa facilidad terrible de los viejos—. Yo puse la música y miré el atril. Toda mi vida he mirado el atril.
—¿Y después?
—Después vino el abogado y lo peinó todo.
—La palabra abogado le salió en un susurro con espinas—.
Forense, casera, corista, usted. Nos cosió las bocas con hilo de oro, a cada uno con su hebra.
A usted con un contrato. A mí con... —se tocó el pecho— con lo que un director viejo más teme perder.
Y cobró su parte sin cobrar: ese hombre no cobra, señora. Ese hombre guarda.
—Su nombre.
Brandt se volvió hacia mí por primera vez, y el miedo lo hizo joven un segundo.
—Usted no lo entiende. Ese hombre no es un nombre.
Ese hombre sabe dónde duerme cada uno de nosotros desde hace doce años.
Cuando empecé a escribir, me vació el estudio de Viena en una tarde, sin romper una cerradura.
Cuando escribí más, empezaron las violetas.
—Buscó algo en el bolsillo del pecho con dedos de invierno—. Antes de decirlo, tome. Lo que le debo.
Me tendió un sobre amarillo por los bordes.
—Lo que le hice firmar. La copia que guardé, para saber que había pasado de verdad. Un hombre que mira atriles necesita pruebas de sus propias manos.
Cogí mi vergüenza de 1878 en su sobre de 1878 y me la guardé donde guardo las cosas que pesan: contra las costillas, donde se respira.
—El nombre, maestro.
—El abogado se llama...
Y la palabra se le torció en la boca.
Fue como ver helarse un idioma. Abrió los ojos más de lo que los ojos deben abrirse, se llevó la mano al pecho —no donde las medallas: donde el reloj— y se levantó tirando del respaldo de delante, buscando la llama piloto como buscan la orilla los que se ahogan.
—Maestro...
Arriba, en la caja escénica, crujió el cáñamo.
Un crujido largo, de cuerda que trabaja, en un telar donde no debía trabajar nadie. Levanté los ojos medio segundo —una sombra contra las sombras, bajando— y ese medio segundo fue el que Brandt usó para llegar al borde del foso de la orquesta y no encontrar barandilla.
El foso lo recibió con un ruido que no pienso describir.
Después, el teatro hizo lo que hacen los teatros con las tragedias: silencio y acústica.
La sombra bajó por la escala de gato como baja el agua. Corrí. Corrí por donde había entrado con Ada una vida antes, entre bastidores que olían a cola y a defunción, con la falda en una mano y la otra por delante, y me equivoqué de pasillo exactamente una vez, que es lo que hace falta.
La puerta del patio estaba cerrada. Me volví con la espalda contra el hierro.
Stefan Malinowski ocupaba el pasillo entero sin tocar las paredes. De cerca, la cicatriz era más vieja que la cara, y las manos —anchas, tranquilas, de tirar de cuerdas— colgaban abiertas, que es como dan más miedo las manos.
—Usted cantó y calló —dijo. Sin alzar la voz. Fue lo peor—. Viva con eso. Yo no mato mujeres.
—Yo la quise.
—Peor para usted. Los que la quisieron y callaron inventaron un pecado nuevo. Los curas todavía no le han puesto nombre.
Señaló con la barbilla hacia la sala, hacia el foso, y por primera vez le vi el miedo: el miedo de la herramienta que nota otra mano en el mango.
—A ese no lo he tocado. ¿Me oye? Venía a cobrarle lo suyo y me lo han quitado.
Muerto antes de mi cuerda. —Se sacó del pecho un papel doblado en cuatro y me lo arrojó a los pies—.
Los nombres me llegaron así. Sin firma, a máquina, con dinero que no toqué.
Yo quería justicia y me la sirvieron por correo, como las novelas baratas.
Abrió la puerta del patio con una llave de tramoyista, y la niebla entró a esperarlo.
—Yo solo soy la mano —dijo desde el umbral—. Pregúntese quién sostiene la pluma.
Recogí la carta del suelo con dos dedos, como se recoge una víbora dormida. A lo lejos, en la fachada, Crane gritaba mi nombre con la ciudad entera detrás.