24EL REGRESO
EL REGRESO
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Londres me recibió como recibe Londres: sin mirarme.
La niebla de noviembre ya era la definitiva, esa que la ciudad fabrica quemando su propio invierno.
Olía a carbón, a río y a lana mojada; los faroles seguían encendidos a mediodía, por si acaso, y los ómnibus emergían de la nada con sus anuncios de jabón como barcos con malas intenciones.
En Victoria, un vendedor de castañas hacía su pequeño incendio legal y los mozos gritaban destinos que sonaban a promesas incumplibles.
Nunca he querido tanto a esta ciudad como cuando finge no conocerme.
Desde Calais había puesto un anuncio en la columna de agonía del Times: «K. ha vuelto. Los cubos, donde siempre.» A las doce, Crane estaba donde siempre: la tercera farola del Embankment, con el sombrero echado hacia atrás y diez días de preguntas mal dormidas en la cara.
—Tiene usted cara de tercera clase —dijo.
—Es mi mejor cara. He tenido dos días para ensayarla.
—Diez llevo yo con la exclusiva del siglo mordiéndome el bolsillo y sin publicar una línea. Que conste en mi necrológica.
—Constará en la mía, que llegará antes si no me cuenta lo que sabe.
Caminamos río arriba, al paso de la niebla. Crane traía las noticias ordenadas como trae un buen periodista las malas: por orden de dolor.
—Primera: Merrick. La ha borrado del parte, señora. Para el Yard, usted lleva diez días «bajo observación discreta», con dos hombres imaginarios que redactan informes imaginarios que él firma de verdad. No sé si eso la protege o la condena, pero sé lo que le cuesta: la firma.
—¿Segunda?
—La prensa sigue de luna de miel con los crímenes del telón, pero se le acaba el muerto. Cuando a la prensa se le acaba el muerto, empieza a buscar viuda.
—¿Y la tercera?
Crane se detuvo bajo la farola, que a esa hora alumbraba niebla por pura disciplina.
—Brandt está en Londres.
Lo dijo en voz baja, y el apellido cayó al río sin hacer ruido.
—Llegó hace tres días, desde Viena, con dos baúles y el miedo mal facturado.
Fue derecho a casa de Marlowe y se encontró el crespón.
Desde entonces duerme en una pensión de Pimlico con nombre falso y el cuello subido.
Anteayer se presentó en mi redacción preguntando por el que firma las crónicas del telón.
—Crane sacó su libreta, no para leer: para no mirarme—.
Quiere hablar. Dice que tiene las memorias que lo empezaron todo.
Y pone condiciones. Una cita: esta medianoche, en el Alhambra vacío; el sereno ya está pagado.
Y una condición: que vaya usted. Usted sola.
—¿Yo? ¿Por qué yo?
—Eso mismo le pregunté. —Crane cerró la libreta—. Dijo: «Dígale a la contralto que le debo un papel.»
La niebla se me metió por el cuello del abrigo. Un papel. Yo sabía exactamente qué papel me debía el maestro Brandt, y el maestro Brandt sabía que yo lo sabría. Doce años después, la bandeja volvía a la mesa.
Fui a Bloomsbury a media tarde, porque hay citas de medianoche que exigen pasar antes por casa, aunque sea para comprobar de qué tamaño la tiene una.
La esquina del estanco estaba huérfana de paisanos. No supe si era buena señal.
Marta abrió antes de que llamara, como siempre, como si las puertas le contaran a ella las visitas. Me miró el mantón ajeno, las ojeras propias, el baúl pequeño.
—¿Nevó? —dijo.
—Antes que aquí.
Me tomó el abrigo como se toma una temperatura. La casa olía a cera y a pan del día, y el metrónomo, en su rincón, seguía con su cuerda y su paciencia. Nos quedamos las dos de pie en el recibidor, con doce años y siete violetas entre nosotras.
—Esta noche no, Marta —dije—. Esta noche todavía no puedo escucharla entera.
—Lo sé. Se le ve el viaje. —Colgó el abrigo, alisó una arruga que no existía—. La chica Mullins empezó el lunes con la señora Fairfax. Manda las gracias.
Betsy, colocada. En mitad de todo, la casa seguía cosiendo su dobladillo de bondades pequeñas. Estuve a punto de llorar por primera vez en dos semanas, y lo evité por el método probado: hacer inventario.
Sobre mi escritorio esperaban tres cartas de Clara Whitfield.
Las dos primeras eran de alumna: escalas, dudas, respiración.
La tercera tenía otra letra por dentro, aunque fuera la misma por fuera: preguntaba, con rodeos de colegiala que ha ensayado el rodeo, si yo había conocido «en mis tiempos de los teatros» al coronel Aubrey Pike.
Me quedé con la carta en la mano más tiempo del que merecía una pregunta de colegiala. Luego la guardé en el cajón izquierdo, con las demás cosas que esperaban un día con menos muertos.
A las once, Crane me esperaba a dos calles del Alhambra, mordiendo el ala del sombrero.
—Sola —dijo, mascando la palabra—. No me gusta.
—Al maestro Brandt le deben de gustar poco los hombres jóvenes con libreta. Es comprensible: los confunde con el futuro.
—Cuarenta minutos —dijo Crane—. Cuarenta minutos y entro con la ciudad entera detrás.
—Cuarenta y cinco —dije, por costumbre de regatear.
Iría sola. Era la única palabra del maestro que pensaba obedecer, y, como toda obediencia mía, llevaba trampa: nadie había dicho nada de volver sola.