La difunta Irene Adler 23LA HUIDA
56%

23LA HUIDA

LA HUIDA

​— · —​

No dormí en la pensión. Pagué a la casera con un rublo de más y una mentira de menos —la número ocho, que ni conté bien—, recogí el baúl y pasé la noche en una sala de espera de la estación del Vístula, entre campesinas y cestos, con el mantón subido y los ojos a media asta, que es como duermen los que no duermen.

Por la mañana, en la estación de Viena, comprendí que la puerta de salida tenía dueño.

Junto al control de andenes había dos gendarmes de más y un funcionario de levita que no miraba los billetes: leía un papel y luego las caras, un papel y luego las caras, que es el orden exacto de los cazadores.

Me acerqué lo justo, con el oído puesto, y pesqué al vuelo tres palabras en el ruso administrativo del funcionario: «viuda... belga... profesora».

Mi coartada de frontera, leída en voz alta por un empleado del imperio a mil kilómetros de la frontera. La señora Lambert había muerto sin enterarse, como el señor Kestrel, y a mí me quedaban los apellidos contados.

Alguien demasiado informado había gastado rublos en describirme. Los muertos no gastan rublos, me dije. Y me contesté sola: los muertos con albaceas, sí.

Me volví despacio, con la cara de quien oye llover. Ya he descrito ese movimiento una vez en esta historia; lo ejecuté sin ensayo.

Un agente joven se despegó de la columna y me siguió.

Lo perdí en los mercados, entre la col y los gansos colgados, comprándole a una vendedora el mantón puesto y dejándole el mío, que era mejor: el mejor disfraz siempre es un buen negocio para el otro.

Salí por el lado de las carnes con el paso corto de las mujeres que cargan cestos, tomé un droshky hasta la primera parada de la línea fuera de la ciudad y subí al expreso del oeste en un andén de tablas donde el tren para dos minutos y nadie lee caras: se lee el reloj.

Tercera clase. Bancos de madera, olor a lana mojada y a manzana, un niño dormido contra mi brazo desde Skierniewice. Viajé hacia el oeste como había llegado la primera vez, hace catorce años: contando lo que tenía. Entonces era poco y era todo. Ahora era menos.

Y con Polonia yéndose por la ventanilla, hice lo que llevaba aplazando desde el álbum: abrí mi matrimonio sobre las rodillas, como un expediente, y lo leí entero con la luz nueva.

Godfrey apareció en mi vida tres semanas después del asunto de Bohemia, cuando media Europa discreta me buscaba y yo necesitaba exactamente lo que él era: un abogado, una puerta, un apellido. Apareció. Ese verbo. Nadie aparece: la gente llega, y llegar exige tiempo y planos.

Nos casamos con una prisa que entonces me pareció romántica. La prisa es el traje de gala del cálculo.

Jamás me preguntó por Varsovia. Ni una vez en dos años. Yo lo agradecí como una delicadeza, y lo era: la delicadeza del que no pregunta lo que ya sabe.

Se ofreció a «ordenar mis papeles de artista»: contratos, recortes, correspondencia de tres lustros. Ordenó. Ahora sé leer ese verbo. Dios sabe qué pesó, qué copió, qué quemó, sonriéndome desde el escritorio con la lámpara verde.

Insistió en Como. En febrero, solo, «el asunto de un cliente». Y el lago no devolvió el cuerpo. Los lagos italianos se lo quedan todo, escribí al principio de esta historia, como los buenos abogados. Cuando lo escribí, creí estar haciendo una frase.

Quedaba la puerta que no quería abrir, y la abrí, porque para eso había cruzado media Europa en bancos de madera: ¿por qué se casa un hombre así con la última testigo?

Silenciarme en el setenta y ocho habría sido barato. No lo hizo, o no lo hicieron. Me compraron con un papel y me guardaron, como se guarda un documento comprometedor: sin destruirlo, por si acaso, en un cajón cómodo. Doce años después, el cajón se casó conmigo.

O me vigilaba, o me quería, o —y esta era la variante que no perdona— las dos cosas a la vez.

Un muerto no tacha libros de club con tinta fresca, me dije, buscándole todavía una salida a la estadística.

Un muerto no consulta expedientes en octubre ni gasta rublos en funcionarios.

Alguien vivo caminaba dentro de los zapatos de mi marido: un socio, un heredero de sus sótanos, alguien que sabía todo lo que él supo.

Los papeles de un abogado muerto no mueren: se heredan.

Eso me dije. Anótenlo también: hay frases que una se dice para poder dormir en tercera clase.

Me hice la última pregunta con todas sus letras, de cara a la ventanilla, mientras la llanura pasaba en blanco:

¿Y si mi matrimonio no fue nunca un matrimonio? ¿Y si fue un turno de guardia?

La nieve dijo que sí durante mil kilómetros.