La difunta Irene Adler 22EL QUINTO HOMBRE
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22EL QUINTO HOMBRE

EL QUINTO HOMbrE

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Hay frases que una mete en hielo nada más oírlas, para que no respiren.

Con una cantante, creo. Europa está llena de abogados casados con cantantes: las cantantes somos un destino frecuente de los hombres con contratos. Me agarré a la estadística como se agarran los náufragos a los remos rotos, y decidí hacer lo que hago con todo lo que no soporto: demostrarlo.

La contaduría vieja de la empresa ocupa dos cuartos sobre el almacén de decorados, y Henryk tiene llave de todo lo que en ese teatro cruje.

El sábado por la mañana me encerró allí con un candil, entre cajas donde la temporada del setenta y ocho dormía por orden alfabético: contratos, nóminas, correspondencia con papel de tres imperios.

Encontré mi propio contrato de Halka a la media hora. No lo leí. Hay documentos que son espejos y no era día de espejos. Todavía.

A la hora encontré el pliego de la administración: «Temporada polaca — cuadro de servicios». Sastrería, peluquería, orquesta, claque —la claque también factura, para que luego hablen del arte— y, al final, en el rincón donde se apuntan las cosas que no se cuelgan en carteles:

«Asesoría legal de la temporada: G. Norton, del Inner Temple, Londres. Honorarios: satisfechos por los señores patrocinadores.»

G. Norton.

Me quedé mirando el apellido como se mira un abismo con barandilla: desde la estadística. G de Gerald. De Gilbert. De George. Inglaterra cría Nortons como cría gorriones y lluvia. Satisfechos por los patrocinadores: exento por servicios. La rima me zumbó en los oídos y la mandé callar.

Quedaba el álbum.

La empresa encuadernaba cada temporada un álbum de presentación para los patrocinadores: retratos del elenco, la gala, los señores. El del setenta y ocho estaba al fondo de la tercera caja, con las tapas comidas de humedad y el tafilete aún presumiendo.

Pasé las páginas despacio. La compañía en escalera. El maestro Brandt con su batuta y treinta años menos de miedo. Una contralto de veinte años con la barbilla alta y toda la ambición del mundo: la miré como se mira a una desconocida capaz de cualquier cosa, y pasé la página deprisa, porque lo era.

Y entonces, los señores.

El comedor número tres otra vez, la banderola de la lira, los manteles largos. La misma cena que en el despacho de Marlowe, pero otra placa, tomada medio minuto antes o después: el fotógrafo había cambiado de ángulo y el mundo entero con él.

Porque el quinto hombre había girado la cabeza.

Joven. Esbelto. La mano izquierda en el respaldo, junto al bastón del puño claro. Y en la cara, vuelta hacia la cámara medio segundo antes de tiempo, una sonrisa paciente, de las que esperan a que el mundo termine de equivocarse.

Yo conocía esa sonrisa.

La había visto inclinarse sobre mí en un altar de Santa Mónica, y prometerme, delante de Dios y de un organista resfriado, todos los días de su vida.

El quinto hombre del Círculo de Orfeo era Godfrey Norton.

Mi marido.

Mi difunto marido.

No grité. No lloré. Hice lo que hace una profesional cuando el teatro se derrumba: contar compases. Al llegar a cuarenta pude volver a pensar, y pensé en orden, porque el desorden era un lujo que ya no me podía permitir.

El bastón no lo conocí jamás. A mí me tocó el marido sin bastón: el bastón era del otro, del que yo no conocía. Dos Godfreys, y yo casada con el que salía a escena.

El polaco. Una vez, en Como, lo oí regatear en un mercado en una lengua que no me quiso repetir.

«Checo», dijo, riéndose, «de un cliente de Praga».

Y yo, que colecciono acentos como otros coleccionan sellos, le compré el checo entero porque venía envuelto en aquella sonrisa.

Ahora la lengua volvía, con acento de misal, desde la garita de un portero.

Y la pregunta de todas las preguntas, que dejé encima de la mesa de la contaduría porque no cabía en ningún bolsillo: si el quinto hombre era mi marido, ¿quién llevaba doce años durmiendo en mi vida, y por qué eligió, de todas las camas de Europa, la de la última testigo?

Devolví el álbum a su caja. Las manos me obedecieron con un retraso pequeño, como los criados nuevos.

Volví a la pensión al anochecer, por calles que ya no me molesté en variar. La llave giró en falso: la puerta estaba abierta.

Mi cuarto había sido registrado con método: los dobladillos descosidos con cuchilla, el forro del baúl levantado y vuelto a asentar, el colchón palpado a palmos iguales. Trabajo de oficio. Buscaban algo pequeño. Algo del tamaño, digamos, de una moneda de seis peniques con cadena.

Me llevé la mano al cuello, donde el medallón seguía porque no me lo quito ni para dormir, y entonces lo vi.

En el marco del espejo, clavada con un alfiler de modista, había una violeta prensada.

Me miré en el espejo a través de la flor. Era un buen resumen.