21LOS MALINOWSKI
LOS MALINOWSKI
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Volví a la garita de Pan Henryk el viernes, con pastas de la calle Chmielna y la lista de preguntas que una no hace hasta que ya no puede no hacerlas.
—Los Malinowski —dije—. La familia de ella. ¿Qué fue de los Malinowski?
Henryk partió una pasta en dos con la solemnidad de quien parte el tema.
—La madre venía cada año a la fosa, mientras hubo fosa.
Fregaba la cruz como se friega un umbral.
La última vez que la vi fue cuando la tierra cambió de inquilino: se quedó de pie donde ya no había nada, un día entero, con la nieve encima.
Después no volvió. Dijeron que se fue a servir fuera, con los alemanes o más lejos.
Las madres sin tumba no se quedan: no tienen dónde.
Hice la cuenta sin querer, porque las cuentas se hacen solas cuando duelen: siete años de alquiler desde el setenta y ocho.
La tierra desahució a Aniela en el ochenta y cinco.
En el ochenta y cinco yo cantaba mis últimas temporadas y una polaca de manos de modista entró a mi servicio en alguna ciudad de Europa que ahora mismo no me atrevía a recordar.
No dije nada. Las cuentas que duelen se archivan, como todo en este país.
—¿Y el hermano?
—El chico. Stefan. —Henryk sonrió a medias, con ese cariño de los porteros por los que crecieron dentro—.
Tramoyista. Bueno con las cuerdas, callado como un contrapeso.
Trabajó aquí hasta hace cosa de un año. Después, Inglaterra.
Con una carta de recomendación que nadie le conocía; a los tramoyistas no les escriben cartas los señores, y a este alguien se la escribió.
—¿Una cicatriz? —Me toqué la ceja izquierda—. ¿Aquí?
—De un contrapeso, de crío. —Henryk asintió despacio—. Al pobre le cayó el teatro encima antes que la vida.
El andén de la estación de Viena se me volvió a llenar de vapor por dentro.
Mi sombra tenía nombre, apellido y oficio: Stefan Malinowski, hermano de Aniela, tramoyista, bueno con las cuerdas.
Rothsay envenenado en un palco. Pike en un baño.
Marlowe colgado de un telar con la limpieza exacta de un contrapeso.
Encajaba. Encajaba con ese clic de las cosas que encajan demasiado pronto.
Porque quedaba la aritmética que no encajaba: el expediente estaba sellado y aligerado; el libro del Coloso, tachado, dormía en un club de Londres donde Stefan Malinowski no podía entrar ni a barrer sin referencias; y los nombres del comedor número tres no se publicaron jamás.
Un tramoyista sabe quién le rompió la vida a su hermana solo si alguien se lo escribe.
A máquina, por ejemplo. Sin firma, por ejemplo.
El pensamiento que llevaba semanas dejando a medias se sentó por fin a la mesa y me cobró la mitad: la mano tenía nombre y cicatriz.
La pluma seguía escribiendo desde la sombra.
—Pan Henryk. Una cosa más. —Bajé la voz hasta la altura de la estufa—. Aquella temporada, con los señores del comedor... había un abogado. Inglés. Joven. ¿Lo recuerda?
—El señor del bastón —dijo Henryk, sin dudarlo ni un compás.
—¿Bastón?
—De puño de plata. Lo dejaba en mi garita cuando subía, como quien deja un perro atado. —Miró la brasa—. Hablaba polaco, el diablo. Con acento de misal, pero lo hablaba. Educado. De los que dan propina y no dan la mano.
—¿Qué fue de él?
—A los de arriba no se les pregunta el después, señorita. —Removió la estufa, y la estufa tragó brasa—. Aunque algo se contó, años más tarde. Que se había casado. Con una cantante, creo.