La difunta Irene Adler 20ÉL(iii)
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ÉL

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Tres asientos cerrados. Dos por cerrar. Los libros que no se cierran a tiempo acaban leyéndolos otros.

El instrumento funciona. Cree que la música es suya; es la única manera de que suene. Un instrumento que se sabe instrumento desafina, y este todavía reza antes y después, que es su forma de afinarse.

Viena ha vuelto a escribir. El viejo quiere ser recordado, que es el vicio más caro de todos los vicios. Los recuerdos de los demás son un gasto que llevo doce años amortizando; no voy a consentir ahora una edición de lujo.

La contralto ha viajado. Era previsible: los culpables vuelven al lugar de la culpa como vuelve la lengua al diente roto. Que busque. Cada puerta que abre lleva su nombre escrito por dentro; me he ocupado personalmente de la caligrafía.

Hay una economía de los cabos sueltos que la gente sentimental no entiende. No se cortan todos a la vez: se dejan algunos para atar con ellos los demás.

Queda un cabo que canta. Los cabos que cantan no se cortan en la oscuridad, como hace el muchacho con los suyos. Se anudan al final. Con público.

El resto es aritmética y paciencia, y de las dos tengo renta.