La difunta Irene Adler 18LA VOZ DE CRISTAL
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18LA VOZ DE CRISTAL

LA VOZ DE CRISTAL

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Un teatro a oscuras es la casa de todas las edades de una.

Pan Henryk me abrió la puerta pequeña a las once, con un farol de mano y el llavero envuelto en un trapo para que no cantara. Dentro, el Wielki dormía su sueño de animal grande: la madera enfriándose, el gas muerto en los tubos, dos mil butacas tapadas con lonas como una nevada de interior.

Caminamos por el pasillo de los camerinos. En una puerta, bajo seis capas de tarjetas ajenas, estaba el clavo torcido donde una vez estuvo mi nombre. Más allá, el corredor donde una noche hubo luz bajo una puerta que debía estar oscura. Y al fondo, quieta, la escalera de caracol.

No subimos. Henryk se detuvo dos pasos antes, con el farol bajo, y esperó a que yo mirara lo que había venido a mirar. Los buenos porteros saben abrir puertas sin tocarlas.

Yo había llegado a Varsovia en el invierno del setenta y seis, con un contrato de segunda contralto y un abrigo de tercera mano. Aniela llegó al coro dos temporadas después, desde un pueblo del Vístula, con una maleta de cartón y aquella voz.

La oí por primera vez en un ensayo de conjunto, sosteniendo un agudo que no le tocaba porque la primera se había resfriado.

Una voz sin estrenar, que aún no sabía que era un destino.

El maestro Brandt dejó la batuta a media frase, y en un teatro, cuando la batuta se queda quieta, es que ha entrado o un acreedor o un milagro.

Debí odiarla, ya lo he dicho. Me enseñó a respirar. «Aquí», me dijo un día, plantándome la mano abierta en las costillas, con esa confianza de las que no han aprendido todavía a pedir permiso. «La señorita respira donde lloran las señoras. Respire donde ríen.»

Prensaba violetas en su devocionario mirando hacia arriba, como si el libro fuera cielo. Se reía con toda la cara. Le tenía miedo al director de escena y no les tenía miedo a los príncipes, lo cual demuestra que entendía el mundo al revés y mejor que nadie.

El Círculo llegó con la temporada como llegan las heladas: por las noches.

Cinco caballeros de fuera con palco propio, cenas privadas y esa risa.

Al comedor número tres se bajaba «a cantar para los mecenas», decía el director de escena, repartiendo las invitaciones que no se podían rechazar como quien reparte partituras.

Yo bajé una vez. Manteles largos, plata prestada, una banderola con una lira bordada que alguien había encargado con más dinero que gusto.

Canté dos piezas de salón, me rieron gracias que no había hecho, y un caballero me explicó mi propia voz durante veinte minutos.

Me marché a la media hora con una excusa de garganta y el estómago revuelto, y el contrato intacto.

Fue mi primera traición: irse también es un voto. Entonces no sabía que las traiciones, como las arias, se ensayan empezando por las fáciles.

A Aniela la bajaron a cantar la noche del estreno de marzo.

Para la ocasión, el maestro Brandt había escrito una plegaria nueva sobre el último acto de Halka, arreglada a la medida de aquella voz: una sola copia, pasada a limpio por Pan Karol, el copista, con su letra de araña paciente que estaba en todos mis papeles de entonces.

Aniela la cantó una vez, allá abajo, para cinco hombres que bebían.

Y dos noches después me la cantó a mí.

En este escenario, sin más público que las butacas tapadas y un tramoyista que fingía no oír.

La cantó a media voz, que en ella era como los demás gritan, y la plegaria sonó a lo que era: a rezar sabiendo que nadie contesta.

Cuando terminó, se encogió de hombros con diecisiete años enteros y dijo: «El maestro dice que las cosas bonitas solo caben en las noches pequeñas.

Yo creo que le da miedo que se la roben. »

Nos reímos. De eso también pido perdón: nos reímos.

—Pan Henryk —dije, en el presente, con la mano en una lona fría—. ¿Qué fue de Pan Karol?

—¿El copista? Murió el año del cólera, señorita. El ochenta y cinco. —Levantó un poco el farol—. ¿Por qué?

Por nada que pudiera explicarle sin amanecer. La letra que me rozaba la memoria desde un salón de Bloomsbury tenía dueño, y el dueño llevaba nueve años bajo tierra. Las hojas que viajaban con los muertos de Londres no eran copias hechas para la ocasión.

Eran reliquias. Alguien estaba matando con los originales de aquella única noche. Con papel del comedor número tres.

Y del comedor número tres solo salieron vivos cinco hombres y una banderola.

Henryk me acompañó de vuelta por el pasillo, farol en alto. Al pasar junto a la escalera de caracol se detuvo él, esta vez, y habló mirando los peldaños.

—Aquella noche yo estaba en la puerta —dijo—. Le deseé las buenas noches a la señorita cuando salió con su chal. —Una pausa de doce años—. A la pequeña no llegué a deseárselas.

No nos absolvimos. Para eso están los curas y los jurados. Nos quedamos un momento cada uno con su parte de aquella noche, que es lo más parecido a la compañía que conoce la culpa.

Salimos del teatro por la puerta pequeña. La mía pesaba una carrera entera. Y en Londres, mientras tanto, alguien repartía la suya a domicilio, compás a compás.