La difunta Irene Adler 17LA CIUDAD ARCHIVADA
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17LA CIUDAD ARCHIVADA

LA CIUDAD ARCHIVADA

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Tomé cuarto en una pensión de la calle Chmielna donde no piden más nombre que el adelanto, y dormí con una silla bajo el picaporte, que es como duermen las mujeres prácticas y los hombres con deudas.

Varsovia me recibió por la mañana como reciben las ciudades que una abandonó: fingiendo no conocerme.

Las calles de mi memoria se apellidaban ahora en cirílico; hasta los tranvías habían aprendido el alfabeto del amo.

Olía a carbón, a col y a aguanieve, que no huele a nada y por eso huele a invierno entero, y los droshkys pasaban sonando a hueso.

El Teatr Wielki seguía en su sitio, con su frente de columnas aguantando el cielo bajo. Los carteles anunciaban ópera en dos lenguas, la de arriba impuesta, la de abajo tolerada. Me quedé en la plaza más tiempo del prudente. Las rodillas se acordaron antes que yo.

La puerta de artistas olía a lo suyo: cola de carpintero, tabaco y santidad laboral. Y en la garita, con la estufa de hierro y el llavero de catedral colgado del clavo de siempre, estaba Pan Henryk.

Doce años lo habían encogido y blanqueado, pero los ojos eran los mismos: dos porteros más, pequeños y despiertos, guardando la puerta de la cara.

—Panienka Adler —dijo.

Me llamó señorita, como entonces, saltándose de un golpe doce años, un apellido y un océano de periódicos. Y se levantó de su banqueta con ese crujido ceremonial de los hombres que ya solo se levantan para lo que importa.

Me hizo té en un vaso con asa de alambre, me sentó junto a la estufa y me estudió sin prisa, con el derecho que dan los años de puerta.

—¿Vuelve a cantar la señorita?

—Vuelvo por una deuda vieja.

Se quedó muy quieto. En la garita, la estufa hizo su ruido de tragar brasa.

—Las deudas viejas —dijo— tienen aquí mala salud.

Dejé pasar dos sorbos de té. Después dije el nombre. Ocho letras, en voz baja, en la lengua de abajo.

Pan Henryk miró la puerta. Miró la estufa. Miró el retrato del zar que la ley cuelga hasta en las garitas, ese inquilino que no paga y manda.

—¿Aniela? —dijo por fin, bajando la voz hasta el suelo—. Aquí nadie muere, señorita. Aquí se archiva.

Le pregunté por la tumba. Quería empezar por lo único que no podía discutirme nadie: llevarle flores frescas a quien mataba con las secas.

—¿La fosa? —Movió la cabeza despacio—. Era de las de alquiler, señorita. Séptima sección, cruz de madera. A los siete años, si nadie paga, la tierra cambia de inquilino. Aquí hasta la tierra trabaja por turnos.

Ni tumba. El imperio le había realquilado hasta el descanso. Comprendí de golpe una cosa de Londres que todavía no sabía que necesitaba comprender, y la guardé donde guardo lo que aún no tiene sitio.

—Necesito saber quién cerró aquel expediente —dije—. Y necesito ver el teatro. Por dentro. Donde pasó.

Pan Henryk removió su té sin azúcar, que es como remueven los pobres las decisiones caras.

—Vuelva esta noche, por la puerta pequeña, cuando el teatro duerma. Hay cosas que solo se cuentan a oscuras. —Y cuando ya me iba, me retuvo con la voz—: Señorita. No pregunte por ella a nadie más. Este teatro tiene mejor memoria que corazón.