La difunta Irene Adler 16FRONTERAS
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FRONTERAS

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El señor Kestrel murió en Calais, en el lavabo de caballeros de la estación marítima, sin más duelo que un bigote en el fondo de una bolsa de viaje.

De aquel lavabo salió una viuda belga de velo corto y gramática impecable: la señora Lambert, profesora de música, de Bruselas. Los belgas son la mejor nacionalidad para mentir en dos idiomas: nadie espera nada y todo se les perdona.

En el muelle de Dover, entre las grúas, había visto sin querer una ceja partida en dos tramos.

Me dije lo que se dice una: que las cicatrices abundan, que los muelles están llenos de hombres rotos por todas partes.

En Calais no estaba. Respiré. Debí saber que a las cicatrices también les gusta viajar.

Dos días, tres idiomas y un café cada vez más triste.

Francia pasó de noche; Alemania, de gris.

Compartí compartimento con una pareja prusiana que desaprobaba en silencio profesional y con un viajante de lanas que roncaba con acento.

Yo dormía a ratos cortos, como se duerme de gira, y en los ratos largos repasaba mi partitura de Varsovia: Henryk, si vivía; el archivo, si pagaba; la tumba, si la encontraba.

Y el medallón. Antes lo llevaba cerrado, para no ver. Ahora lo abría a cada tanto, con la ventanilla de por medio, y dejaba que la muchacha de la trenza mirara pasar Europa. Mirarla era peor. Mirarla era mejor. Las dos cosas, en este oficio de la culpa, suelen ser la misma.

El imperio ruso empieza en Alexandrovo, en una mesa de madera con dos lámparas de petróleo y un sello que suena a puerta.

Los gendarmes eran verdes y despacio. La liturgia la conocía de mis giras: el pasaporte se entrega con un rublo doblado dentro, pequeño como una estampita, y el rublo desaparece sin que a nadie se le muevan las manos.

Lo que no desaparece es la mirada, esa manera rusa de leer un documento como si el documento fuera usted.

—¿Propósito del viaje? —preguntó el de los galones, en un francés de cuartel.

—Dar clases de canto a la hija del cónsul belga.

Mentira número siete. Iban al ritmo previsto.

El gendarme pasó una página, la volvió a pasar, me miró la ropa, el velo, las manos.

—¿Profesora de canto? —dijo. Y con la barbilla, hacia el andén helado, hacia la noche del imperio—: Cante algo.

Hay exámenes que se aprueban suspendiendo.

Canté una escala y media estrofa de un himno escolar, con la voz colocada en ninguna parte, correcta, aburrida, matando cada nota al nacer, como cantan las profesoras que nunca se atrevieron.

Fue la actuación más difícil de mi carrera: doce años escondiendo la voz y ahora, además, había que esconderla afinando.

El gendarme selló sin aplaudir. El imperio no aplaude: archiva.

Varsovia me recibió de noche, en la estación de Viena, con vapor, aguanieve y cirílico. Bajé al andén entre baúles y despedidas en dos alfabetos, y el frío me reconoció al instante: es un frío con memoria, el de allí, que no entra por el abrigo sino por los años.

Fue al buscar un mozo cuando lo vi.

Junto a una columna de hierro, quieto en mitad del vapor, con el abrigo de obrero endomingado y la ceja partida en dos tramos que no se ponían de acuerdo. No se escondía. Me miraba llegar como se mira llegar un tren que uno mismo ha pedido por carta.

Pasó entre nosotros un carro de equipajes, alto de maletas. Cuando terminó de pasar, la columna sostenía sola el techo.

En Londres me seguía. En Varsovia me esperaba.

La pregunta ya no era quién. La pregunta era desde cuándo.