13CUARENTA Y OCHO HORAS
CUARENTA Y OCHO HORAS
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Le di la única que tenía.
—Porque si me detiene hoy, su asesino le regala el cuarto muerto esta semana, mientras usted mira hacia otro lado. Y esta vez las violetas serán cinco.
Algo se le movió detrás de los ojos. Lo de las flores no lo sabía nadie: la policía, que las guardaba, y quien las ponía.
—Y quien las cuenta —añadí—. Inspector: alguien lleva un mes cosiéndome este traje.
La cita en la agenda. El guante. Ahora el pañuelo.
Piense como policía un momento, no como comisario: ¿qué asesina deja su firma bordada en seda y luego vuelve a la escena con cofia de costurera a recogerla delante de usted?
—Una que sepa que yo pensaría exactamente eso —dijo Merrick.
Touché. Con hombres así da gusto perder el tiempo.
Me llevó a Scotland Yard «a conversar», que es como llaman ellos a escuchar con paredes propias.
El edificio nuevo es ladrillo y granito por fuera y tinta y humedad por dentro; huele a estreno y a expediente a la vez, que es como oler a cuna y a tumba.
Su despacho tenía una ventana al río, una silla para culpables y un retrato pequeño, vuelto a medias, de una mujer que ya no plancha camisas.
Puso sus cartas sobre la mesa, una a una, como pone las cartas la gente honrada: para que duelan.
El pañuelo, ya en su sobre. La página de la agenda. Y una factura de la guantería Dent: un lote de doce pares de cabritilla gris perla, vendidos hace dos años; tres compradoras con las iniciales I. A.; una de las tres facturas, a nombre de mi apellido de soltera.
—Tengo bastante para detenerla y nada para ahorcarla —dijo—. Mis superiores no distinguen. Los periódicos, menos. ¿Ha visto los carteles? El comisario desayuna editoriales desde el ochenta y ocho, y le sientan como entonces.
—¿Y qué quiere de mí?
—Quiero el clavo. El de verdad. —Se inclinó sobre la mesa—. Y usted sabe dónde empieza a buscarse, porque sabe cosas que no me está diciendo. Lo veo. Me pasa como con la humedad.
Le di lo que podía darle sin darme a mí: que existía un círculo de cena con nombre de dios y apetito de hombres; que su libro dormía en cierto club de Pall Mall; que en ese libro alguien había tachado una línea con tinta de este otoño; y que el cuarto nombre de la lista dirigía orquestas en Viena y convenía protegerlo pronto y sin ruido.
—¿Y cómo sabe usted lo que dice un libro al que no puede entrar ni muerta?
—Digamos que los archivos me aprecian.
Me estudió un rato largo. Después sacó su reloj, lo miró como se mira a un viejo socio y dictó sentencia.
—Cuarenta y ocho horas sin esposas, señora Norton. No es un favor: es una correa. Dos de mis hombres la seguirán a todas partes. Si es usted inocente, son su escolta. Si no, son mi clavo.
—¿Y si su asesino los ve?
—Mejor. Que sepa que la miro.
En la puerta, la moneda de despedida fue mía por una vez:
—¿Por qué no me detiene de verdad, inspector?
—Porque los cuadros que vienen con marco y clavo puestos —dijo, sin levantar la vista de sus papeles— me dan reúma.
Volví a casa con mi nueva sombra en dos entregas: un paisano en la esquina del estanco, aplicado como un mal actor, y otro más fino que solo se dejaba ver al doblar las esquinas, para que yo supiera contarlos.
Aquella tarde hablé con el sereno de la plaza, que me aprecia desde el invierno en que le pagué el médico del pecho. Le pregunté por merodeadores, por si acaso, con mi mejor voz de viuda nerviosa.
—Poca cosa, señora. Los de siempre. —Se rascó bajo la gorra—. Bueno: su polaca. La del jueves de la semana pasada, que salió dadas las diez y volvió pasadas las dos, con el bajo de la falda perdido de barro. Pero de eso sabrá usted más que yo.
No. Yo no sabía más que él. Yo, que leo a las personas los viernes y los empeños en las esquinas de las partituras, no sabía a qué hora entraba y salía la mujer que me trae el té.
El jueves de la semana pasada. La noche del coronel Pike.
Al día siguiente, viernes, Marta salió hacia su misa de la tarde con el paso de siempre, y yo hice la bajeza que se comete en cinco minutos y se paga en años: registré su cuarto. Lo hice en cuatro.
Una cama estrecha y bien hecha. Un crucifijo con el Cristo gastado de besos. Dos láminas de un santuario nevado. Y el costurero grande de madera, el de las tapas que cierran como un misal.
Bajo la bandeja de los hilos, envueltas en papel de seda, dormían las violetas.
Siete. Prensadas, viejas, del mismo morado rendido que la mía. Y con ellas, una cinta de pelo estrecha, gastada de haber sido tocada, de un azul que fue alegre cuando fue de alguien.
Me quedé arrodillada ante el costurero de mi ama de llaves como ante un altar equivocado, con siete violetas en la palma de la mano y una sola pregunta ocupando la casa entera:
¿A quién le rezaba Marta?