La difunta Irene Adler 12BAMBALINAS
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BAMBALINAS

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La noticia me despertó a gritos, como despiertan las noticias en esta ciudad: un vendedor de periódicos coreando esquelas por Great Russell Street.

—¡El empresario del Alhambra, ahorcado en su propio teatro! ¡Los crímenes del telón! ¡Tres muertos de la ópera!

Los crímenes del telón. La prensa ya les había puesto nombre, que es lo que hace la prensa con lo que no entiende: bautizarlo para poder venderlo.

Yo había dormido sin lámpara. Con planes. El segundo asedio ya no haría falta: a los cobardes también se les acaba el plazo.

Llegué al Alhambra a la una, cuando dejaron entrar al personal a recoger sus cosas, de dos en dos y con un agente de niñera.

Entré del brazo de Ada, con cofia de costurera, los ojos bajos y un cesto vacío: su prima Jane, del taller de vestuario.

La pena verdadera de Ada nos sirvió de salvoconducto a las dos; me lo he reprochado desde entonces en los ratos libres, que son pocos.

El teatro estaba de cuerpo presente. La sala a media luz, las butacas con su lona, y en el escenario, donde nunca hay nada de verdad, la única cosa verdadera que aquel escenario había sostenido jamás: una marca de tiza y un silencio con peso.

Arriba, del bosque ordenado del telar, colgaba un cabo cortado, corto y deshilachado, como un punto y aparte.

Olía a gas apagado y a polvo dorado, y debajo, muy fino, a miedo de muchos: el personal se movía pegado a las paredes, que es por donde se camina cuando el techo ha demostrado opiniones.

Miré lo que había venido a mirar.

A Rothsay y a Pike los mató alguien que no quiso tocarlos.

A Marlowe lo tocaron. No había desorden en el despacho —el revólver seguía de pisapapeles, fiel hasta el final a su vocación de adorno—, pero ninguna elegancia química sube sola a un hombre grueso diez pies por encima de su escenario.

Al tercero lo esperaron arriba, en el reino de las cuerdas, o lo llevaron. El cáñamo hizo el resto.

Dos maneras. El pensamiento que dejé a medias en un callejón de Jermyn Street volvió a cobrarse su interés: dos maneras, dos manos. Lo volví a dejar a medias. Empezaba a ser una costumbre cara.

Sobre la mesa del apuntador, sujeta con el cuchillo de mondar cabos, estaba la media hoja de rigor. Tinta parda, letra de copista. El agente de niñera consolaba a Ada tres pasos más allá —Ada llora con un talento que el Alhambra nunca supo aprovechar—, y me dio el medio minuto que hacía falta.

Tengo memoria de teatro: me quedo con lo que suena. Y aquellos compases, puestos junto a los que vi en mi salón y a los que vi en el vapor, sonaron a lo que eran: consecutivos. La hoja de Rothsay abría la plegaria. La de Pike la continuaba. Esta seguía a la de Pike sin saltarse un compás.

El aria avanzaba.

Quien mataba no dejaba recuerdos: dejaba entregas. Una partitura por fascículos, como las novelas baratas, y cuando la plegaria llegara a su calderón final, la lista estaría completa. Hice la cuenta con los compases que faltaban. Quedaba música para dos entregas más.

Dos. Brandt era una. ¿Y la otra? ¿El ataúd de tinta? ¿O la mujer que cantó la plegaria en todos los carteles de Varsovia? Hice la cuenta dos veces. Las dos veces me sobraba un muerto o me faltaba un nombre.

Y las violetas: dijeron que Rothsay llevaba dos en el puño. Pike, tres sobre el pecho. A Marlowe le habían dejado cuatro en el bolsillo del batín. El asesino numeraba. Los asesinos ordenados son los peores: creen que llevan una contabilidad.

Fue al pie de la escalerilla del telar donde lo vi, y el teatro entero se me hizo pequeño.

Enganchado en una astilla del segundo peldaño, blanco contra la penumbra, había un pañuelo de señora. Encaje fino. Y en la esquina, en hilo de seda, dos iniciales que conozco desde antes de que fueran sospechosas, porque las bordó una Marta más joven en una vida mejor: I. A.

Alargué la mano. Que conste: iba a cogerlo. Destruir una prueba plantada no es destruir una prueba; es negarse a recitar el papel que otro te ha escrito. Tenía el argumento preparado y los dedos a dos pulgadas del encaje.

—Yo en su lugar no lo tocaría, señora Norton.

El inspector Merrick bajó de la penumbra de la platea sin prisa, con las manos a la espalda, y comprendí que llevaba allí el tiempo suficiente para verme estudiar la partitura, contar violetas de memoria y encontrar aquel pañuelo antes que sus propios hombres.

—Ese encaje va a tener sus iniciales —dijo—. ¿Me equivoco?

—No se equivoca.

—¿Lo perdió usted aquí anoche?

—Lo perdí en mi propia colada hace un mes.

—Eso —dijo Merrick, pisando por fin la luz del escenario— es exactamente lo que diría usted en los dos casos.

Se detuvo a un paso, se quitó el sombrero como para un pésame y me miró con el cansancio honrado de un hombre al que la ciudad entera le grita soluciones.

—Deme una sola razón para no detenerla ahora mismo.