11EL EMPRESARIO
EL EMPRESARIO
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El Alhambra de día es un animal en cautividad: enorme, aburrido y oliendo a fiera. Su fachada morisca promete Granada; su interior cumple Lancashire.
Ada, la hermana de Sally, viste coristas allí desde hace seis años, y me metió por la puerta de artistas con un cesto de puños y cuellos almidonados, que es el mejor salvoconducto del mundo: nadie detiene a la ropa limpia.
—Ahora el señor Marlowe hace echar un cerrojo nuevo cada noche —bufó Ada, empujando la puerta con la cadera—. Un cerrojo. En un teatro. Como si los teatros se pudieran cerrar.
Dentro, la matiné se ensayaba a medias: una fila de bailarinas marcaba pasos sin música, un cómico le repetía el mismo chiste a nadie, y arriba, en la penumbra del telar, las cuerdas colgaban en su bosque ordenado, cada una con su nombre escrito en el puño.
Olía a polvo dorado, a gas y a maquillaje barato: ese olor que en cualquier teatro del mundo significa casa.
El despacho de la dirección quedaba tras una puerta de letras doradas medio descascarilladas. Le di a Ada mi recado exacto:
—Diga que pregunta por él la señora Norton. Y si eso no abre, diga: la contralto de Varsovia.
Abrió la segunda llave. La puerta, y deprisa.
Doce años habían tratado a Silas Marlowe peor que al coronel: el pelo teñido de un castaño teológico, los ojos en bolsas, y ese temblor fino de los hombres que han empezado a beber por las mañanas. Sobre el escritorio, haciendo de pisapapeles sin disimular, había un revólver.
El despacho era un museo de sí mismo: carteles enmarcados, programas, retratos con dedicatorias de gente que ya no dedica nada. Y entre los marcos, una fotografía pequeña que se me clavó desde la entrada. Me acerqué a ella de lado, despacio, por el método de no mirarla.
—Usted —dijo Marlowe. No era una pregunta ni un saludo. Era un diagnóstico.
—El coronel Pike ha muerto —dije—. Y usted no fue al funeral de Rothsay. Los dos sabemos por qué.
—Fuera de mi teatro.
—Violetas, señor Marlowe. Violetas prensadas.
Se le movió la nuez como si tragara un apuntador entero. Fue hasta el aparador, se sirvió un brandy que sonó a diente contra cristal y me sirvió otro sin preguntar, porque los hombres asustados necesitan que se beba con ellos.
Hice con las copas lo que aprendí a hacer en las giras, cuando brindar con según qué mecenas era un deporte de riesgo: aceptarlo todo y cambiarlo todo.
Dos gestos de abanico, uno de escote, y la copa del anfitrión acaba en tu mano y la tuya en la suya.
Marlowe no lo notó. No lo nota nadie, nunca.
Guárdense el truco: en esta historia volverá a servir.
—Yo no la toqué —dijo de pronto, al tercer trago, sin que nadie hubiera pronunciado el verbo tocar—. Aquello... aquello quedó pagado.
Pagado. La palabra de Rothsay, gritada a un caballero sin tarjeta. Empezaba a entender que no era una palabra: era el credo de una cofradía.
—¿Quién lo pagó, señor Marlowe? ¿Quién llevaba las cuentas del comedor número tres?
Marlowe se bebió media respuesta antes de negármela.
—Aquel hombre nos cosió a todos —murmuró, mirando el fondo de la copa como se mira un pozo—. Nosotros poníamos el dinero. Él ponía...
—¿Qué ponía?
—El silencio. —La copa le tembló contra los dientes—. Él ponía el silencio.
—La muchacha tenía diecisiete años —dije entonces, muy bajo, porque hay frases que solo se pueden decir bajando el arma.
Fue peor que gritarle. Se levantó tan deprisa que la butaca ladró contra la tarima, y el teatro entero se le fue del rostro. Miró la puerta, miró el revólver, me miró a mí con un odio antiguo que era casi alivio: por fin alguien a quien echarle encima el miedo.
—¿Quién le ha hablado del...? —Se atragantó con su propia pregunta—. Váyase.
—¿Fue el jurisconsulto? —dije.
Y fue como nombrar al diablo en una sacristía.
—¡FUERA! —El revólver dejó de ser pisapapeles. No me apuntó: lo abrazó, contra el pecho, como abrazan los niños lo que no saben usar—. ¡Ada! ¡ADA! ¡Acompaña a la señora!
Y desde detrás de su escritorio, con la voz rota de los cobardes cuando por fin aciertan, me escupió la única bala que tenía cargada:
—Usted no vino a salvarme. Usted vino a limpiarse. Cobró como todos, señora. Usted cantó.
Salí del Alhambra por donde había entrado, entre la ropa limpia, con la palabra cantó clavada exactamente donde él sabía que se clavaría. Los cobardes tienen buena puntería: apuntan siempre a lo que es verdad.
Pero me llevé algo más que la herida.
La fotografía. Un comedor privado de manteles largos; una banderola al fondo con una lira bordada; cinco hombres brindando.
Rothsay riendo con toda la banca. Pike de uniforme, más delgado, la mano en el sable como en un pasamanos.
Marlowe con todo su pelo verdadero. Un cuarto, grueso, con la batuta apoyada contra la jarra: Brandt.
Y el quinto.
El quinto estaba de pie, de espaldas a la cámara, sirviéndose de la mesa auxiliar. Esbelto. Joven, por la línea de los hombros. En el respaldo de su silla descansaba un bastón, y el puño del bastón se había robado toda la luz de la fotografía: un punto blanco, quieto, como un ojo.
Una espalda más para mi colección. Esta venía con bastón.
En la esquina del paspartú, a lápiz: «Warszawa, III-78». Marzo del setenta y ocho. El mes en que se acabó el mundo, aunque el mundo, con su mal gusto de siempre, siguiera dando dos funciones los sábados.
Aquella noche escribí por fin una carta. No a Varsovia: a Viena. Tres líneas sin firma que un hombre asustado entendería:
«Rothsay y Pike han muerto con violetas en el pecho. Usted escribe memorias. Elija mejor a sus lectores.»
Después ordené mis notas, decidí volver al Alhambra por la mañana —los cobardes se ablandan al segundo asedio— y me dormí pronto, sin lámpara, por primera vez en dos semanas, con esa paz absurda que dan los planes.
Aquella noche, mientras yo dormía mis planes, alguien caminó por el bosque ordenado del telar, eligió un cáñamo del viejo, del que no perdona, y bajó a buscar al empresario a su despacho, donde el revólver seguía haciendo de pisapapeles.
A Silas Marlowe lo encontraron al alba, colgado a diez pies de su propio escenario, meciéndose apenas, como un telón que ya no sabe caer.
Yo dormía. Recuérdenlo cuando llegue la hora de juzgarme: aquella noche, precisamente aquella, yo dormía sin lámpara y sin más testigo que la almohada.