La difunta Irene Adler 10ÉL(ii)
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ÉL

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Veintiuno. Esta noche son veintiuno. El soldado se llevó tres, porque a los soldados hay que decirles las cosas tres veces.

El agua se la di yo. La bebió dándome las gracias, sin mirarme. Los señores dan las gracias al servicio sin mirar; es su única cortesía verdadera, y no saben que puede ser la última.

Llevo la vida entera siendo invisible. Cuerdas, poleas, telones: el público cree que las cosas bajan del cielo. Nosotros somos el cielo.

La cantante fue al vapor con el plumilla. Después no durmió: su ventana tuvo luz hasta el alba. Las culpables no duermen. Las inocentes tampoco. Todavía no he decidido cuál de las dos es, y me da miedo el día en que lo decida.

Dejé una pregunta en el sitio donde recojo las respuestas. Una sola palabra: ¿ella?

La nieve contestó a los dos días, a máquina, como siempre: «Ella cantará al final.»

No sé qué significa. La nieve siempre sabe más que yo. Es lo que tiene la nieve: cae desde arriba.

El empresario ha puesto cerrojo nuevo en la puerta de artistas. Un cerrojo. En un teatro. Como ponerle un botón a una tormenta. Esta noche he subido a su telar, a conocer las cuerdas. Buenas cuerdas. Cáñamo del viejo, del que no perdona.

Ella también prensaba las violetas mirando hacia arriba, como si el libro fuera cielo. Va quedando menos verano, pequeña.