9EL CÍRCULO DE ORFEO
EL CÍRCULO DE ORFEO
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El martes, a la una y siete minutos, el señor J. Kestrel, de Kestrel e Hijo, procuradores de Manchester, subió los cuatro escalones del Coloso con una agenda bajo el brazo y la prisa exacta de los hombres que cobran por horas.
El Coloso huele a lo que huelen todos los clubes: cuero viejo, humo dormido y una cera con opiniones.
Mármol al fondo, un reloj de caja alta administrando el silencio, y en las paredes, retratos de caballeros que dedicaron su vida entera a parecerse a sus retratos.
Es un aire cortado a la medida de los hombres. A mí me sentaba de maravilla.
Walter barría el mármol con una devoción completamente nueva. No nos miramos: mirarse es de aficionados.
—Kestrel, procurador —le dije al portero segundo, dejando la tarjeta en la bandeja como quien paga un peaje—. El asunto del coronel Pike, que en paz descanse. Vengo de parte de los albaceas.
La palabra albaceas obra en los porteros el efecto de una llave maestra: nadie quiere estorbar a la muerte cuando se presenta con papeles. Me instaló en la salita de mañana, junto a la secretaría, me ofreció un Times planchado y volvió a su garita a seguir ejerciendo de dormido.
El cuarto de los libros estaba donde Walter había dicho: detrás de la secretaría, una puerta baja sin rótulo. Las puertas importantes nunca lo llevan.
Dentro olía a papel enfermo y a polvo con pedigrí. Libros de actas por décadas, lomos de becerro ordenados como una dentadura cara, y en el tercer estante, los registros de las sociedades de cena: docenas de cofradías con nombres de dioses y apetitos de hombres.
El reloj del vestíbulo dio la una y media a través de dos paredes. Me di hasta las dos.
Lo encontré por la lira.
Estaba grabada en el membrete, pequeña y pretenciosa: «CÍRCULO DE ORFEO — Comedor privado n.º 3 — Const. 1876». Orfeo: el músico que bajó a los infiernos. Aquellos caballeros ni siquiera habían mentido con el nombre. Solo habían callado en qué dirección hacían el viaje.
Las actas eran breves y untuosas: cenas mensuales, brindis, cuotas. Y en el invierno del setenta y siete, la entrada que me interesaba: «Temporada polaca — aportaciones extraordinarias». Debajo, la lista de cofrades fundadores. Cinco líneas.
Sir Edmund Rothsay, banquero. Aubrey Pike, coronel. Silas Marlowe, empresario. Wilhelm Brandt, maestro director, con domicilio en Viena.
Viena. El alfiler de Betsy acababa de encontrar su costura: la carta que puso a Rothsay del color de la sémola había salido de la dirección que yo tenía delante.
Y una quinta línea.
Tachada.
No tachada como se tacha un error: tachada como se entierra. Trazos gruesos, cruzados, pacientes, uno sobre otro hasta hacer del nombre un pequeño ataúd de tinta.
Fue la tinta lo que me erizó la nuca. El libro entero estaba escrito en ese pardo que el tiempo fabrica con todas las tintas negras. El tachón, no. El tachón era negro. Negro de este otoño.
De la quinta línea sobrevivía una sola palabra, al final, en la columna del oficio; indigesta, quizá, hasta para el que tachaba:
«Jurisconsulto.»
Un abogado. El Círculo de Orfeo tenía cuatro apetitos y un abogado. Londres cría abogados como cría gorriones, y aquello no era una seña: era apenas una silueta. La anoté de todos modos. Las siluetas, con luz suficiente, acaban teniendo cara.
Había más, para quien supiera leer libros de cuentas, y yo llevo toda la vida leyendo contratos de teatro, que son libros de cuentas con adjetivos.
Las cuotas: cuatro cofrades pagaban religiosamente sus guineas.
Junto a la quinta línea, en cambio, la columna decía, en letra pequeña de tesorero: «exento por servicios».
Exento por servicios. Hay tres palabras que lo cuentan todo si una las deja hablar: aquel hombre no pagaba la cena. Aquel hombre era parte de la cena.
Copié cuanto pude a lápiz, con taquigrafía de partitura, y devolví el libro a su hueco alineándolo al polvo. El polvo es el testigo más barato de contentar: basta con no moverlo.
Los dos golpes de escoba llegaron secos contra el zócalo cuando devolvía el libro a su polvo.
Salí del cuarto componiéndome los puños, con la agenda bajo el brazo y el paso del aburrimiento, y la suerte, que llevaba una hora portándose como una señora, decidió recordarme su oficio en mitad del pasillo.
—¿Señor... Kestrel? —El secretario del club estaba en mitad del pasillo, con el paraguas aún goteando y la cara de los hombres a los que la lluvia les ha robado el almuerzo—.
¿Qué hace usted aquí atrás? ¿Y qué asunto es ese de los albaceas?
Los albaceas del coronel son Fanshawe y Boyd, y no emplean procuradores de Manchester.
El pasillo era estrecho, el paraguas goteaba su pequeño metrónomo y yo tenía dos caminos: la puerta o la desfachatez. Elegí mi especialidad.
—No los emplean —dije, con el hastío de quien explica lo evidente a un empleado—.
Los verifican. Cuando un club pierde a dos socios en nueve días de muerte súbita, Manchester quiere saber cómo asegura Londres a sus caballeros.
Kestrel e Hijo sirve a la Provincial del Norte, compañía de seguros.
Puedo esperar a que telegrafíe a Fanshawe y Boyd, naturalmente. Ellos facturan la espera; yo también.
La palabra seguros asusta a los clubes más que la palabra policía. La policía se va; las primas se quedan. El secretario palideció por orden alfabético y me acompañó a la puerta pidiendo discreción con tres sinónimos distintos.
En la acera de Pall Mall, el señor Kestrel encendió un cigarro que no sabía fumar y dejó que la mano le temblara lo reglamentario.
Cinco cofrades. Dos muertos. Un maestro en Viena escribiendo cartas que desordenan vidas. Un empresario atrincherado en su teatro con cerrojos nuevos. Y un jurisconsulto convertido en ataúd de tinta, exento por servicios.
La tinta del tachón era de este otoño. Me lo repetí todo el camino de vuelta, al compás de los cascos.
Alguien estaba borrando el Círculo de Orfeo de los dos lados a la vez: del mundo y del papel.